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Menudo fin de temporada teatral: 'Equus', 'La tempestad' y 'El tiempo y los Conway'

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Foto de Equus proporcionada por la sala Arte y Desmayo

1. Equus, del recientemente fallecido Peter Shaffer, representada en Arte y Desmayo, ha sido el éxito off de la segunda mitad de la temporada madrileña tanto de crítica como de público. Razones no faltan. Tantas, que parece un montaje de un teatro on o de un centro dramático nacional. Tantas, que desde la periferia del circuito teatral fue capaz de atraer la atención hasta de los telediarios de las cadenas nacionales.

Primero, por la historia. Un adolescente antisocial que tras sacar los ojos a seis caballos es ingresado en un hospital psiquiátrico para ser tratado y poner en jaque a su psiquiatra, médico con talento y capacidad para curarle pero no para curarse a sí mismo.

Segundo, por el montaje dirigido y adaptado a nuestro tiempo mediante el omnipresente uso de pantallas que hace pensar que fue escrito ayer mismo. En el que dos filas de gradas enfrentadas deja un espacio entremedias para que la acción suceda. Y sucede ante el testimonio de los espectadores que abarrotan la pequeña sala.

Y, por último, sus actores y actrices, capaces de mostrar lo vulnerables que somos los seres humanos a pesar de nuestra arrogancia de decir que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, cuando interpretan personas, y la fortaleza y belleza de los caballos, cuando interpretan a estos.

Actores y actrices cuya forma de estar presentes en cualquiera de los papeles que les han tocado en suerte, largos o cortos, permiten al público interesarse y emocionarse, ganarse por un momento esas entrañas que, según se dice en la obra, se pierden para ser normal. Se pierden para tener vida, o eso dicen.


Video de La Tempestad de Shakespeare por la compañía Alma Viva

2. La tempestad de Shakespeare que Alma Viva y el Teatro de la Puerta Estrecha estrenaron en el Festival Surge de Madrid es otra de las obras que ha agotado entradas este fin de temporada. Shakespeare siempre es un buen reclamo, pero, en el caso que nos ocupa, el boca-oreja y la crítica contaban que en este teatro de Lavapiés había una maravilla. Tanto para que se recupere la temporada que viene como para que gire aunque, tal vez, su espectacular montaje dificulte una gira.

Pues se trata de una obra que ocupa todos los espacios del teatro, desde la entrada hasta la buhardilla (impresiona verla empapelada y enlosada de blanco), incluso el patio al que se asoman los vecinos para disfrutar de las dos escenas que suceden en él.

Hay muchos aciertos, desde el casting hasta la continuidad entre escenas y escenas. Y aunque todos los actores y actrices merecen ser nombrados, creo que me costará olvidar el Próspero de Eva Valera Lasheras, el Calibán de Javi Rodenas y el alocado Ariel de José Gonçalo Pais, que no dejan de ser lo que se espera de sus personajes y, a la vez, sorprenden.

Todo ello hace pensar que detrás hay un director de escena, César Barló, al que debe seguirle la pista porque le preocupa lo que cuenta y cómo lo cuenta. Que sabe que la palabra bien dicha se sirve con acciones bien hechas. Que se preocupa del espacio, pero que entiende que, sin llenarlo de humanidad, el espacio es poco o nada.

Así, la peripecia de estos náufragos en una isla encantada donde viven Próspero, su hija y unos espíritus, se llena de poesía, filosofía, política, intriga, humor y amor. El amor que se ve en escena y el amor por unos espectadores que son invitados a participar de esta la fiesta teatral en la que ha convertido esta historia.

Teaser de El Tiempo y los Conway de J. B. Priestley en La Pensión de las Pulgas

3. El tiempo y los Comway de J. B. Priestley de la compañía Grupo ETC es una buena opción para acercarse a La Pensión de las Pulgas antes de que la cierren este verano y conocer de primera mano este espacio tan singular. Tener una experiencia directa de lo que este teatro permite ofrecer a los espectadores, y no esperar a que se lo cuenten o lamentarse de habérselo perdido.

Lo es porque el público asistente está literalmente sentado en el salón de té en el que sucede la escena. Tan cerca que da hasta cosa moverse y hacer ruido. Donde cualquier pequeño movimiento, gesto o variación de voz del elenco es sentido, registrado y sumado contribuyendo a la intensa percepción que se tiene de los espectáculos en esta sala.

Lo anterior es importante en este montaje que cuenta la historia de una familia en el tiempo. Una familia inglesa, alta burguesía de provincias, que dilapida, entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, el capital económico e intelectual que les dejó el padre al morir. Trasunto de la sociedad, al menos de las élites, de aquella época y, tal vez, de nuestra época, lo que justifica su puesta en escena.

De cómo se comienza a dilapidar y de cómo se termina, es de lo que habla la obra. Sí, un drama, pero también cierta esperanza, la esperanza que se encuentra en la poesía. Una poesía que ayuda a vivir y a ser feliz porque es verdad.

Montaje grande, pues necesita un gran elenco, que a pesar de cierta irregularidad actoral que desaparecerá a medida que vaya acumulando representaciones, es capaz de tejer la red de relaciones que la obra necesita para que sea creíble. Para que el espectador deje de fijarse en aspectos técnicos y se interese por la historia de esta familia, por sus protagonistas, por su peripecia vital y lo que tiene que mostrar y contar al público de hoy en día, a esos europeos que dilapidan su fortuna, lo afortunados que son y han sido.