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'Let the right one in' ('Déjame entrar'), o lo (extra)ordinario de crecer

27/02/2017 07:33 CET | Actualizado 27/02/2017 07:33 CET

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Foto de Let the right one in cedida por Alley Theater-(R) Lawrence Peart

Se estrena en el Alley Theater de Houston la versión teatral de la película "Déjame entrar", que en inglés se llamó Let the right one in. Es una producción del National Theatre of Scotland que tuvo un gran éxito en su país de origen. Éxito que la misma producción ha revalidado en Broadway, Nueva York y en la gira por los EEUU que ahora recala en Houston durante un mes para inquietar a los espectadores. Unos espectadores que permanecen callados y atentos a lo que sucede en escena hasta al final.

¿Qué ofrece para conseguirlo? Una buena historia (extra)ordinaria. La de chico adolescente conoce a chica, bastante, pero que bastante, rarita, en un ambiente disfuncional. Disfuncional porque el chico sufre acoso escolar en una sociedad que no lo quiere ver. Porque los padres están divorciados y la madre bebe para poder criar sola a un hijo que se le hace grande y hacer frente a la separación de un ex -marido homosexual, condición que este oculta, convirtiéndose en un padre lejano-.

Todo esto ocurre en la fría oscuridad sueca de un parque cercano a la casa y al instituto por el que discurre la vida, en forma de personas que pasan juntas o separadas, con las solapas de los abrigos levantadas y las gorras para el frío puestas. Personas de apariencia normal, como cualquiera de los espectadores (si no fuera porque en Houston hace calor y los espectadores van en camisetas, bermudas y zapatillas), que no están preparadas ni para ver lo ordinario ni lo extraordinario.

Y lo que se ofrece en escena es ambas cosas. En el sentido de que enamorarse de verdad siempre es ambas cosas. Es decir, lo ordinario y común es enamorarse y para quien lo vive es extraordinario. Un amor real de un otro que huele, le suenan las tripas, que se muestra tal y como es. Que, con sus rarezas, obliga a plantearse preguntas sobre uno mismo y sobre sus límites. El amor, antes que nada, como forma de conocerse, de cuestionarse lo que uno es y de no aceptar, sin más, lo que le dicen que es.

Teaser de Let right one in cedido por el Alley Theater

Nada como el terror inquietante de esta obra para, tanto en la luz como en la oscuridad, plantear lo que significa crecer. Crecer es comprender y comprometerse, asumir el miedo que da eso a los adultos que pueblan la obra y, seguramente, a los espectadores en el mundo de incertidumbre en el que viven.

Un montaje que ha sabido resolver la alternancia entre los exteriores y los interiores con una pasmosa sencillez. La que podría haber creado Pablo Messiez o la que sabe hacer Deborah Warner (actualmente en Madrid con Billy Budd). Aunque le falta por ajustar algo de fluidez.

A la que se añade una impactante y sencilla escenografía que se ajusta a lo que se quiere contar, por la que el elenco se mueve como pez en el agua. Unos intérpretes que están al servicio de la obra independientemente del papel que realizan.

En la que el sonido y el microfonado, del que deberían aprender mucho los sonidistas de los teatros madrileños, aportan una capa de comprensión a la historia. Potenciando, por ejemplo, la interpretación sin complejos y sin miedos que la actriz protagonista, Lucy Mangan, hace de su personaje. Una sempiterna adolescente que acumula años, experiencia y vida. Dotándola de una irrealidad permanentemente real cuando está en escena.

Todo ello se completa con la música, que aporta densidad a la narración, y la danza contemporánea, tan bien incluida que parece natural que en determinadas escenas se pongan a bailar. De una manera que si hubiera que pensar en una compañía española que pudiera subirla a escena, esa sería la Joven Compañía que se aloja en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid.

Pues aunque los adultos la disfrutarán, no lo harán tanto como un público juvenil que verá en esta extraña historia sus conflictos diarios con un cuerpo que cambia, unos sentimientos que evolucionan, las relaciones con los colegas, con la familia y con la posible pareja y saber que esa infinita soledad que tanto les asusta no es lo peor que les espera en la vida, que a lo mejor es todo lo contrario. Y que tras ese tembloroso y oscuro período de la adolescencia hay luz, la luz de la mañana, la luz del día, la luz de una vida que merece la pena ser vivida.

Sí, es una obra de terror. Y no se sabe qué debería dar más miedo al personaje protagonista que interpreta con empatía Cristian Ortega, si los seres fantásticos o los reales que se ven en escena. El caso es que el susto y la tensión de esta historia dejan en el espectador una inquietante esperanza con la que se irá a casa. La esperanza consciente de tener una vida.