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Tu éxito no depende de cuánto te ayuden otros, depende de ti

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He conocido a gente con inteligencia que ha fracasado y a gente con dinero que ha fracasado, pero no a gente con determinación que haya fracasado. La determinación es el imán del éxito. Si me preguntaran qué tienen en común las personas de mayor éxito del planeta y qué atributo es el principal responsable de ese éxito, mi respuesta no sería otra: la determinación.

En la vida, toda nueva circunstancia siempre encierra algún tesoro, por pequeño que sea, el cual sólo pertenece a aquellos con la determinación de hallarlo.

Cásate con tu idea. Márcate un objetivo y hazte la promesa de no retirar los ojos de él. No saltes con un pie sino con dos. Conciénciate de que el camino será duro pero arranca a pesar de ello. El mejor momento para mentalizarte de tu flaqueza en los valles es durante la euforia de tus picos. Usa la ilusión del arranque sin ser iluso. Adelántate a los baches. Sé consciente de que tu primera tentación de abandonar llegará en tan sólo unas semanas o meses. Reconoce que no será la única. Anticipa lo intensa que será esa tentación de hacerlo pero prométete que tu determinación de continuar pesará siempre un gramo más que ella; lo suficiente para inclinar la balanza hacia tu lado y vencer.

No rechaces la ayuda de otros, pero tampoco la busques. Dedica menos tiempo a pensar qué pueden hacer otros por ti y más a qué puedes hacer tú por ti mismo. Entrar a debate sobre si otros podrían o incluso deberían hacer algo por ti es estéril. No te acerca ni medio paso a tu objetivo, sino al revés, ya que aumentará tu frustración y te centrará en problemas en lugar de en soluciones. Cuando esperas ayudas de otros dejas el balón en el tejado de ellos y no en el tuyo. Es bueno que no te ayuden. Demostrarás que hacerlo por ti solo, sí era posible. La pregunta es: ¿quién es dueño del control de la solución? Y la respuesta siempre es yo.

En la vida, toda nueva circunstancia siempre encierra algún tesoro, por pequeño que sea, el cual sólo pertenece a aquellos con la determinación de hallarlo.

Cuando llegué a Estados Unidos me quedé sorprendido por el hecho de que muchas familias (no todas) inculcasen a sus hijos la importancia, no solo de ir a la universidad, sino también de empezar a ganarse ellos mismos el dinero para pagársela. La idea me sedujo y me motivó para hacer lo mismo. Cuando, siendo todavía un adolescente, comuniqué a mis padres mi intención de sufragar yo solo los altísimos costes de toda la formación que iba a recibir (mi plan era obtener una titulación y acabaron siendo cinco), su oposición inicial a la idea fue frontal. Me intento imaginar su sensación y supongo que sintieron que su responsabilidad como padres era encargarse ellos de los gastos derivados de mi formación.

El tira y afloja entre ellos y yo se prolongó durante bastante tiempo pero, ante mi insistencia y cabezonería, vieron que era inútil seguir intentando hacerme cambiar de opinión. Cuando acabé pagándome todos los estudios, vi que la diferencia entre que me lo hubieran pagado ellos y haberlo hecho yo fue colosal. Aunque en aquel entonces no tenía la menor idea de su gran valor, el haber tenido que trabajar durante casi todos los fines de semana y cada uno de los veranos de universidad me hizo valorar de manera especial cada una de las clases en las que me inscribí y, sobre todo, aquellas con un coste extra, como las de canto u oratoria. Si me hubieran intentado infundir ese aprovechamiento desde fuera, nunca hubiera tenido el mismo efecto que palpar tan de cerca el esfuerzo que requería costearlos.

Cada gota de sudor tuya vale por diez que otros derramen por ti. Cada euro que tú consigas valdrá por diez que otros te den.

No puedes ayudar a nadie que no quiera ayudarse a sí mismo. Nadie estará dispuesto a ayudarte si no eres tú el primero que se ayuda. Yo me alegro de que sea así ya que, de otro modo, sería fomentar lo injusto.

Cada gota de sudor tuya vale por diez que otros derramen por ti. Cada euro que tú consigas valdrá por diez que otros te den.

No voy a poner nombres a los miles de casos de fracaso por indeterminación. Todos conocemos muchos: hijos de padres millonarios que estudiaron en los mejores colegios, que querían ser presidentes, actores, cantantes o modelos, a quienes se les abrían puertas por intervención de los contactos que sus padres movilizaban. Tenían supuestamente todo a favor, salvo un ingrediente: no pensaban que el éxito dependiera de sí mismos, sino de cuánto les ayudasen otros.

Si tu barco lo mueve el viento, el día que se acaba el viento te quedas sin barco.

Ese momento en que descubres que tienes el poder de ser tu propio viento y que la puerta a tu éxito no está en otros sino en ti, es cuando tu potencial se desata y pega su mayor salto para cruzar el umbral del no-retorno.

Al igual que la llave de tu casa, la de tu éxito también está en tu propio bolsillo.

#88peldaños
El fin a tus problemas coincide con el primer día
en que TÚ decidas ponérselo.
@ANXO