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Simone Weil, el ángel de los pobres

25/12/2015 09:09 CET | Actualizado 24/12/2016 11:12 CET

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Es la más singular de las filósofas europeas del siglo xx. Su vida es una combinación de horror y entrega. Su obsesión fue la lucha en favor de los parias y los trabajadores. Dotada de una gran inteligencia, jamás se permitió el lujo de ser feliz. Enamoró a Albert Camus y murió a los 34 años por inanición voluntaria en solidaridad con sus colegas presos en la Francia ocupada.

Simone Weil fue una pensadora que se aupó sobre las tapias de su tiempo a medio camino entre el pájaro y el milagro. Había en ella algo de víctima abatida de su propio misticismo. Esta mujer sufría hasta donde nadie podía alcanzar, pero cuantos la observaban quedaron a la vez fascinados. Asumió la vida como un compromiso con los otros y como un recurso desesperado. Entendía las relaciones de poder como las del lobo que se abate sobre el ganado lanar, degüella todas las ovejas y después se da el lujo de no zamparse ninguna. Contra eso luchaba Simone Weil, recadera de la justicia poética convencida de que los hombres no tienen más línea de flotación que la igualdad y los derechos.

Con este pasaporte intelectual cruzó las aduanas nerviosas de la Europa de la primera mitad del siglo xx. Simone Weil es uno de los animales más delicados, audaces y extraños que ha dado la filosofía contemporánea. De familia judía agnóstica, nace en 1909 en París. El padre, médico; el hermano, matemático. Ella desarrolla desde la adolescencia una propensión a la literatura y el pensamiento clásico. Pero hay algo más: esta muchacha entre la fragilidad y el desaliño, miope, con los pelos disparados como un erizo loco, flaca y quebradiza, albergaba una molécula de humildad extraordinaria y un fuerte ramalazo de compasión que le llevaban a sufrir hasta lo blando del hueso por las situaciones adversas de los jodidos mundos.

Estudió en los más modernos liceos y sobresalió por el manejo de un talento profundo capaz de recibirlo todo sin pedir nada. A los 19 años ingresa en la Escuela Normal Superior de París con la mejor calificación. En segundo lugar estaba Simone de Beauvoir. Fue un año extraordinario. Y la Beauvoir quedó fascinada por aquella muchacha con algo de recurso desesperado hablando siempre de la pobreza y su desorden: «Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero».

Una vez licenciada, Simone Weil se alimenta de un contrabando de lecturas poderosas que van de Platón y Descartes a Paul Valéry. Viste con un gusto casi por la indigencia, siempre de negro, con vestidos mal cortados.

George Bataille la recuerda en la indumentaria, como en todo lo demás, ajena a lo superficial. Rechaza las diversiones de la fe y comienza a dar clases en institutos de barrio, en liceos de pueblo, procurando mantener rigurosamente una lejanía de cualquier comodidad, como si la vida debiera igualarse fieramente al pensamiento con una ceguera en favor del prójimo abatido.

Hay algo cómico y a la vez terrible en esta muchacha dotada de una niebla cerebral cercana al disparate. Su obsesión es el sindicalismo obrero. Y por esa senda logra ser desterrada de las aulas en las que da clase en Le Puy con destino al liceo de señoritas de Auxerre. Es 1931 y en esos años abunda en su pensamiento social y político destinado a denunciar las condiciones de opresión de los obreros.

Es un ángel jodidamente inflamable. Quiere cambiar las deformaciones del capitalismo con un satanismo hembra que desprecia el placer y la felicidad. Asume modales de misionera redentorista dedicada por entero a aliviar la aflicción y el martirio de los parias. Escapar de este mundo tan sucio comienza a ser, de algún modo, su misión principal.

Para entonces ha viajado a Alemania dejando en algunos textos lúcidos la alarma del infierno venidero. Y en la Nochevieja de 1933, en París, se encuentra con Trotsky, al que vapulea con una diatriba contra el estalinismo, los designios del comunismo y la falsedad de la situación sociopolítica rusa. Es conmovedora. Simone Weil se está inmolando poco a poco, prendiéndose fuego por los pies.

Las jaquecas le van achicando la fuerza, pero no el ánimo vengador. Abandona la docencia y se ocupa como operaria en la compañía eléctrica Alshtom de París. Quiere estudiar de cerca a los obreros como si fueran lepidópteros que esperan salvación. Pero necesitaba más leña, así que pidió el ingreso en la fábrica de Renault en Boulogne Billancourt.

Allí se condena trabajando jornadas extenuantes en la cadena de montaje o en la prensa industrial. La salud se e quiebra más. Agotada, humillada, casi vencida, la expulsan de Renault por su escaso rendimiento. Pero ha encontrado ya las claves de su biblia revolucionaria y sindical. «Cuando entré en la fábrica la desgracia penetró en mi carne y en mi alma. Nada me separaba de ella, puesto que realmente había olvidado mi pasado y no esperaba ningún futuro, ya que difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a esas fatigas. Lo que he sufrido allí me ha marcado de una forma tan duradera, que aún hoy, cuando un ser humano me habla sin brutalidad, tengo la impresión de que hay un error. Allí he sido marcada, y para siempre, con la impronta de la esclavitud».

Tiene 26 años y aún le faltan dos acontecimientos decisivos para convertirse en una mártir de sí misma. En 1935 viaja con sus padres a Portugal por si allí recupera algún gramo de salud. Una de las noches ve en el pueblo en que se alojan una procesión católica popular de mujeres de pescadores. Portan cirios y cantan. La belleza, sencillez y solemnidad de la escena generan en ella una nueva avena loca: el fenómeno de la fe cristiana. Algo que colisiona con su alistamiento, un año después, en la Columna Durruti para luchar en favor de la República durante la Guerra Civil. Empuña las armas a la vez que siente la extraña necesidad de arrodillarse y rezar. Cada vez es más exaltada. Cada vez es más aérea. Cada vez pesa menos y abulta más su espiritualidad radical. Escribe sin tregua. Mezcla la mística revolucionaria con el Antiguo Testamento. Le queda poco de vida. Y la II Guerra Mundial le acelera el final.

Con París tomado por los nazis marcha con su hermano a EEUU. La aventura no dura demasiado. Quiere ir a Inglaterra, a trabajar con la Resistencia del general de Gaulle. Está ya consumida de su propia vehemencia, de su extrema lucidez. Se resiste a ser estatua. Escribe feroces artículos antinazi. Es ya una dinamitera de la lucha de clases. Cambia Londres por Marsella y allí busca trabajo en una explotación agrícola. Su escritura es cada vez más viva y su existencia más débil. «Es dudoso que se pueda remediar esta lepra que nos mata sin antes suprimir los partidos políticos». Igual anota esto que interpreta la obra de san Juan de la Cruz. Cada vez más sola. El poeta T. S. Eliot la dibujó con sobria precisión: «Amó de verdad el orden y la jerarquía más que muchos que se llaman a sí mismos conservadores. Y al mismo tiempo, amó de verdad al pueblo más que muchos de los que se llaman a sí mismos socialistas». Para entonces, ya había enamorado a Albert Camus, pero para ella el placer era una anomalía.

Simone Weil, enferma de tuberculosis, regresa a Londres para continuar trabajando por la Resistencia. Pero de Gaulle la rechaza creyendo que está loca. Obsesionada por no poder continuar con la lucha y tampoco en la retaguardia, toma una decisión extrema: comer la misma cantidad de alimento que dicen que comen sus colegas detenidos en la Francia ocupada. Murió cinco meses más tarde. A los 34 años, con casi toda su obra aún inédita. Aquel sacrificio tuvo algo de suicidio. De inmolación. De coherencia. De extravío. De abandono. El derrumbamiento de una filosofía a medio camino entre el pájaro, la histeria y el milagro.

Este texto forma parte del libro Vida de Santos, publicado por Antonio Lucas en la editorial Círculo de Tiza

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