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La voz de Lola, Lolita, Lola se hace paloma

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Foto de La Plaza del Diamante cedida por Teatro Bellas Artes y Teatro Español - © Sergio Parra

Se reestrena La Plaza del Diamante en el Teatro Bellas Artes de Madrid (donde estará hasta el 17 de abril de 2016) basado en la popular novela del mismo título de la escritora Mercè Rodoreda. Es el mismo montaje que agotó entradas y que tantas personas se quedaron sin ver la temporada anterior en la sala pequeña del Teatro Español que también lo producía. A donde eran atraídos por las excelentes críticas pero, sobre todo, porque el boca-oreja les informaba de que algo extraordinario estaba sucediendo allí.

Lo extraordinario era que el popular personaje de la Colometa volaba en escena. Lo de volar es una metáfora. Pues la habitualmente expresiva Lolita, la cantante y actriz que protagoniza la obra, se contiene sentada en un banco. Banco del que apenas se mueve desde el comienzo de la función. Leves giros de cabeza, manos en el regazo que juegan con un pañuelo que como las abuelas esconden en la manga de la rebeca, y un breve levantarse, alzarse, ante tanta adversidad como se cuenta en escena.


Vídeo de La Plaza del Diamante cedido por el Teatro Español

Es la historia de aquellos a los que les tocó vivir la Guerra Civil española, su precuela de pobreza y su secuela de miseria. Fiesta macabra que aún dejó bombillas de colores encendidas y escaparates de muñecas en los que dejar volar la imaginación infantil que nunca se pierde. Fiesta de hambres y estrecheces. Fiesta de cuerpos mutilados a los que les llego el frío para quedarse.

Frío, miedo y dolor ante los que Lolita levanta la bien escrita palabra de Mercè. Palabra que Joan Ollé ha sabido adaptar y dirigir. Una palabra escrita originalmente en catalán y dicha en español, que gracias a la actriz crea ante los ojos del espectador una Barcelona real recorrida por fatigas y sueños humanos. Anhelos compartidos con el espectador.

Provocando un calor teatral en el que refugiarse durante apenas una hora y cuarto. Tiempo suficiente para que la voz y la cara de Lola, Lolita, Lola, sutilmente iluminadas se ganen el aplauso del público, incluso del más escéptico. Del que llegó, sin más, para sentarse en el patio de butacas del Teatro Bellas Artes y acaba sentado en la Plaza del Diamante viendo volar a una paloma catalana que se mueve de un lado a otro, sin rumbo, sin sentido, enseñándole a (sobre)vivir la vida.