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‘Séneca’, ‘En la orilla’ y ‘Refugio’: nuestro pan político de cada día

21/05/2017 10:29 CEST | Actualizado 21/05/2017 10:29 CEST

Marcos G. Punto
Escena de 'Séneca' en el CDN

Aparecen en el título de este post tres obras políticas o sobre política que se han podido ver o se pueden ver en el Centro Dramático Nacional (CDN). Ancladas de una u otra manera están en una realidad nacional que llena los periódicos, los telediarios, las tertulias televisivas y radiofónicas, Facebook, Twitter, blogs, reuniones familiares o con los amigos. ¿Necesitaba subirse ese ruido al escenario?

La respuesta es claramente negativa pensando en Séneca, de Antonio Gala, que volverá a los escenarios dentro del Festival de Mérida, y en En la orilla, que seguirá seguramente girando gracias a que se basa en una novela de Chirbes y su actor protagonista es Sarachu, el querido Bernardo de Camera Café. Tampoco es positiva en el caso de Refugio, de Miguel del Arco.

Séneca tiene el atractivo de ver hoy una obra de Antonio Gala. Un autor prolífico y best-seller en los ochenta y noventa. Figura mediática que escribía de todo. Cuya presencia vestía muy bien desde un programa de televisión a una tertulia o una fiesta de las vanidades patrias. Al que nada de lo divino ni de lo humano le ha sido ajeno. Motivo por el que se le ha escuchado masivamente con atención a pesar de hablar del pueblo y al pueblo como un señorito andaluz endomingado.

Este espectáculo no despeja la duda de si, tras todo su glamour y circunstancia, existe el autor que durante mucho tiempo se ha pensado pensaba que es. Si su lenguaje musical y popular encerraba algo más que eso, música y tonadilla. Emilio Hernández, el director de la obra, obvia esta posibilidad. Se va por los cerros de Úbeda con un medley musical que va de Monteverdi a las nanas de Carmen Linares (no se entusiasmen, que solo canta tres).

Música para contar la historia de un Nerón afeminado e hipersexualizado y sus circunstancias maternas, de las que Séneca, el sabio metido a político, se presenta como su víctima. Mientras habla, en la mente del espectador aparecen una tras otra las caras y los caras que continuamente ve en su televisor. Volviendo al mundo plano y en blanco y negro que dejó en casa.

Sergio Parra
Escena de 'En la orilla' en el CDN

Al igual que la anterior, En la orilla tiene un problema de dirección y de puesta en escena. Y de escritura, si se tiene en cuenta que en las ruedas de prensa se insiste que lo que se ve en escena es lo que Chirbes, el autor de la novela en la que se basa la obra, había escrito.

A lo que se añade un error de casting con la elección de Sarachu para hacer el personaje protagonista al que se le hace decir y accionar in media-res. Solo basta con escuchar lo que cuenta de sí y lo que los otros cuentan de él para saber que el actor no da el perfil físico del personaje y que tampoco hablaría así y menos sería amigo de sus otros dos compañeros de farra.

Historias de gente ruin y arruinada en la Valencia que Camps, Fabra y Rita Barberá ayudaron a crear, contadas y vistas en la distancia. Como se mira a un país lejano y exótico del que se habla de oídas. Más evidente cuando sale el actor Marcial Álvarez, el único que actúa y acciona su personaje, lo individualiza, lo saca del estereotipo (sin salir del mismo) para hacerlo interesante como ser humano.

Marcos G. Punto
Escena de 'Refugio' en el CDN

Visto lo visto, se llega a Refugio, la última en estrenarse, pensando que la urgencia de hablar del hoy impide conocer, entender y contar el ahora. Y en cierto modo, esta obra lo confirma. Algo que se nota menos por la gran inteligencia de su autor y director. Capacidades que le permiten esconder la endeblez de la historia del político en horas bajas enganchado al poder y de su familia, que trata de lavar su imagen pública acogiendo a un refugiado al que ninguno entiende y sobre el que proyectan todas sus mierdas.

Hay que reconocerle que lo hace bonito (es difícil olvidar ese cuarto de estar-pecera y la luz); que ha sabido elegir bien a sus actores y actrices; que crea bellas imágenes como el final o la travesía en patera. Y en ese crear artefactos, escenas y belleza puramente estéticas y técnicas parece ir olvidándose de contar lo que le motivó esta historia, contarle porque debería interesar al espectador. Una historia que parece reclamar una acción política compasiva y empática frente a la política y la vida gritadas y antipáticas de sus protagonistas. Una política que acepte y reivindique el amor por el otro, por el semejante.

Casi nada de lo anterior se vislumbra, pues el montaje está más pensado para resolver escenas y situaciones. Pero ese texto tiene palabras que necesitan ser dichas, pensadas y actuadas para que el teatro siga siendo un refugio. El lugar en el que estar y sentirse presente en compañía de otros, del calor y la compañía que ofrecen otras presencias que ayudan a comprender, a entender y a actuar.