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Libre como pájaro que canta

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Foto de Trabajos de amor perdidos de Shakespeare proporcionada por Teatros del Canal - © Jaime Villanueva

A cuatrocientos años de la muerte de Shakespeare, no podía faltar una propuesta de la única compañía española que ha actuado ¡dos veces! en el Globe Theater de Londres. Se trata de Fundación Siglo de Oro o Rakatá (que leído de derecha a izquierda es atacar), especializada en el repertorio de aquella época. Lo hacen con Trabajos del amor perdidos, que llega a los Teatros del Canal para regocijo de un público que quiere un Shakespeare, Shakespeare, después de haber visto las miles de variaciones que han pasado por Madrid.

Seguramente solo es el principio de los shakespeares que pasarán por la capital. Pues después de esta obra, el Cuento de invierno de Cheek by Jowl, el Hamlet de del Arco y el de la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla vendrán más.

Con tanta oferta, ¿por qué ver este montaje y no esperar al siguiente? Primero, porque es la oportunidad de ver una de las comedias de este autor que menos se representan en España. Y eso que sucede en Navarra. Segundo, porque esta compañía conoce el material con el que trabaja y sabe tratarlo y presentarlo bien. Tercero, porque, como siempre, dicen el texto de una manera limpia, natural, por muy complejo que sea o parezca. Cosa que permite a su público disfrutar de la palabra de los autores con los que Fundación Siglo de Oro trabaja.

Si las razones anteriores no le parecen suficientes para comprarse una entrada y meterse en el teatro, hay más. Pero sobre todo hay una historia humana, de seres de carne y hueso en la que reconocerse. Para entenderse uno mismo y a los otros en el juego trágico, cómico y absurdo de la vida.


Vídeo de Trabajo del amor perdidos de Shakespeare proporcionado por Teatros del Canal

Porque absurdo es que un rey y sus caballeros decidan motu proprio jurar encerrarse en su castillo y dedicarse al estudio, al ayuno, la abstinencia y la contemplación como forma de alcanzar la sabiduría. En la que la mujer, como fuente de distracciones, pecado y, no se olvide, de vida, no tiene cabida. Y más absurdo tratar de imponérselo al pueblo, aunque, en la realidad histórica, intentarlo lo han intentado.

Como siempre, Shakespeare se las apaña para poner en jaque al rey y sus locas propuestas. Enseñar al soberano que el mundo es mundo y que por mucho rey o noble que se sea, la vida sigue libre como pájaro que canta. La vida que llega y arrastra a este rey de Navarra cuando conoce a la princesa de Francia. Lo mismo que le pasa a sus caballeros cuando conocen a las damas que la acompañan. Motivo, en este caso, del enredo, la risa y la gracia. Que se toma su tiempo en subir como un buen suflé. Tiempo necesario para dejar un buen sabor de boca. Forma de trabajo que ha conseguido que esta compañía tenga ya una legión de fans.

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Foto de Trabajos de amor perdidos de Shakespeare proporcionada por Teatros del Canal - © Jaime Villanueva

Vida para la que han elegido un acertado elenco que incluye a Lucía Quintana. Actriz capaz de brillar con luz propia sin desmerecer en ningún momento ni el conjunto ni a sus compañeros, más bien todo lo contrario. Los pone en valor. O descubrir a un actor como Pablo Vázquez, que resuelve con gracia su papel de Costra y al que no cuesta verlo como un futuro Puck en Sueño de una noche de verano.

Vida para la que han creado un esquemático, aunque bonito, escenario que permite marcar las salidas, las entradas y los espacios. El que, por poner un defecto, obliga a centrar las intervenciones de los distintos personajes. Posición que Tim Hoare, el director procedente del Globe Theatre, y Rodrigo Arribas deberían haber matizado, equilibrado. Pequeño detalle sin importancia para el disfrute y el pasarlo bien con esta obra.

Vida libre que les permite introducir una versión reducida de un pequeño entremés de Cervantes y cambiar el final, consiguiendo una de las partes más divertidas de la obra. Una sutileza introducida por José Padilla, traductor y adaptador del texto, que manifiesta la sintonía entre estos dos autores más allá de posibles estudios sesudos sobre sus similitudes o diferencias.

En definitiva, un teatro hecho con vocación de ser popular. De gustar al común, que será raro que se arrepienta de haber comprado la entrada. Más bien todo lo contario. Se alegrará y mucho. Y, si no los conocía, con toda probabilidad acabará formando parte de la citada legión de fans que no se pierden una de sus propuestas y que están permitiendo que un proyecto tan arriesgado como el de esta fundación esté saliendo adelante con éxito, aunque sea una compañía buscando residencia estable. Y que por lo que hacen y cómo lo hacen no deberían tardar en encontrarla en alguno de esos teatros vacíos que, en los años que nos creíamos ricos, surgieron en Madrid, de donde son ellos.