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'Tartufo', o la impostura como estrategia política

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Foto del Tartufo cedida por el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa

Había mucha expectación alrededor de Tartufo, de Molière, que se acaba de estrenar en el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa. Por la compañía, Venezia Teatro, y el buen sabor de boca que había dejado con Los desvaríos del veraneo de Goldoni. Por Rubén Ochandiano, una estrella teatral, que en este espectáculo demuestra porque lo es. Y por la obra, muy pertinente en los tiempos que corren. Una comedia que juega a que la letra, con la risa entra.

No es un montaje redondo. Pero lo bueno y de calidad predomina, dejando una muy buena sensación. De tal manera que la historia de un pobre bendito, piadoso rigorista donde los haya, o eso parece, que es acogido y tratado a cuerpo de rey por un rico aristócrata terrateniente, acaba poniendo en jaque no solo a este rico, sino a toda su familia y a todos los estamentos sociales.

Así, la obra plantea un debate que está en el aire. El de cómo los impostores toman la hacienda y el poder aprovechando la ley de los hombres y las leyes de dios. Mostrando, cuando se les cae la careta, un conocimiento social del que carece(mos) el común de los mortales. Una listeza que les permite dar gato por liebre. La listeza con la que Trump y Farage, el promotor del Brexit, han sorprendido a la intelligentsia. Otros benditos.

Parece que su director, José Gómez-Friha, quiere avisar a sus espectadores. Les anima a cuestionarse lo que se creen y siguen a pies juntillas. Los anima a ser humildes y a no pensar que lo saben todo. Ya que no están tan bien informados como creen, por mucha información que tengan. Ya que no están en posesión de la verdad absoluta. Que nadie está libre de ese pecado. Que no se pueden dar las cosas por hechas.

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Ensayo del Tartufo/®Saúl F. Blanco, cedida por el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa

Todo lo anterior lo hace sin culpabilizar a sus personajes y, por tanto, a sus espectadores, aunque sí les reclama que asuman su responsabilidad. Pues se entiende el atractivo del tartufo, de su historia. Y se entiende más cuando Ochandiano sale a escena, tanto su necesidad, la de él como individuo, como la de creer en él.

Necesidades humanas que todos los actores nos hacen comprender con sus personajes, excepto, tal vez, Vicente León, por la forma entre histriónica, costumbrista y urgente con la que interpreta a Orgón, el rico aristócrata protagonista. Necesidades y reacciones oxigenadas con la risa inteligente y bienhumorada con la que Esther Isla interpreta a la criada de la casa. Interpretación que le debería procurar más de una y de dos nominaciones para los premios teatrales de la temporada, y muchas oportunidades laborales.

Con todo ello, el espectador va viendo cómo aquel mundo de Molière se va pareciendo al mundo en el que vive. Una identificación a la que contribuye el vestuario y caracterización realizados por Sara Roma y la propia compañía. Conseguida gracias a la reinterpretación desde hoy de la moda del tiempo en el que se escribió la obra. Llena de detalles anacrónicos, como por ejemplo esos calcetines con zapatos de tacón que lleva la hija del protagonista al estilo informal con el que Esperanza Aguirre se presentó a la rueda de prensa tras los atentados de Bombay.

Identificación con el público que también es jugada por el director a través de su ya conocida poética. Como los insertos musicales que cantan hoy lo que sucede en una obra que fue escrita hace algunos siglos. O esa continua interpelación a lo que sucede fuera de escena, ya sea a los técnicos o a los espectadores. Una forma de avisarles: "Esto va contigo y habla ti·. De lo que está pasando y de lo que te está pasando.

Elementos todos ellos que hacen que las irregularidades palidezcan ante todo lo demás. Que el público se mantenga atento a lo que está viendo. Y, cuando acaba la función, aplauda mucho a todos y a todo. Y, a pesar de la conclusión desalentadora de la historia, salga contento. Pues ha tenido una buena tarde. Se ha divertido, ha acumulado conocimiento y materia para refelxionar y participar con mejor disposición en el debate público. Y comience a pensar en quienes pueden ser los benditos hombres y mujeres públicos a los que les está dejando que le roben la Hacienda y todo lo demás.