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  <title>José Mota</title>
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  <updated>2013-05-25T01:30:09-04:00</updated>
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    <name>José Mota</name>
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  <rights>Copyright 2008, HuffingtonPost.com, Inc.</rights>
  <subtitle>HuffingtonPost Blogger Feed for José Mota</subtitle>
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    <title>Cuando fuimos eternos</title>
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    <published>2012-06-08T05:20:21-04:00</published>
    <updated>2012-08-08T05:12:10-04:00</updated>
    <summary><![CDATA[Buceando en mis recuerdos, sobrevuelo mi niñez y me sorprendo a lomos de un triciclo recorriendo una y otra vez el circuito de Le Mans que dibujan las callejas de la plaza de mi casa.]]></summary>
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        <name>José Mota</name>
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    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/jose-mota/"><![CDATA[Fuimos eternos entonces, en los tiempos de nuestro Macondo personal, y citando a Garc&iacute;a M&aacute;rquez rememoro mi pasado, tan bien lo capt&oacute; el Nobel... so&ntilde;&aacute;bamos m&aacute;s que ahora, o por lo menos un servidor. Tocaba so&ntilde;ar, era como una especie de loter&iacute;a que le tocaba a la conciencia, a raz&oacute;n de tres o cuatro historias por noche; era curioso porque uno despertaba y ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de que aquello no se hab&iacute;a acabado, de que de una manera u otra -como por arte de magia- lo so&ntilde;ado se perpetuaba a lo largo del nuevo d&iacute;a. Recuerdo mientras desayun&aacute;bamos el taz&oacute;n de suero con sopas de pan el ruido que hac&iacute;an las esquilas de las ovejas, el ladrido de los perros y el voceo de los pastores en su af&aacute;n de controlar aquel ej&eacute;rcito de compa&ntilde;&iacute;as blancas. Luego, con un poco de suerte, la lluvia abundante en forma de chaparr&oacute;n, as&iacute; de pronto, bestial, que dejaba un olor a tierra humedecida que te transportaba el sentido: ya no llueve as&iacute; ni huele as&iacute;... o tal vez seamos nosotros que no nos ba&ntilde;amos dos veces en las aguas del mismo r&iacute;o.<br />
<br />
Buceando en mis recuerdos, sobrevuelo mi ni&ntilde;ez y me sorprendo a lomos de un triciclo recorriendo una y otra vez el circuito de Le Mans que dibujan las callejas de la plaza de mi casa. Ese ni&ntilde;o que fui, siempre me espera, all&iacute; en Montiel, de corto, sentado, ajeno al tiempo -donde siempre es hoy y nunca ma&ntilde;ana, donde el futuro es presente, es aqu&iacute; y es ahora. De repente una m&uacute;sica me transporta de inmediato en el tiempo: &iexcl;La calle era nuestra, todav&iacute;a no nos la hab&iacute;an arrebatado las m&aacute;quinas con ruedas! Mi barrio era un parque de atracciones, el bal&oacute;n -boomerang fallido, que al chutar, con frecuencia no volv&iacute;a- nos hac&iacute;a so&ntilde;ar. Era un tiempo en el que menos, fue m&aacute;s. &iquest;Era m&aacute;gico todo? No lo s&eacute;. Tal vez no, tuvo que ser la edad, la edad de cuando fuimos eternos, cuando le hac&iacute;amos constantes burlas a la vida y no tem&iacute;amos al so&ntilde;ar... y yo so&ntilde;&eacute; ser pirata, vaquero,Tarz&aacute;n, casado, soltero, amigo, enemigo, el bueno, el malo... y Quevedo.<br />
<br />
Recuerdo muy bien las guerras de cantos, batallas poco recomendables, donde uno casi siempre terminaba con una brecha en la frente, y supongo que tambi&eacute;n aprendimos a esquivar las tortas de la vida o por lo menos a adivinar sus trayectorias. Otro cap&iacute;tulo era el de los paseos al r&iacute;o, qu&eacute; voy a contar cuando Jaime Campmany cont&oacute; los peligros de los mismos en su "Jinojito el lila". Afortunadamente en nuestro pueblo no tuvimos que lamentar tragedias de cr&iacute;os.<br />
<br />
Nos sobraba salud y nos faltaba d&iacute;a, rendidos del cansancio &eacute;ramos capaces de dormirnos sobre las ascuas de un brasero. Esto me trae a la memoria la an&eacute;cdota que mi padre me cont&oacute; sobre Francisco de Quevedo y el Rey. "<u>&iquest;O ese banco es de lana o ese ni&ntilde;o es de bronce?</u> -dec&iacute;a su majestad cuando acompa&ntilde;&aacute;base de Quevedo en uno de sus viajes y haciendo un alto en un palacio observ&oacute; en sus jardines c&oacute;mo un hermoso mancebo de piel blanca como la lana dorm&iacute;a pl&aacute;cidamente sobre un banco de piedra. El conceptista repuso: "<u>No hay m&aacute;s lana ni m&aacute;s bronce que el no saber que hay ma&ntilde;ana y tener los a&ntilde;os once</u>" -por significar la ausencia total del paso del tiempo en los ni&ntilde;os y  a la vez la fragilidad de la vida que duerme junto al peligro de las aguas confiada. El r&iacute;o en la poes&iacute;a espa&ntilde;ola del Barroco significa metaf&oacute;ricamente el paso inexorable del tiempo: "solo el T&iacute;ber qued&oacute; cuya corriente, si ciudad la reg&oacute;/ ya sepultura murmura con funesto son doliente". La an&eacute;cdota qued&oacute; en el recuerdo de la tradici&oacute;n oral, pas&oacute; de la literatura del siglo de oro al refranero y desde all&iacute; nos advierte premonitoriamente a la posteridad. De todos modos: &iquest;Podremos recurrir de nuevo a la magia de Peter Pan y so&ntilde;ar con recuperar el para&iacute;so perdido? ... De momento, me temo que nos tendremos que conformar con saber que UN D&Iacute;A FUIMOS ETERNOS.]]></content>
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