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Sentimientos sin nombre

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Mi abuelo Manuel murió cuando yo era niño. Enfermó sin avisar y sin perder la sonrisa. Clandestinamente. Yo lo visitaba todas las tardes al salir del colegio. Le echaba las quinielas. Le compraba tabaco. Sin darme cuenta de que empequeñecía a la velocidad de los plásticos cuando se queman. Empecé a desconfiar cuando los dos llegamos a medir lo mismo. Apenas metro y medio. Ese día se lo llevaron lejos. A un hospital. Lo sé porque a la entrada se hizo una foto con mi abuela. Ella con serio de funeral. Él, sonriendo. Mi padre no había pasado por casa la noche de antes. Ni la mañana siguiente. Ni la tarde. A decir verdad, tampoco me extrañó su ausencia. Anochecía cuando mi hermana y yo lo vimos subir la calle como un fantasma. Bajé a su encuentro para contarle que la selección había ganado a la inglesa en un amistoso preparatorio para el mundial del 82. Mi padre sonrió como pudo y luego me dio la mala noticia. La dimensión del egoísmo infantil no tiene hartura. Me sentó mal que no me escuchase. Se lo volví a repetir. Y mi padre, mirándome a los ojos, me dio la mano como respuesta. Es su primer gesto de compasión que recuerdo de manera consciente. Luego volvió a repetir: el abuelo ha muerto, mi padre ha muerto.

Yo guardaba en mi mesita de noche un cuaderno verde de dos renglones. Lo usaba como una especie de talonario sentimental. Anotaba las veces que me reñían mis padres con la intención de cobrárselas cuando fuese mayor. Sin dudarlo, arranqué las primeras páginas. De cuajo. Taché el título y le puse otro nuevo: Antología de un largo sentir. Sería mi primer libro. Un diccionario de sentimientos. Como experiencia piloto, intenté bautizar cada una de las sensaciones que había vivido esa noche. Y no supe encontrar las palabras exactas en el diccionario. Tal vez porque no existan. Tenía 12 años.

Está en marcha nada menos que una lucha por los derechos civiles, encabezada por los jóvenes y su inagotable energía.

Conocí a mis dos abuelas. A los dos las quise igual, aunque las dos eran radicalmente distintas. Las dos enviudaron ya mayores. Pero una siempre terminaba llorando, y a la otra jamás la vi llorar. Una sentía de forma centrífuga, infestando de soledad su alrededor. La otra de forma centrípeta, huyendo hacia dentro, a lo Valente. Las dos padecían el mismo mal, pero cada una lo escenificaba como el negativo fotográfico de la otra. Un día le pregunté a mi madre: ¿por qué llora la abuela? Porque se siente sola, me contestó. ¿Y por qué no llora la otra?, le volví a preguntar. Porque no lo siente pero lo está. Yo heredé ambas maneras de sentir. Las dos anónimas. Pero elijo la más apropiada según la sensibilidad del interlocutor. Mientras más cercano sea, menos lloro. Un día lloré delante de un amigo y me preguntó qué sentía: "Me siento abuela", le respondí.

Orwell denunció que los idiomas apenas disponen de un puñado de palabras para definir lo que pensamos o lo que sentimos. Y es cierto. No sé cuál es el nombre exacto para el sentimiento de un beso sin amor o el dolor de ventrículos tras una ruptura. Pero me niego a creer que escribir y sentir sean verbos incompatibles. La poesía siempre será una solución. La otra es comenzar a denominar a los sentimientos con nombre propio. Quizá debamos llamar Aylan a la impotencia e indignación que corrieron por nuestras venas cuando lo vimos muerto en la playa. Quizá debamos llamar Trump a esa mezcla de asco y pánico que produce cuando abre la boca. Sin embargo, la mayoría de estos sentimientos complejos quedaron anónimos, como aquel niño que se enfrentó a la manifestación homófoba en México o el joven que se mantuvo en pie frente al tanque en Tiananmen o aquellos jóvenes que se besaron tras el final de la guerra mundial o el miliciano abatido que fotografió Robert Capa...

Lo único cierto es que aquel diccionario infantil se quedó a medias, lo perdí, y que los muertos se llevan el nombre de sus sentimientos consigo. Sólo temo que por falta de nombre empecemos a no sentir. Y a no indignarnos. Y a no levantarnos. Y a callar como un presidente en funciones.