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La mano que inventó Hungría

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El sol cae como un cuchillo sobre Budapest, pero al sacerdote no parece importarle: él sigue hablando desde el escenario, envuelto en un traje negro de cuyos hombros cuelga una larga capa. Es joven y sin duda sube rápido por la jerarquía, luciendo piel pálida de asceta y una de esas perillas obsesivamente recortaditas. Cuando acaba, eleva las palmas hacia el público como si fuese Magneto sosteniendo un barco con sus poderes. Frente a él, miles de caras solemnes repiten amén y chicas rubias vestidas de blanco portan hogazas de pan grandes como una cabeza de vaca.

Estamos en la Plaza de Clark Ádám, entre la colina de Buda, coronada por un castillo y cubierta de puestos medievales, y el Danubio, adonde dan ganas de saltar dando volteretas para huir del remolino humano y el calor. Pero hay que resistir: es 20 de agosto, Día Nacional de Hungría, y están a punto de sacar a pasear la mano derecha del tipo que la fundó hace unos mil años.

Es común que los países de Europa Central, Oriental y hasta del Cáucaso se hayan definido en algún momento como "avanzadilla de Occidente" frente a la "barbarie oriental". Esta corriente conservadora usa términos como "bastión" o "escudo de la cristiandad", y mira de reojo al Oeste como diciendo: "Vosotros bien que os lo pasáis con vuestro comercio y vuestras conquistas, pero si existís ¡es gracias a nosotros!"; luego enumera la lista de invasiones hunas, ávaras, mongolas, turcas o soviéticas que han tenido que resistir heroicamente a lo largo de los siglos.

Ése es el olor a "reserva espiritual" que desprende la mano de San Esteban. Un olor tan fuerte que los políticos húngaros se pelean por ver quién representa mejor la sagrada herencia del rey, a quien se atribuye la creación y cristianización del Estado húngaro. Es decir, que San Esteban bajó del caballo a las hordas analfabetas y las colocó en la senda de Cristo con un vigor tal, que cuando décadas después su cuerpo fue exhumado para canonización, resultó que la mano derecha seguía incorrupta, así que fue cercenada y metida en una urna repujada con gusto eclesial.

En realidad, Esteban (nacido con el nombre pagano de Vajk) tan sólo imitó lo que antes habían hecho jefes escandinavos, checos, polacos y rusos: resolver a cuchillazos las divisiones tribales, aniquilar el paganismo y fundar un reino cristiano para imponer un orden sólido con apoyo de la Iglesia.

Al otro lado del puente, en Pest, la catedral de San Esteban ha sido rodeada con un laberinto de vallas y policías grandes y ceñudos. Empiezan a llegar los fieles y las muchachas de blanco, cuyas hogazas de pan, bendecidas por el sacerdote, han sido devoradas poco a poco en ritual de hermandad mientras cruzábamos el puente. Hay delegaciones religiosas, estandartes, banderas, uniformes de gala, familias que han venido del campo. Todos forman un mismo cuerpo adormecido ya no por el calor, que ha reculado, sino por la naturaleza rebañil que tienen las misas incluso al aire libre: de rodillas, en pie, de rodillas, en pie. El sermón. Los amenes desganados. Un Padre Nuestro que suena igual en todos los idiomas: monótono y gutural como unas catacumbas.

Al final se premia al rebaño con la imagen lejana de una urna portada por soldados. Solo la ven de cerca los clérigos, los fieles VIP y el Gobierno nacionalista de Viktor Orbán ("entre democracia y dictadura"), repantingado a sus anchas entre leyendas de manos derechas y cristiandades. No en vano la Iglesia Católica le hace campaña desde sus púlpitos.