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‘Sensible’ o corazones postverdaderos latiendo

02/10/2017 13:45 CEST | Actualizado 02/10/2017 13:45 CEST

Concha Busto Producción y Distribución

'Sensible' que se acaba de estrenar en los Teatros del Canal es una obra que se resiste a ser contada. No su anécdota. Esta es sencilla. Se trata de una trágica historia romántica entre una mujer mayor y un hombre más joven, ambos de clase alta en el glamuroso Nueva York de los 70 ó los 80 del siglo pasado, en la que se entromete un tercero rechazado por ella. Lo difícil es contar lo que pasa en escena sin caer en la mera descripción de sus elementos. La dificultad está en transmitir esa sensación que produce, esos silencios que muestra un auditorio interesado en lo que pasa en escena y en lo que eso provoca en sus cabezas al mismo tiempo.

Vaya por delante que 'Sensible', el día del estreno, se mostraba irregular por momentos. Una irregularidad que sin duda desaparecerá a medida que se vaya asentando la propuesta y la actriz Kiti Mánver y el bailarín Chevi Muraday, que la protagonizan, se vayan haciendo a/con sus personajes. Ese crecer en escena que procede de la repetición y de la interacción entre actores y con el público. Esa densidad teatral y dramática que necesita tiempo y reposo, como el buen vino. Pues esta obra tiene las mejores uvas para hacer un buen vino teatral. Uvas que su director, Juan Carlos Rubio, ha sabido pisar para obtener un vino con cuerpo, lleno de olores y sabores que se están destilando, se están depurando.

La metáfora del vino es una buena metáfora para esta obra. El vino es, en general, una bebida realmente adulta, sobre todo si es bueno. Una bebida que se disfruta más y mejor cuanto más se haya vivido y viajado. Entonces se es capaz de reconocer y nombrar un olor, un sabor, incluso un color en la copa. Hasta tiene el tacto del vino, ese que se produce al ser tocado por la lengua y bajar por la garganta hasta el estómago. 'Sensible' está hecha para disfrutarla de esa manera sensitiva y sensual. Beberla a sorbos, a pequeños tragos y demorarse en paladearla sacarle el gusto y el retrogusto. Y, además, en no beberla solo, sino en comunión con otros, en un teatro, compartiendo la experiencia.

Trailer de 'Sensible' de Juan Carlos Rubio producido Por Concha Busto

Siguiendo con el símil, Kiti Mánver sería el gusto. El gusto de ver a una actriz que conoce el oficio, la primera buena impresión que llena de sabores la boca. Y el coreógrafo Chevi Muraday sería el retrogusto. Ese que se queda en nariz, que persiste, una vez que el vino ha pasado y acariciado la boca. Un retrogusto que presenta una disonancia cuando dice el texto algo que se olvida completamente cuando baila. Gusto y retrogusto para los que construye continuidad Julio Awad con la partitura que ha creado para esta obra que, de nuevo, para describirla hay que acudir a las palabras de densidad y cuerpo. Una música con un deje clásico cinematográfico y, a la vez, con algo de hoy en día, aunque poco que ver con lo que se denomina música clásica contemporánea.

El amor es así, cosa de dos, gusto y retrogusto unidos. Al menos así es habitualmente aceptado. Dos que se muestran el uno al otro. Que comparten pequeñas confidencias. Nimiedades las más de las veces que adquieren para ellos el valor de los signos y los significados. ¿Me quiere? ¿No me quiere? Un simple gesto, una simple despedida una llamada, una caricia, una conversación da lugar a un tratado sobre el otro y sobre como el otro hace sentir, como yo siento. Dan lugar a una hipótesis que necesita ser confirmada o descartada con urgencia. Amor sentido para el que la razón solicita evidencias, hechos, aunque sean falsos, postverdaderos. Una razón y un razonamiento (pre)ocupados por el amor. Por tanto, una razón sensible y vulnerable, desprotegida. Una razón expuesta al daño, al dolor y a la insatisfacción pero también a todo lo contrario.

Sí, esta obra, este vino, apela a la sensibilidad de su público. Ese que al final se verá reflejado en el escenario (aunque no todos serán capaces de verse). Esos que ya tienen pocos o muchos años vividos, una experiencia amorosa y de vida, por lo que aplaudirá, sí y mucho, pero también seguirá sentado en la butaca, pensando, ensimismado. Tal vez le falten las palabras propias, no todo el mundo es elocuente, incluso las palabras inmediatas, pero su sensibilidad, una sensibilidad perdida, se le habrá despertado. ¿Me quiere? ¿No me quiere? así sonará de nuevo el tic-tac que mueve el mundo, su mundo.