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'Our Town', 'Danzad malditos' y 'Lluvia constante' o la América que vota a Trump

15/01/2017 10:22 CET | Actualizado 17/01/2017 12:18 CET

Video cedido por el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa.

Han vuelto a la cartelera madrileña tres obras: Our Town, el clásico de Thorthon Wilder que se representa de forma continua por todo Estados Unidos; Danzad malditos de Alberto Velasco (si todavía no lo conocen como director teatral recuerden este nombre); y Lluvia constante de Keith Huff (productor, por ejemplo de House of cards). Tres obras que se despidieron de Madrid en olor a multitudes y con estupendas críticas y que su vuelta permite a todos los que se la perdieron, y fueron muchos, el repescarlas. Tres obras que tienen un claro sesgo norteamericano y cinematográfico, sin ser ni pretender ser cine, que las hace fáciles de ver, de entender y de disfrutar.

Our Town dirigida por Gabriel Olivares en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa es la historia de una pequeña ciudad norteamericana y las personas que suelen habitarlas. Obra que sin duda servirá para comprender mejor a esa Norteamérica profunda que ha votado a Trump. En la que las familias se intercambian "pies de manzana" como muestra de buena vecindad y que se ha convertido el estándar occidental de estilo de vida. Lugares que se dividen entre el progreso y la tradición y que parecen tragarse a sus hijos y a sus muertos como si fueran el epicentro de un tifón.

Obra que peca de exceso de recursos teatrales, pues la variedad de situaciones y personajes se presta a ello. Y aunque habrá quien diga que son austeros al no tener una gran escenografía o uso de mucha tramoya, los recursos son múltiples, diversos y casi siempre bien ejecutados por los actores. Todo con un cierto toque moderno y contemporáneo. Dando más importancia a la caracterización sociológica que a la historia que cuenta la obra, lo que tal vez explique que al actor que hace de hijo se le haya mantenido el acento mexicano que no cuadra ni con el que tienen los actores que hacen de sus padres ni del resto de sus compañeros.

Una historia que reafirmará a los ya convencidos que los norteamericanos son así, pero que si funciona aquí es porque cada vez nos parecemos, o nos gustaría parecernos, más a ellos. Tener sus vidas tranquilas en un campo urbanizado. Las de las fatigas y las pequeñas y grandes desgracias que pasarán a mejor vida y al olvido cuando nosotros dejemos de estar. Melancolía a raudales por un mundo que no se puede preservar.

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Foto cedida por el Teatro Español.

Danzad malditos en Las Naves del Español del Matadero de Madrid también trabaja esa identificación con lo norteamericano. Sin embargo, si la obra anterior fuera la cara, esta sería la cruz. Frente al mundo amable de Our Town, se presenta la competencia darwinista a la que nos someten las sociedades capitalistas actuales en las que todo escasea. Y, sobre todo, escasea el trabajo y con él el dinero necesario para vivir y para comer. Por lo que, querámoslo o no, tenemos que competir y, además, ganar machacando al contrario (vencerlo no es suficiente) y dejarlo sin nada.

Partiendo del libro original y de la clásica película Danzad, danzad malditos, Alberto Velasco, propone un juego de azar para establecer entre los actores las parejas que concursan en escena bailando y bailando sin parar. Consigue así que cada noche sea diferente en esta simulación de competencia de resistencia. Juego del que se hace partícipe al respetable y al que curiosamente se entrega con la crueldad que parece querer denunciar la obra, tal vez porque no se acaba de creer lo que pasa en escena.

Aciertos hay muchos. Desde el haber evitado la estilización de los actores, nada de chicos musculados en gimnasios o de chicas lánguidas de portadas de revista, hasta la bella iluminación. Pasando por una excelente selección musical, una pena que la actriz que las interpreta lo haga en parte en play-back. Pero de nuevo, la sutileza se pierde en esa necesidad de ruido y de furia para denunciar urgentemente hacia donde nos lleva el mundo; de la facilidad con la que sucumbimos a sus reglas; y, lo peor, de la felicidad con las que las aplicamos y las aceptamos.

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Foto cedida por María Díaz Comunicación - © Jean Pierre Ledos.

De las tres, es Lluvia Constante, de Keith Huff, en el Teatro Bellas Artes la más comercial gracias al sello de su director, el siempre eficaz contador de historias David Serrano. La trama es la típica historia truculenta de dos policías, dos patrulleros algo pringados y con sus pequeños vicios y corruptelas, de uno de los peores suburbios de la gran ciudad. El que el imaginario colectivo, conquistado por el cine y las series norteamericanos, sitúa sin esfuerzo en los Estados Unidos. Estos personajes serían el reverso oscuro de los protagonistas de las películas de Arma Letal, las de los 80 y 90 que protagonizaron Mel Gibson y Danny Glover.

Obra con un desasosegante final feliz. Un extraño intercambio de vidas que se ofrece más como una sorpresa que como un misterio. En la que, de nuevo, se interpela al público, pero en este caso más para atraer su atención sobre la trama y los personajes que para hacerlos participar activamente en lo que sucede en escena.

Montaje que ofrece una sencilla y resultona escenografía. Suficiente para disfrutar de la rotunda presencia en escena de Roberto Alamo, quizás lastrada por un bajo tono de voz, y las cualidades de Pepe Ocio, cualidades que recuerdan mucho a aquellas que tenían los actores que participaban en los montajes de teatro televisados de Estudio1. Aquel programa que recuerdan los más mayores del lugar, pero que los más jóvenes no sabrían ya identificar.

De nuevo el teatro contando historias. Contando cuentos. Mostrando el mundo en el que vivimos.

*Nota del editor: en la primera versión de este artículo se afirmaba que la actriz Verónica Ronda cantaba todo en play back, cuestión que no es exacta, pues algunos de los temas son cantados en directo.