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'Ohlala', ¡OOOHLALÁÁÁ!

28/04/2017 01:19 CEST | Actualizado 30/04/2017 09:59 CEST

Ohlala! - Smedia

Todo lo francés siempre viene perfumado de un aroma chic, elegante. Un aroma que anuncia la presencia sutil de la belleza corporal. De unas curvas femeninas que se intuyen o se muestran sin mostrarse y cuerpos masculinos musculados a cincel, esculpidos para ser exhibidos. Eso es lo que se piensa cuando se ve Ohlalá! el circo cabaretero que ha llegado al Teatro de la luz Phillips Gran Vía después de triunfar en el Follies Bergère de París y antes en Zurich donde fue realmente creado.

Una belleza a la que sus creadores y directores han pretendido darle alma con una historia que no acaba de entenderse muy bien. Importa poco, pues como excusa es válida para crear imágenes y poner en escena números que agradarán a una amplia mayoría de espectadores. Un público que busca divertirse sin más. Sentir que merece la pena lo que han pagado por su entrada y que, mientras ve el espectáculo y cuando salga del mismo pueda olvidarse del coste, pues bastante tiene con estar pendiente del coste de la vida, de su vida, como para también tener que pensar en el coste de su entretenimiento.

Sentado en la butaca asistirá a excelentes números circenses. Similares a los de siempre, pero que se disfrutan como muy diferentes. Fruto de un buen trabajo técnico y artístico. Un trabajo comercial que antes que a lo fácil, al espectáculo rápido y de consumo, apela a lo bien hecho, bien colocado, bien iluminado, bien cantando, bien pautado, para agradar a cuantos más mejor y evitar esa sensación de industrialización y estandarización que se le queda a uno viendo los últimos espectáculos del Circo del Sol.

Vídeo promocional de Ohlalá! cedido por SMedia

Números acompañados por una buena composición musical comercial que suenan bien porque, oh milagro, ¡por fin! se ha cuidado el sonido y permite apreciar el trabajo que hace Aurore Delplace, la cantante-cicerone que conduce por este viaje sensual, auditivo y visual. Canciones melancólicas que cantan la frustración por no conseguir el cuerpo deseado, por obligarnos a seguir buscando. Y, también, canciones alegres que cantan a la vida, a la felicidad de tener a tu lado y haber poseído al sujeto o la sujeta del deseo. Esa persona que querías besar y se dejó besar e ir más allá.

A todo lo anterior se añade el humor. Humor que sirven unos excelentes clowns españoles que juegan la carta de los Ballets del Trockadero. Humor que también sirve ese sorprendente cubano gracias a su látigo. Humor que depende de unos espectadores que son llamados a escena. Llamados a perder el ridículo (algo que se permiten hacer por la seguridad y la confianza que son capaces de crearles estos payasos cabareteros); y riéndose, hacen reír al resto del público, sus iguales.

Este es un espectáculo hecho para el público. Un público que quiere reír, escuchar música agradable, ver cosas y personas bellas, divertirse, reír, sonreír y, tal vez, comentar por lo bajo a su acompañante, su confidente, eso que ellos comentan de forma burda en los bares o ellas en las reuniones de tuppersex. Y que en este espectáculo se convierte en una reivindicación del cuerpo, cuerpos atractivos, cuerpos de los que enamorarse mientras bailan o se ponen al límite saltando, bailando hula-hoops o en barra vertical, patinando y haciendo todo tipo de contorsiones y equilibrios.