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'Los desvaríos del veraneo': pasárselo bien

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Detalle del cartel de "Los desvaríos del veraneo" cedida por Grupo Smedia.

Hay mucha gente que va al teatro a pasárselo bien. Con esto quiere decir que van a reírse, a no pensar (bueno, eso creen ellos, el cerebro no para) y a olvidarse de sus problemas, de la vida cotidiana, del brexit y la madre que lo parió, la falta de acuerdo entre los partidos para formar gobierno en España, el anuncio de desconexión catalana y muchas otras cosas más, incluida la ola de calor.

La compañía Venezia Teatro consigue eso: que el espectador se ría y se lo pase bien al fresquito del Teatro Infanta Isabel con "Los desvaríos del veraneo" de Goldoni. Obra en la que se cuentan los disparates que hacía la clase alta en el siglo XVIII, como ahora cualquier clase, por montarse unas vacaciones, en este caso en el campo, para las que no tenía el suficiente dinero en efectivo y, menos aún, crédito.

Situación en la que el deseo, amoroso o no, campa a sus anchas buscando satisfacción, incluida la monetaria para confundir a sus personajes entre tener, estar y ser. Bendita confusión que permite el enredo y el embrollo y, por tanto, la risa de esos personajes confundidos y de sus espectadores que se reconocen en esos detalles contemporáneos que se incluyen de forma directa y orgánica en el montaje.

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Foto de Alejandro Albarracín para "Los desvaríos del veraneo" cedida por Grupo Smedia.

De tal forma que no hay frustración que no se apacigüe con chocolate, un potente ansiolítico, como hoy todo el mundo sabe. Que todo estado anímico tiene su canción, habitualmente norteamericana. Que toda declaración de intenciones, toda intimidad que no ha pedido ser contada pero que se cuenta, en la actualidad se dice para miles de personas delante de un micrófono, ya sea el de un reality o de un programa del corazón, o no se dice.

Detalles todos ellos muy marcados, y a la vez muy sutiles, para no perder la esencia de lo clásico. Como las casacas floreadas, acertada revisión de las camisetas con flores que se pueden ver en la calle, los colores pastel, el histrionismo de los personajes.

Distancia entre lo marcado y lo sutil en la que se manejan muy bien sus actores. Tanto los que están en este montaje desde un principio, pues este montaje parte de uno previo que se pudo ver la temporada pasada, como las nuevas incorporaciones. Actores que saben mantener el espíritu infantil que tiene todo juego, y el teatro es un juego, sin que se deje de pensar que son y que actúan como adultos.

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Foto de Esther Isla para "Los desvaríos del veraneo" cedida por Grupo Smedia.

Aspecto que quizás sea la razón de que no se rechace de plano a Leonardo, el pijo galán que protagoniza la obra y empuña palos de golf como si fueran una espada, y que le permite a Alejandro Albarracín desmentir que un joven actor televisivo es solo físico y primer plano.

O que se pueda apreciar en las rabietas, frustraciones y anhelos de Esther Isla, que hace de Vittoria, su hermana, otra pija que se las trae, el trabajo físico torpe e ingenuo con el que se hizo tan popular Lina Morgan.

Como se ve en Fulgencio, el aguafiestas sensato que interpreta Vicente León, los sedimentos que José Luis López Vazquez dejó en el cine y en el teatro. Y como se podría ir buscando las referencias que cada componente del elenco ha buscado para traer a escena lo mejor de ellas.

En definitiva, una obra que ante esa disyuntiva veraniega que tiene el común de los mortales entre el mar y la montaña ofrece la certeza de que lo mejor es irse al campo con todos los personajes que la protagonizan. Pues tienen pinta de buena gente. Gentes que con sus afanes corrientes y molientes, tan parecidos a los nuestros, son capaces de hacérselo pasar bien a cualquiera. Al menos en las dos horas que dura el espectáculo y, tal vez, en la charla que acompaña la vuelta a casa o la cena o la copa en una terraza hasta las tantas. Desvaríos y desvelos de un veraneo en la ciudad.