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'La piedra oscura', 'Pedro y el capitán' y 'Mi pequeño poni': el teatro que avisa no es traidor

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Coinciden en la cartelera madrileña tres espectáculos en los que se habla de la tortura, del acoso que sufren los diferentes por el simple hecho de serlo. Por pensar diferente, por comportarse de manera diferente. Tortura y acoso que se ejercen para que voluntariamente los diferentes dejen de serlo y se unan a la masa. Esa masa informe que exige pleitesía, orden, sumisión al poder y que donde no la encuentra los construye a base de miedo y aislamiento.

Demasiada coincidencia temática teatral para ser casual. Fruto, posiblemente, de profesionales teatrales que están pendientes de los tiempos que corren. Tiempos que hasta hace bien poco cabalgaban como caballos, pero que han empezado a desbocarse. Y el teatro avisa, toca la alarma.

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Foto de Daniel Grao en La piedra oscura, cedida por el Teatro Galileo

Una alarma que suena como la mano, o las manos, que aporrean la puerta de la celda en la que transcurre La piedra oscura. Obra de Alberto Conejero dirigida por Pablo Messiez que llega precedida de muchas buenas críticas, mucho público y muchos premios al Teatro Galileo de Madrid. En la que tan solo con dos actores, Daniel Grao y Nacho Sánchez, se muestra que la palabra, las simples palabras, están hechas para comunicarse, para construir ese espacio público en común en el que el amor y la compasión son posibles desde el momento en el que se individualiza al otro. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿A quién amas? Porque en ese espacio existe justicia (una justicia poética) y porque existen derechos y se ejercen y existe la posibilidad de salvarse y que se salven los otros. Y por todo eso, la comunicación, el conocimiento del otro, su individualización, asustan a la masa ya de por sí aterrada.

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Foto de Pedro y el capitán de Benedetti, por El Hangar/Daniel Garrido

No, una masa aterrada y el poder al que se somete no pueden permitírselo. Ellos, que prefieren sobrevivir, no pueden soportar la visión de la vida. Una vida a la que torturan hasta acabar con ella o convertirla en la simple y gris supervivencia. Tarea a la que se aplican con eficiencia la propia masa escondida en eso que llaman la función pública. Al menos es lo que se sobrentiende al ver Pedro y el capitán, de Mario Benedetti, que la compañía andaluza El Hangar pone en pie en el Teatro Lara con un acertado acento porteño después de triunfar en el Off de La Latina gracias al boca-oreja. Relato de las entrevistas que un milico argentino realiza a un futuro desaparecido de la funesta historia reciente de aquel país. Que muestra que en el entorno hostil hacia el que nos estamos moviendo, no cabe decir en voz alta "Yo soy. Yo me llamo. Yo pienso. Yo digo. Yo actúo" sin jugarse la vida que estas frases reivindican con solo decirlas en voz alta.

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Foto de Mi pequeño poni, de Paco Becerra

No, no hay hueco para estos seres libres, lo que quiere decir responsables. Para estos, nuestra sociedad les ofrece asimilarse, adquirir una función mediante lo que llaman inteligencia, o la huida. Como el cambio de colegio de su único hijo que se les propone a los padres que protagonizan Mi pequeño poni. Obra que se acaba de estrenar en el Teatro Bellas Artes de Madrid y que debería permitir a Paco Bezerra, su autor, salir de los círculos profesionales del teatro y convertirse en una referencia popular, y al actor Roberto Enríquez ganar unos cuantos premios. Pues esta historia de padres perdidos ante el acoso escolar que sufre su hijo tiene su miga. Personajes que se mueven entre lo que piensan que hacen, lo que dicen que hacen y lo que realmente hacen. De nuevo, el miedo, el miedo que provoca la masa en los individuos. Ese miedo que rompe cualquier resistencia, cualquier defensa. Que obliga a ser prácticos, a dejar de pensar por uno mismo, a dejar de soñar o a quedarse en el limbo y, entonces, soñar para siempre.

Esta última obra comienza recordando la gran capacidad del ser humano. Capacidad que le ha permitido reunir en un mundo económico ingentes cantidades para construir una estación espacial, el gasto más grande que jamás ha hecho la humanidad, y poner a un solo hombre a vivir en ella a cuerpo de rey. Contrasta con lo que pasa a ras de suelo, donde seres educados en una cultura económica de la escasez viven con sensación de que no hay para todos. Que solo hay techo y comida para los nuestros. Los que son como nosotros. Así que, o te haces voluntariamente como nosotros, o, tras un proceso más que doloroso, te haremos nosotros a nuestra semejanza. Sí, tú decides entre nosotros, que somos tu patria, o marginación y muerte. Así lo ve el buen teatro, así lo cuenta, así lo da entender, así avisa. Algo que el público le agradece con muchos aplausos.