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'Ushuaia', irse lejos, quedarse cerca

17/03/2017 12:36 CET | Actualizado 19/03/2017 09:46 CET
Foto de Ushuaia cedida por el Teatro Español - © Javier Naval

El número de famosos y gentes del teatro por metro cuadrado en el Teatro Español ponía de manifiesto que Ushuaia era el estreno teatral de esta semana. Lo es porque está escrita por Alberto Conejero, uno de los dramaturgos del momento tras el éxito de la Piedra Oscura. Lo es porque la dirige Julián Fuentes Reta tras el éxito que obtuvo con Cuando deje de llover. Y lo es porque la protagoniza José Coronado, una estrella mediática. Así que allí estábamos todos, como si se pasase lista practicando el nuevo lema del teatro municipal que ahora dirige Carme Portaceli, #YoAlEspañol.

Lo que se encontrará quien asista es la historia de un solitario, tan solitario que se va al extremo más austral en el que ya solo es posible la vida al límite en una naturaleza que pasa del hombre. Al límite de luz, al límite del frío. Las afueras de la ciudad de Ushuaia en la Patagonia Argentina. Allí se encierra voluntariamente con sus recuerdos. Un encierro que viene a ser perturbado por la enfermedad, unas cataratas que le están dejando ciego y que le obligan a buscar ayuda, alguien que le cuide.

Sí. Es un drama. Un drama que no se da respiro, aunque no acumula desgracias ni es truculento. Es el drama de la vida de un individuo que, por azar -me refiero a su drama personal-, sucede en la Salónica ocupada por los nazis, a los que él pertenece. Una historia de amor y amistad que sucede a pesar de la corrupción y la inmoralidad de la guerra y la matanza masiva de judíos que le rodeaba. ¿Cómo fue posible en un mundo en el que todos estaban, y lo sabían, amenazados? ¿Qué empujaba a amar o simplemente quererse en esa situación de miedo?

Un drama personal al que mira desde la distancia, desde el punto más alejado que pudo encontrar. Y en ese recordar, lo destila y lo estiliza. Lo poetiza, permitiendo a Conejero hacer volutas de humo con el lenguaje. Un lenguaje que suena raro, extraño, por el microfonado al que le ha sometido Sanchez-Reta. Y que también suena bonitamente literario. Extrañeza que se encuentra en el texto y que el director de escena no siempre consigue poner en el escenario. Aunque cuando lo consigue, da en la diana, como esa conversación telefónica a dos que cruza tiempos, momentos y espacios. Momento que da la clave del grado de tensión e intensidad que necesita esta obra.

Una obra que lanza diferentes preguntas: ¿qué posibilidad se tiene hoy de juzgar a aquellos individuos? Porque, ¿se sabe quiénes eran? ¿No compartimos con ellos lecturas? ¿No poetizamos, aunque sea con visión contemporánea, aquellos tiempos? Y esa pregunta trae a la memoria la frase de "Tócala otra vez, Sam", de esa antigua y, ya vieja, película que ha construido la visión romántica del amor de muchos, muchos espectadores. ¿No existe una poética común para contarse aquellos tiempos nefastos?

Preguntas que surgen viendo un montaje que reclama ajustes de puesta en escena y, tal vez, simplificación. En la que extraña ese ojo de Yavhé, esa instalación luminosa que ocupa el fondo central del escenario, excesivamente explícito en una escenografía que, por lo demás, es oníricamente sutil. O en el que se debería evitar en muchos momentos que José Coronado gire la cabeza hacia sus interlocutores, dirigiéndose a ellos, mientras dice un texto que ya todo lo expresa y lo indica.

Montaje que es de suponer que, con el tiempo, irá cogiendo confianza y afianzando la valentía que se muestra en determinados momentos. Valentía que debe infectar el resto del espectáculo para que se escuche alto y claro la que creo es la pregunta que lanza este espectáculo a través de la criada o cuidadora que contrata el personaje protagonista. Una chica de hoy en día que, como sus espectadores, condena el nazismo y a los nazis sin fisuras, aunque ve en esa condena posibilidad de ganancia personal. Pero que ha olvidado que fueron personas, seres humanos, con los que seguimos compartiendo lecturas y formas de entender y ponerse en el mundo. Con las que tomamos el relevo.

¿Será esto lo que explique el auge de los partidos de ultraderecha en Europa y la xenofobia en Estados Unidos? ¿Será la poetización a la que se ha sometido aquella época la que ha generado la fría corriente que entra por debajo de la puerta? Personas que no han perdido la capacidad de amar, querer y tener amigos. Parece que no hay distancia que valga para salvarse de esto. Parece que no hay recuerdo ni memoria que lo permita.

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