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  <title>Juan Luis Cebrián</title>
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  <updated>2013-05-21T02:09:59-04:00</updated>
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    <name>Juan Luis Cebrián</name>
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  <rights>Copyright 2008, HuffingtonPost.com, Inc.</rights>
  <subtitle>HuffingtonPost Blogger Feed for Juan Luis Cebrián</subtitle>
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    <title>La opinión desvertebrada</title>
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    <published>2012-10-05T04:08:07-04:00</published>
    <updated>2012-12-04T05:12:01-05:00</updated>
    <summary><![CDATA[Es imposible predecir hasta cuándo y de qué forma van a perdurar los periódicos en soporte papel tal y como los conocemos. Pero en cualquier caso los ciudadanos siempre necesitarán ese tipo de "gente que explica a la gente lo que le pasa a la gente".]]></summary>
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        <name>Juan Luis Cebrián</name>
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    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/"><![CDATA[Un elemento sustancial para la estabilidad democr&aacute;tica, all&iacute; donde la democracia existe, lo constituye la vertebraci&oacute;n de las opiniones p&uacute;blicas. Sin que estas funcionen es imposible que el sufragio se ejerza en condiciones libres e igualitarias. Los medios de comunicaci&oacute;n, la prensa libre e independiente, forman parte de la institucionalidad de las democracias representativas. Frente a la pretensi&oacute;n on&iacute;rica de que los periodistas estamos fuera de palacio, la prensa moderna constituy&oacute; desde su nacimiento no tanto el cuarto poder como el cuarto estamento: se inclu&iacute;a y se incluye en el entramado y sostenimiento del r&eacute;gimen democr&aacute;tico, facilita el ejercicio del sufragio y en ocasiones act&uacute;a como un contrapoder necesario, pero siempre dentro del propio sistema, formando parte de &eacute;l. No por casualidad las Cortes reunidas en C&aacute;diz, casi dos a&ntilde;os antes de proclamar la Constituci&oacute;n cuyo bicentenario celebramos ahora, se apresuraron, antes que nada, a emitir un decreto estableciendo la libertad de imprenta. <br />
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Durante la Transici&oacute;n espa&ntilde;ola el papel de los peri&oacute;dicos y medios de comunicaci&oacute;n fue esencial en la vertebraci&oacute;n de esa opini&oacute;n p&uacute;blica y en la elaboraci&oacute;n del consenso ciudadano que facilit&oacute; el advenimiento y defensa de la democracia. Hoy el panorama de los medios en nuestro pa&iacute;s es preocupante. A los efectos de la crisis econ&oacute;mica hay que a&ntilde;adir los todav&iacute;a no bien analizados de las nuevas tecnolog&iacute;as. En los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os los diarios espa&ntilde;oles han perdido m&aacute;s de un 12 % de su circulaci&oacute;n y el mercado publicitario casi un 50 %. La mayor&iacute;a de las empresas del sector, por no decir la totalidad, se han visto obligadas a abordar dolorosas restructuraciones que generan p&eacute;rdidas de empleo muy considerables. Seis mil periodistas han perdido su trabajo en los &uacute;ltimos cuatro a&ntilde;os. Al mismo tiempo que se hund&iacute;an los precios de los activos, hemos asistido tambi&eacute;n a la desaparici&oacute;n de algunos medios que enriquec&iacute;an el panorama de la opini&oacute;n p&uacute;blica. No es esta una situaci&oacute;n coyuntural. Nos encontramos ante un proceso de reconversi&oacute;n absolutamente necesario si queremos garantizar el futuro del sector. Ha sido tal el derrumbe de la actividad publicitaria que bien podemos sospechar que estamos tocando fondo, si no lo hemos hecho ya. Pero la mayor&iacute;a de las empresas tradicionales de medios, y singularmente los diarios, mantienen estructuras de costes incompatibles con el nuevo entorno. <br />
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El reto m&aacute;s singular que enfrentamos proviene de la extensi&oacute;n de las nuevas tecnolog&iacute;as. &iquest;Cu&aacute;l es el papel de eso que se llama precisamente medios en una sociedad progresivamente desintermediada? He escrito cientos de p&aacute;ginas sobre este tema y asistido a miles de horas de discusiones, conferencias, seminarios y congresos que abordan el asunto, por el que me preocup&eacute; en hora tan temprana como hace m&aacute;s de 15 a&ntilde;os, cuando escrib&iacute; el ensayo sobre <em>La Red</em> para el Club de Roma. Las tendencias all&iacute; apuntadas siguen siendo las mismas, pero aumentadas en la profundidad de sus efectos y en la rapidez de los mismos. Por referirme &uacute;nicamente al sector medi&aacute;tico, podemos comprobar las dificultades que tienen las empresas tradicionales para atinar en su transformaci&oacute;n digital. Las nuevas tecnolog&iacute;as constituyen una oportunidad para el desarrollo y enriquecimiento del conocimiento humano. El mundo de la informaci&oacute;n, la educaci&oacute;n y el entretenimiento van a verse favorecidos por ellas y los usuarios perciben ya en gran medida la utilidad de las nuevas herramientas inform&aacute;ticas. Pero si no espabilan los principales protagonistas de esta liga no ser&aacute;n los de antes. <br />
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Cada vez cierran m&aacute;s publicaciones en los Estados Unidos, o eliminan sus ediciones en papel para concentrarse en la actividad en la red, mientras comienzan a escasear las librer&iacute;as y desaparecen los quioscos. En Espa&ntilde;a, m&aacute;s de siete mil han cerrado en los &uacute;ltimos a&ntilde;os. La relaci&oacute;n de los ciudadanos con la informaci&oacute;n que les interesa se ha modificado profundamente. En las sociedades avanzadas m&aacute;s de un 25 % de los lectores recibe las noticias a trav&eacute;s de dispositivos m&oacute;viles, tel&eacute;fonos inteligentes o tabletas, y el proceso no ha hecho sino empezar. Estamos ante una transformaci&oacute;n colosal, que entre otras cosas generar&aacute; muchos empleos de perfiles distintos a los tradicionales, para los que en gran medida los profesionales no estamos adecuadamente preparados.<br />
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Como cualquier otra que triunfe, esta verdadera revoluci&oacute;n, la &uacute;nica que mantiene el aprecio entre las nuevas generaciones, resulta adem&aacute;s de prometedora, sangrienta. No causa solo v&iacute;ctimas en el personal y estupor en el entramado econ&oacute;mico, sino que afecta directamente a los procesos de configuraci&oacute;n de la opini&oacute;n p&uacute;blica. La dificultad de discernir lo que es verdad y la mentira, la actividad de organizaciones clandestinas de todo g&eacute;nero, desde servicios de inteligencia a grupos alternativos, dedicados a la desinformaci&oacute;n en la red, propagar rumores infundados, destruir prestigios o difamar injustamente, la ingenuidad o futilidad de muchos usuarios individuales, lo vulnerable de los sistemas tecnol&oacute;gicos, la desprotecci&oacute;n de la propiedad intelectual, la invasi&oacute;n del derecho a la intimidad, la globalizaci&oacute;n de los efectos de todo eso y la incapacidad de las leyes para regular y ordenar cuanto en la red sucede son ya hartos conocidas. Junto a las transformaciones que las empresas de medios estamos obligados a emprender, es precisa una reflexi&oacute;n sobre de qu&eacute; forma se est&aacute;n configurando las opiniones p&uacute;blicas en un ambiente en el que el liderazgo de la sabidur&iacute;a cede el paso demasiadas veces a la manipulaci&oacute;n, el error o la vulgaridad. <br />
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Lo m&aacute;s curioso es que los medios tradicionales, tan dificultados para abordar el cambio digital, se han visto en cambio arrastrados por la banalidad que por la red circula. Entre las dificultades econ&oacute;micas y la rendici&oacute;n a las nuevas modas asistimos a un descenso en la calidad de los contenidos, muy visible en Espa&ntilde;a con las honrosas excepciones de rigor. Los medios de comunicaci&oacute;n deben, tambi&eacute;n ellos, recuperar su papel central y no ideol&oacute;gico en el debate pol&iacute;tico, contribuir al consenso y rehuir el populismo al que tantos parecen haberse entregado. <br />
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La sociedad digital supone un cambio copernicano en las estructuras emanadas de la industrializaci&oacute;n, coet&aacute;neas de la fundaci&oacute;n de las democracias liberales y de los medios de comunicaci&oacute;n tal y como han llegado hasta nuestros d&iacute;as. Es imposible e in&uacute;til adoptar actitudes defensivas ante el cambio, por m&aacute;s que reconozcamos que nos obliga a una transici&oacute;n dif&iacute;cil y dolorosa. Nos encontramos ante una oportunidad formidable de construir una nueva sociedad, capaz de incorporar lo mejor de nuestra experiencia a las nuevas corrientes del comportamiento humano. Por otra parte es imposible predecir hasta cu&aacute;ndo y de qu&eacute; forma van a perdurar los peri&oacute;dicos en soporte papel tal y como los conocemos. Yo espero que tengan larga vida, cualquiera que sea la evoluci&oacute;n a la que est&eacute;n obligados. Pero en cualquier caso los ciudadanos siempre necesitar&aacute;n ese tipo de "gente que explica a la gente lo que le pasa a la gente". En palabras de Eugenio Scalfari, fundador y primer director del diario italiano <em>La Repubblica</em> esos son precisamente los periodistas.<br />
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En el actual marasmo pol&iacute;tico, el sectarismo creciente de muchos medios, impelido por su clientelismo ideol&oacute;gico, sus servidumbres financieras o las man&iacute;as de sus responsables, desdice demasiadas veces de la obligaci&oacute;n fundamental que la prensa tiene en cualquier pa&iacute;s libre: una mirada independiente y plural sobre los acontecimientos, un riguroso respeto a los hechos, una comprobaci&oacute;n adecuada de las fuentes y una comprensi&oacute;n del nuevo entorno en el que nos desenvolvemos. Las redes sociales, las manifestaciones callejeras, la millonaria acumulaci&oacute;n de expresiones individuales y colectivas, constituyen un aporte formidablemente valioso para el funcionamiento de la democracia representativa. Pero cuanto m&aacute;s crecen m&aacute;s se echa a faltar el liderazgo indispensable en toda sociedad civilizada. A saber: aquella que lejos de resistirse al cambio es capaz de orientarlo y dirigirlo hacia los objetivos comunes de cuantos la componen. No estoy seguro de que la lectura de nuestros diarios, los escasos debates p&uacute;blicos que se organizan y el conjunto del ecosistema informativo en el que nos movemos satisfaga por el momento esas aspiraciones.<br />
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<em>Tercera y &uacute;ltima parte de la ponencia de Juan Luis Cebri&aacute;n '&iquest;Crisis? &iquest;Qu&eacute; crisis?', en el <a href="http://www.nuevaeconomiaforum.org/es/act/proximas/object.aspx?o=36450" target="_hplink">Foro de la Nueva Comunicaci&oacute;n</a>. Puedes consultar aqu&iacute; <a href="http://www.huffingtonpost.es/juan-luis-cebrian/un-cambio-de-paradigma_b_1932162.html?utm_hp_ref=spain" target="_hplink">el primer</a> y <a href="http://www.huffingtonpost.es/juan-luis-cebrian/por-una-constitucion-reno_b_1932629.html?utm_hp_ref=spain" target="_hplink">el segundo art&iacute;culo</a>.</em>]]></content>
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    <title>Por una Constitución renovada</title>
    <link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.huffingtonpost.es/juan-luis-cebrian/por-una-constitucion-reno_b_1932629.html"/>
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    <published>2012-10-04T02:12:10-04:00</published>
    <updated>2012-12-03T05:12:02-05:00</updated>
    <summary><![CDATA[Hay quien piensa que ya tenemos suficientes dificultades como para generarnos otras nuevas. No acaban de asumir que reformar la Constitución lejos de ser una parte del problema constituye una forma de comenzar a solucionarlo. La Constitución no es un tótem, sino un acuerdo que debe y puede ser renovado y ajustado a los tiempos.]]></summary>
    <author>
        <name>Juan Luis Cebrián</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/"><![CDATA[En el actual clima de fragilidad institucional y falta de perspectivas europeas la circunstancia espa&ntilde;ola se ve condicionada por cuestiones internas. Es injusto atribuir a la gesti&oacute;n del &uacute;ltimo Gobierno socialista las causas de nuestra gran recesi&oacute;n, que por lo dem&aacute;s est&aacute;n bien definidas y estudiadas por los expertos. Pero no se puede negar que la incompetencia del presidente Rodr&iacute;guez Zapatero contribuy&oacute; a equivocar el diagn&oacute;stico, retrasar determinadas medidas necesarias y empeorar la situaci&oacute;n. La debacle socialista en las pasadas elecciones es  comparable a la de otros gobiernos fulminados por los efectos de la crisis. La espectacular mayor&iacute;a absoluta obtenida por el Partido Popular, y el temprano desencanto de sus electores tras los primeros meses de su ejercicio del poder, responden a id&eacute;nticos motivos. <br />
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La necesidad imperiosa de las gentes de buscar una respuesta a sus problemas acuciantes se estrella contra la verborrea de los candidatos en las campa&ntilde;as electorales, y el consistente incumplimiento, una vez se ven en el poder, de muchas de las promesas que hacen. Ninguna formaci&oacute;n pol&iacute;tica escapa a esta cr&iacute;tica, pero afecta m&aacute;s que a nadie a los dos grandes partidos espa&ntilde;oles, porque de ellos, sobre todo, depende la estabilidad de nuestro pa&iacute;s y el futuro de los espa&ntilde;oles. <br />
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La excusa frecuente de que el ba&ntilde;o de realidad les obliga a desdecirse de sus ofertas previas solo contribuye a&uacute;n m&aacute;s a su descr&eacute;dito. Gran parte de esa realidad era previsible y conocida tanto por el poder como por la oposici&oacute;n antes de las elecciones. Pero oposici&oacute;n y poder la ocultaron, acicateados por la competencia electoral. Es imposible, por ejemplo, que el Gobierno socialista y la oposici&oacute;n popular no supieran que el d&eacute;ficit p&uacute;blico de nuestro pa&iacute;s se hab&iacute;a disparado en 2011 por encima de las previsiones oficiales cuando en octubre de dicho a&ntilde;o ese era un dato manejado  abiertamente por los mercados. Y de repente empezaron a aparecer facturas guardadas y un traspapeleo de cuentas todav&iacute;a no explicado en los cajones de todas las Administraciones p&uacute;blicas. De modo que si no es verdad que todos los pol&iacute;ticos mienten, no deja de ser cierto que el ocultamiento y la falta de transparencia se han convertido en un arma habitual en las contiendas electorales.<br />
<br />
El debate pol&iacute;tico circula ahora por unos meandros incomprensibles para la mayor&iacute;a de los ciudadanos, que han tenido que hacer un aprendizaje casero y r&aacute;pido en torno a los tecnicismos de la pol&iacute;tica econ&oacute;mica. En menos de dos a&ntilde;os pasamos de ser un pa&iacute;s que nadaba en la abundancia y presum&iacute;a hasta el rid&iacute;culo de sus &eacute;xitos econ&oacute;micos (&iquest;se nos ha olvidado lo de "el milagro soy yo" o que &iacute;bamos a pasar a Francia o incluso a Alemania?) a ser el principal problema para la estabilidad y el futuro de la Uni&oacute;n Europea. Al socaire de esta situaci&oacute;n hemos visto tambalearse la arquitectura institucional del r&eacute;gimen democr&aacute;tico, sometida a unos temblores que algunos identifican como el aviso temprano del terremoto que llega. Por unos motivos u otros, pr&aacute;cticamente todas las instituciones del Estado, a comenzar por su jefatura, han sido pasto en los &uacute;ltimos a&ntilde;os del escepticismo o la desafecci&oacute;n. <br />
<br />
Las encuestas de opini&oacute;n se&ntilde;alan que la Justicia, el Parlamento y el Ejecutivo merecen las m&aacute;s pobres de las calificaciones  y que la clase pol&iacute;tica en general es considerada una lacra o un peso para el funcionamiento del pa&iacute;s. La idea de que todos los pol&iacute;ticos son ineptos, ladrones o corruptos est&aacute; demasiado extendida en un ambiente en el que no hay d&iacute;a en que los peri&oacute;dicos no destapen un nuevo asunto sucio, casi siempre ligado, por cierto, a la burbuja inmobiliaria y el clientelismo pol&iacute;tico. Las movilizaciones populares, espont&aacute;neas o inducidas, desde las del 15-M hasta las de la Diada, los estallidos marginales no exentos de violencia, los reclamos churriguerescos de una democracia directa frente a la ineficacia de la representativa, la desesperaci&oacute;n justificada de mucha gente y la impostada de algunos pescadores de aguas turbias, han provocado una peligrosa deriva en la opini&oacute;n, cada vez m&aacute;s enfrentada al sistema que nos rige, en donde es frecuente el vilipendio de la pol&iacute;tica. Pero solo la pol&iacute;tica, y por tanto los pol&iacute;ticos, ser&aacute;n capaces de sacarnos de esta situaci&oacute;n. Es necesario por eso recuperar su prestigio, su funcionalidad  y su misi&oacute;n. La cuesti&oacute;n est&aacute; en saber si los pol&iacute;ticos que tenemos ser&aacute;n capaces de hacerlo, y en qu&eacute; medida merecen y deben ser ayudados en dicha tarea por la sociedad civil.<br />
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Repito que esta no es una situaci&oacute;n privativa de Espa&ntilde;a, pero en nuestro caso la gravedad de los problemas se ve acentuada por la ausencia de una larga y perdurable tradici&oacute;n democr&aacute;tica, el funcionamiento cada vez m&aacute;s endog&aacute;mico de los partidos, convertidos en aut&eacute;nticas castas, y la debilidad aparente de la cohesi&oacute;n territorial del Estado. Es comprensible el des&aacute;nimo que producen en la opini&oacute;n p&uacute;blica las reacciones de los l&iacute;deres espa&ntilde;oles con motivo del desaf&iacute;o constitucional  que el presidente de la Generalitat catalana lanz&oacute; en sede parlamentaria. Lejos de reconocer que este es un problema de todos, y que solo entre todos puede ser solucionado, han vuelto a enzarzarse en discusiones de corto recorrido sobre su respectivas lealtades constitucionales. Cuando hay cientos de miles de personas en la calle reclamando la independencia el poder central no puede volver la cara y decir, remedando al presidente Pujol, que es un tema que ahora no toca. Es ahora cuando toca precisamente resolver la crisis de nuestras instituciones, porque es ahora cuando estas se muestran d&eacute;biles e ineficaces. <br />
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No saldremos de esta crisis (de la econ&oacute;mica y de la pol&iacute;tica) sin una serie de reformas estructurales que necesitan el consenso de todos y que un Gobierno en solitario no puede hacer por mucha mayor&iacute;a absoluta que tenga. Precisamos un pacto de Estado que defina las prioridades de nuestra pol&iacute;tica: tenemos que clarificar nuestra posici&oacute;n en Europa, recuperar la influencia y el poder perdidos en el exterior, redise&ntilde;ar la articulaci&oacute;n territorial del Estado, revisar el sistema electoral, el funcionamiento interno de los partidos y su financiaci&oacute;n, definir el Estado de bienestar que queremos y podemos tener, establecer el modelo de crecimiento una vez desinflada la burbuja inmobiliaria y ofrecer un proyecto a las nuevas generaciones desencantadas que les permita suponer que no es la emigraci&oacute;n o el hast&iacute;o el futuro que les espera. Ser&aacute; imposible dar una respuesta clara a tantas interrogantes sin ese verdadero pacto de Estado que la haga posible. Entre otras cosas porque cada vez resulta m&aacute;s evidente la necesidad de una reforma Constitucional, que ya llega tarde, y sin la que algunas de estas cuestiones permanecer&aacute;n sin respuesta. <br />
<br />
Todos deben contribuir al pacto, aunque hay dos protagonistas singulares sobre los que cae la mayor responsabilidad: el partido del Gobierno y el partido socialista. Naturalmente un pacto es un pacto y no un tr&aacute;gala: todos pierden y todos ganan en &eacute;l. A fin de que se produzca con normalidad, la oposici&oacute;n debe asumir que el Partido Popular gobierna con la mayor&iacute;a absoluta, lo que genera una estabilidad deseada por los ciudadanos, y no tiene sentido jugar al regate corto. Este Gobierno debe durar porque para ello lo han elegido los espa&ntilde;oles. El Partido Popular, por su parte, debe ser consciente de que para seg&uacute;n qu&eacute; cosas, la mayor&iacute;a absoluta por s&iacute; misma no sirve, y es preciso un consenso m&aacute;s amplio. Por &uacute;ltimo hace falta enfriar los &aacute;nimos y no agitar la calle desde las tribunas, si no queremos ahuyentar las pocas ayudas que llegan de fuera. Sin cr&eacute;dito e inversi&oacute;n extranjera ser&aacute; imposible recuperar los niveles de bienestar y la cohesi&oacute;n social que hemos perdido. <br />
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Hay quien piensa que ya tenemos suficientes dificultades como para generarnos otras nuevas, por lo que tienden a suponer que emprender una reforma constitucional ser&iacute;a a&ntilde;adir confusi&oacute;n e incertidumbre. No acaban de asumir que reformar la Constituci&oacute;n lejos de ser una parte del problema constituye una forma de comenzar a solucionarlo. La Constituci&oacute;n no es un t&oacute;tem, sino un acuerdo que debe y puede ser renovado y ajustado a los tiempos. Varios  art&iacute;culos han quedado obsoletos, faltan otros que recojan la realidad sobrevenida y, sobre todo en lo que se refiere al Estado de las Autonom&iacute;as, no da cauce adecuado a las demandas de amplios sectores de ciudadanos de las nacionalidades hist&oacute;ricas. Sorprenden algunas respuestas demasiado pol&iacute;ticamente correctas a las preguntas de los que inquieren por qu&eacute; si el estado federal pod&iacute;a ser una soluci&oacute;n a los contenciosos catal&aacute;n y vasco no se adopt&oacute;  esa v&iacute;a en las Cortes Constituyentes hace m&aacute;s de tres d&eacute;cadas. Frente a la ambig&uuml;edad de las explicaciones se olvidan de dar la &uacute;nica cierta: el Ej&eacute;rcito no lo hubiera permitido.<br />
<br />
Comentaba yo con el titular de una alta jerarqu&iacute;a del Estado que el desconcierto institucional que padecemos podr&iacute;a compararse al ambiente reinante en los tiempos de la Transici&oacute;n. De ninguna manera, me dijo, ahora es peor, porque entonces sab&iacute;amos lo que quer&iacute;amos y est&aacute;bamos todos unidos. Este no saber lo que queremos pone de relieve la ausencia de un plan, de una hoja de ruta que ilumine a los ciudadanos sobre el rumbo a seguir. Lo peor de la crisis econ&oacute;mica no es su dureza, con ser mucha, ni su prolongaci&oacute;n, sino la sensaci&oacute;n de que puede durar lo mismo tres a&ntilde;os m&aacute;s que diez, diga lo que diga -antes de desdecirse de nuevo- el se&ntilde;or ministro de Hacienda. No existe un plan definido y fiable para la recuperaci&oacute;n econ&oacute;mica, no que nosotros sepamos, y nadie es capaz de predecir cu&aacute;ndo comenzaremos a ver la luz al final del t&uacute;nel. La ausencia de ese plan no puede ser sustituida con promesas. Lo mismo podr&iacute;a decirse respecto a las grandes declaraciones acerca de la unidad de Espa&ntilde;a o la fortaleza del sistema. La gente demanda menos ret&oacute;rica y m&aacute;s liderazgo, menos ambig&uuml;edad en las declaraciones y mayor transparencia en los hechos.<br />
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<em>Segunda parte (de tres), de la ponencia de Juan Luis Cebri&aacute;n <em>'&iquest;Crisis? &iquest;Qu&eacute; crisis?'</em>, <a href="http://www.nuevaeconomiaforum.org/es/act/proximas/object.aspx?o=36450" target="_hplink">en el Foro de la Nueva Comunicaci&oacute;n</a>. Puedes consultar <a href="http://www.huffingtonpost.es/juan-luis-cebrian/un-cambio-de-paradigma_b_1932162.html?utm_hp_ref=spain" target="_hplink">aqu&iacute; el primer art&iacute;culo</a>. </em>]]></content>
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    <title>Un cambio de paradigma</title>
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    <id>tag:www.huffingtonpost.com,2012:/theblog//3.1932162</id>
    <published>2012-10-03T02:12:42-04:00</published>
    <updated>2012-12-02T05:12:01-05:00</updated>
    <summary><![CDATA[Cada vez más son los altos funcionarios, los tecnócratas y los ejecutivos de las multinacionales quienes deciden el destino de los pueblos. Incapaces los políticos de gobernar a los mercados, guiados por el clientelismo electoral cuando no -en demasiadas ocasiones- por la pura y simple corrupción, son los mercados quienes progresivamente controlan a los gobiernos.]]></summary>
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        <name>Juan Luis Cebrián</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/"><![CDATA[Durante varios a&ntilde;os he venido insistiendo sobre el hecho de que en realidad no nos encontramos ante una crisis, sino ante un cambio de paradigma en los procesos de crecimiento econ&oacute;mico y en la definici&oacute;n de los intereses geopol&iacute;ticos que condicionan la escena internacional. Dicho cambio viene conformado por los fen&oacute;menos que la globalizaci&oacute;n ha producido, impulsados por el desarrollo de las nuevas tecnolog&iacute;as y alimentados por la creciente desregulaci&oacute;n de los mercados financieros. El edificio institucional de las democracias occidentales se ve amenazado por sistemas sociales y pol&iacute;ticos que conviven dif&iacute;cilmente con los valores del liberalismo cl&aacute;sico. Frente a la defensa de los derechos y las libertades individuales, sobre la que se construy&oacute; el entramado de las instituciones democr&aacute;ticas, es creciente el reclamo de los derechos colectivos y la afirmaci&oacute;n de identidades del mismo g&eacute;nero, en torno a culturas, religiones, territorios, lenguas o tradiciones singulares. Las dificultades de los gobiernos democr&aacute;ticos de los pa&iacute;ses centrales para conjurar el desastre inducido por la burbuja financiera han provocado que la democracia misma, como sistema, pierda prestigio entre los ciudadanos. Estos abominan indiscriminadamente de la clase pol&iacute;tica, padecen la desesperaci&oacute;n de la incertidumbre ante el futuro y ven amenazados los que consideraban derechos adquiridos e irrenunciables. <br />
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Junto a partidos, sindicatos e instituciones financieras, los medios de comunicaci&oacute;n son tambi&eacute;n acusados por su pertenencia a un sistema que las nuevas generaciones consideran caduco y muchos ciudadanos tachan de corrupto. La ausencia de liderazgo no solo entre la clase pol&iacute;tica, sino entre pensadores e intelectuales tambi&eacute;n, es el mejor caldo de cultivo imaginable para el populismo, la demagogia, la charlataner&iacute;a y el enga&ntilde;o. El resultado es que muchos ciudadanos, al margen sus jerarqu&iacute;as sociales o adscripciones ideol&oacute;gicas, no se sienten representados por el sistema. Antes bien se consideran v&iacute;ctimas del mismo en beneficio de una minor&iacute;a privilegiada que lo controla. Junto a ello, el crecimiento del paro, sobre todo entre los j&oacute;venes, las estrecheces econ&oacute;micas, la falta de horizontes y de proyectos amenazan con sumirlos en un ciclo psicol&oacute;gico que va de la rabia a la depresi&oacute;n, del desencanto a la ira y de la irritaci&oacute;n a la tristeza. En otro tiempo ese malestar habr&iacute;a cristalizado en revoluciones. Pero hasta estas han perdido prestigio hist&oacute;rico. <br />
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Semejante panorama no se circunscribe a nuestro pa&iacute;s y es en gran medida expresivo del nuevo fantasma que recorre Europa. Conviene huir del t&oacute;pico seg&uacute;n el cual nos hallamos ante un  conflicto intracontinental entre las regiones del norte, educadas en el consumo de la mantequilla y la cerveza, con las meridionales, donde reina la cultura del vino y el aceite de oliva. Las amenazas a la unidad europea, a la moneda com&uacute;n, al proceso de construcci&oacute;n de la Uni&oacute;n, lo son tambi&eacute;n al bienestar y prosperidad de alemanes y n&oacute;rdicos. La interpretaci&oacute;n folcl&oacute;rica de que los septentrionales son por naturaleza m&aacute;s industriosos, productivos o eficaces que los mediterr&aacute;neos no resiste un an&aacute;lisis somero. Las diferencias residen fundamentalmente en la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica y social de cada pa&iacute;s, lo que llamar&iacute;amos su gobernanza, es decir la calidad de su gobierno, la aceptaci&oacute;n de sus pol&iacute;ticas, el liderazgo de sus dirigentes y la cultura colectiva que estos son capaces de inspirar y promover. Pero si el proyecto europeo puede verse en peligro no se debe prioritaria ni primordialmente a esas diferencias, sino a los fallos institucionales de la propia Europa. Algunos provienen de los efectos no queridos de la ampliaci&oacute;n, precipitada en gran parte por servir a intereses casi exclusivamente alemanes. El d&eacute;ficit democr&aacute;tico de las instituciones europeas, su exceso de burocracia y tecnicismo, lo escaso de su presupuesto y la resistencia de los poderes nacionales a ceder soberan&iacute;a son otras tantas causas de esa crisis que puede acabar con sesenta a&ntilde;os de esfuerzos continuados en la construcci&oacute;n europea. Por m&aacute;s declaraciones que se hagan, mientras los dirigentes no tomen las medidas adecuadas, la estabilidad de la moneda &uacute;nica seguir&aacute; amenazada, y con ella el futuro de la propia Uni&oacute;n. La suposici&oacute;n de que el precio de la ruptura de esta ser&iacute;a tan alto que en &uacute;ltima instancia los responsables pol&iacute;ticos encaminar&aacute;n sus decisiones guiados por el sentido com&uacute;n desdice de las lecciones que arroja el pasado. Nada hay irreversible en la historia de los pueblos. Y fue en Europa, en la civilizada Europa de las luces, en la cuna de la civilizaci&oacute;n contempor&aacute;nea, donde hace menos de un siglo se fraguaron las matanzas m&aacute;s horribles que pudieran anidar en nuestra imaginaci&oacute;n, los cr&iacute;menes m&aacute;s execrables y las bajezas m&aacute;s inmundas. Conviene por lo mismo desconfiar de la egolatr&iacute;a de cuantos se sienten mejores, m&aacute;s preparados o capaces, que los dem&aacute;s; de quienes acostumbran a mirarse el ombligo para descubrir sus diferencias de etnia, cultura, religi&oacute;n o lengua, con desprecio del dogma que las revoluciones liberales entronizaron y que todav&iacute;a ning&uacute;n proyecto pol&iacute;tico ha logrado superar: libertad, igualdad, fraternidad.<br />
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La crisis institucional de Europa es consecuencia primordialmente de una crisis de valores, cuyo virus ha contaminado el funcionamiento de la Uni&oacute;n hasta extremos impredecibles. Cada vez m&aacute;s son los altos funcionarios, los tecn&oacute;cratas y los ejecutivos de las multinacionales quienes deciden el destino de los pueblos. Incapaces los pol&iacute;ticos de gobernar a los mercados, guiados por el clientelismo electoral cuando no -en demasiadas ocasiones- por la pura y simple corrupci&oacute;n, son los mercados quienes progresivamente controlan a los gobiernos. Frente a la afirmaci&oacute;n de Galbraith de que la econom&iacute;a es al fin y al cabo una rama de la pol&iacute;tica parecen haberse invertido los t&eacute;rminos y esta se presenta cada vez m&aacute;s como fiel servidora de unos mecanismos que no acaban de someterse a las reglas que garanticen la transparencia de su comportamiento. Los gobiernos del G-20, reunidos en Londres, primero, y en Pittsburg despu&eacute;s, anunciaron la reforma del capitalismo tras la cat&aacute;strofe generada por la quiebra de Lehman Brothers y la especulaci&oacute;n criminal en torno a las hipotecas <em>subprime</em>. Anunciaron su disposici&oacute;n a potenciar el comercio mundial, con la culminaci&oacute;n de la ronda de Doha; firmaron la sentencia de muerte de los para&iacute;sos fiscales; y prometieron entre otras cosas la estrecha vigilancia del comportamiento y actividades de las agencias de calificaci&oacute;n. Hablaron tambi&eacute;n -aunque en m&aacute;s bajo tono de voz- de la necesidad de un acuerdo sobre las monedas. En definitiva, en palabras del presidente Sarkozy y otros dirigentes nada sospechosos de tendencias izquierdistas, hab&iacute;a que refundar el capitalismo. Hasta el momento, el fracaso es constatable.<br />
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<blockquote><em><small>Primera parte (de tres), de la ponencia de Juan Luis Cebri&aacute;n <em>'&iquest;Crisis? &iquest;Qu&eacute; crisis?'</em>, <a href="http://www.nuevaeconomiaforum.org/es/act/proximas/object.aspx?o=36450" target="_hplink">en el Foro de la Nueva Comunicaci&oacute;n</a>. La <a href="http://www.huffingtonpost.es/juan-luis-cebrian/por-una-constitucion-reno_b_1932629.html?utm_hp_ref=spain" target="_hplink">segunda</a> y tercera se publicar&aacute;n en <a href="http://www.huffingtonpost.es/" target="_hplink">El Huffington Post</a> 4 y 5 de octubre.</small></em></blockquote>]]></content>
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    <title>The House, From the Roof Down</title>
    <link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/the-house-from-the-roof-down_b_1573027.html"/>
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    <published>2012-06-07T04:48:00-04:00</published>
    <updated>2012-08-06T05:12:10-04:00</updated>
    <summary><![CDATA[To "start the house from the roof down" is a Spanish expression that roughly translates to "beginning at the end." This is precisely what the architects of Europe's currency, the Euro, did during its design.]]></summary>
    <author>
        <name>Juan Luis Cebrián</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/"><![CDATA[To "start the house from the roof down" (<em>empezar la casa por el tejado</em>) is a Spanish expression that roughly translates to "beginning at the end." In Spain, there's a custom of planting a flag on top of buildings when rough construction is complete, as an expressive demonstration that the peak has been crowned. But I have also noticed that in many countries the construction of houses, especially those made of wood, actually begins at precisely the roof. And some skyscrapers are built such that their structure extends from the top-most floor, like the ribs of an umbrella, which avoids having to dig deeper foundations. This is precisely what the architects of Europe's single currency, the Euro, did during its design. Instead of establishing a political entity, which would have guaranteed the unity of the market, they decided to begin at the end by assuming that, sooner or later, the demands of monetary policy would oblige both the creation of a fiscal entity and the coordination of the political economy -- both foundations necessary for a project of this sort.<br />
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The world financial crisis -- initially unleashed by the explosion of American subprime mortgages and the bankruptcy of Lehman Brothers -- has turned into a problem that is primarily impacting the European Union and, within it, the countries of the Eurozone. The nationalization of Spain's Bankia, a decision by the government in Madrid, has raised all kinds of alarms in the last few weeks. Some compare this situation the one that arose in Europe in 1931, when the bankruptcy of Austria's Creditanstalt devolved into a banking panic that incalculably worsened the effects of the Great Depression. Despite the fact that right now a run on the Spanish bank deposits is not anticipated, the uncertainties of the upcoming Greek elections, along with the possibility that a Greek exit from the Eurozone could infect Europe's largest economies, has led many companies to take out insurance against the risk of an eventual breakup of the single currency. Swiss and German Banks are offering deals for Italian and Spanish depositors to open accounts in Zurich or Frankfurt -- and clients are feeling increasingly motivated to do it, ever since economists like Paul Krugman <a href="http://krugman.blogs.nytimes.com/2012/05/13/eurodammerung-2/?smid=tw-NytimesKrugman&amp;seid=auto" target="_hplink">mentioned</a> the possibility of banks in the Southern European nations would enact a <em>corralito</em> -- that is, freeze their funds and forbid withdrawals.<br />
<br />
The fact is that the current Eurozone crisis has brought Europe to an historic crossroads. If the European currency disappears, the entire political project will most likely also crumble. That would mean seven lost decades of this continent's history, and the failure of humanity's most important political experiment since World War II. The scenario would represent a catastrophe of such magnitude that it makes many people think that, sooner or later, things just have to work themselves out. To break up the Euro is infinitely more expensive and costly than to save it, and the first victim of the unraveling process would be precisely the one making its resolution most difficult: Merkel's Germany. The country sends nearly half of all its exports to the Eurozone, and a failure of the Euro system would inevitably lead to a recession in German accounts. Europe's descent into a long period of economic deterioration would immediately infect both the United States and emerging markets. The world would embark on a path to global recession. The certainty that, in this case, it's not "the worse, the better" but "the worse, much worse" is what stokes some people's optimism regarding the resolution of the current crisis. This has highlighted the need for expanding the path to European integration, which will inevitably follow the route of federalism. Yet, even as important ideas are discussed, it's critical to deal with the most pressing needs first and foremost. The house is on fire and, before deciding on structural reforms for the future, we have to put out the flames that are threatening to destroy the whole building. To do so means recapitalizing struggling banks, restoring liquidity to the markets, and ensuring that the financial system won't suffer the same fate as in the early 1930s. To put out the flames, a firehose of money is necessary, and it's the stockholders and bondholders of financial institutions on the brink of failure who must pay the consequences -- not the depositors. This is the only way we can break the vicious cycle that the politics of fiscal austerity generates by promoting unemployment, decline in demand, and, thus, bigger hurdles to growth and debt repayment. Austerity is indeed necessary, and fiscal consolidation crucial -- but these actions will only bear fruit if we are able to get demand back up. Within this framework, on top of everything, Europe will have to revise the parameters of the welfare state and ensure a level of social protection that's in line with its economic yield.<br />
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To connect those urgent problems with the issues we referred to before, there is already talk of a Banking Union -- of centralizing oversight of European financial institutions and their deposit insurance, coordinating budgetary policies, and establishing a true fiscal union. This means that the same Europe that resists political federalism, for fear of losing prestige and sovereignty (or so national politicians would say), seems willing to accept the financial federalism that would precede it. It's a way to keep on building the house from the roof down. However, I've already said that a fair number of buildings are constructed using a similar technique, and the European flag has been waving on our rooftop for decades now. So, then, bring on the experiment, I say. For it to conclude with success, though, the firefighters better get here ASAP.]]></content>
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    <title>La casa por el tejado</title>
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    <id>tag:www.huffingtonpost.com,2012:/theblog//3.1571102</id>
    <published>2012-06-06T18:01:00-04:00</published>
    <updated>2012-08-06T05:12:10-04:00</updated>
    <summary><![CDATA[Romper el euro es infinitamente más costoso y caro que salvarlo, y la primera víctima de ese proceso sería precisamente quien más aparentemente lo dificulta: la Alemania de Merkel.]]></summary>
    <author>
        <name>Juan Luis Cebrián</name>
        <uri>http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/</uri>
    </author>
    <content type="html" xml:lang="en" xml:base="http://www.huffingtonpost.com/juan-luis-cebrian/"><![CDATA[Empezar la casa por el tejado es una expresi&oacute;n espa&ntilde;ola que equivale m&aacute;s o menos a comenzar las cosas por el final. En Espa&ntilde;a existe la costumbre de plantar una bandera en lo alto de los edificios cuando estos han cubierto aguas, como expresiva demostraci&oacute;n de que se ha coronado la cima. De todas maneras yo he visto en muchos pa&iacute;ses donde las casas, sobre todo si se fabrican en madera, comienzan a construirse precisamente por el techo. Y algunos rascacielos hacen que su estructura cuelgue de su terraza m&aacute;s alta, como si se tratara de las varillas de un paraguas, para evitar tener que profundizar en los cimientos. Eso es precisamente lo que decidieron los arquitectos de la moneda &uacute;nica europea, el euro, a la hora de dise&ntilde;arla. En vez de establecer una unidad pol&iacute;tica que permitiera garantizar la del mercado, decidieron comenzar por el final, suponiendo que las exigencias de la pol&iacute;tica monetaria obligar&iacute;an antes o despu&eacute;s a construir la unidad fiscal y la coordinaci&oacute;n de la pol&iacute;tica econ&oacute;mica, basamentos necesarios para un proyecto de ese g&eacute;nero.<br />
<br />
La crisis financiera mundial, desatada inicialmente por el estallido de las subprime americanas y la quiebra de Lehman Brothers, ha terminado por convertirse en un problema que afecta prioritariamente a la Uni&oacute;n Europea y, dentro de ella, a los pa&iacute;ses de la eurozona. La nacionalizaci&oacute;n de Bankia, decidida por el Gobierno de Madrid, ha encendido en las &uacute;ltimas semanas todas las alarmas. Algunos comparan la situaci&oacute;n a la que se cre&oacute; en la Europa de 1931 cuando la quiebra del Credit-Anstalt austriaco deriv&oacute; en un p&aacute;nico bancario que empeor&oacute; hasta lo indecible los efectos de la Gran Depresi&oacute;n. Aunque no es perceptible por el momento una fuga de dep&oacute;sitos alarmante para la banca espa&ntilde;ola, las interrogantes ante las pr&oacute;ximas elecciones griegas y la posibilidad de que una salida de Grecia de la zona euro contagie a econom&iacute;as m&aacute;s grandes, ha llevado a muchas compa&ntilde;&iacute;as europeas a suscribir seguros frente al riesgo de una eventual ruptura de la moneda &uacute;nica. Bancos suizos y alemanes est&aacute;n haciendo, por su parte, ofertas a depositantes italianos y espa&ntilde;oles para que abran cuentas en Zurich o Frankfurt, y los clientes se sienten animados a hacerlo despu&eacute;s de que economistas como Krugman hablaran de la posibilidad de un corralito financiero en los pa&iacute;ses del sur de Europa.<br />
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La realidad es que la crisis actual de la eurozona ha puesto a Europa en una encrucijada hist&oacute;rica. Si la moneda europea desapareciera, lo m&aacute;s probable es que todo el proyecto de unidad pol&iacute;tica se viniera abajo. Ser&iacute;an siete d&eacute;cadas perdidas en la historia del continente y el fracaso del experimento pol&iacute;tico m&aacute;s importante de cuantos la Humanidad emprendi&oacute; despu&eacute;s del fin de la Segunda Guerra Mundial. Constituir&iacute;a una cat&aacute;strofe de tal magnitud que esa es precisamente la raz&oacute;n por la que muchos piensan que, antes o despu&eacute;s, las cosas han de solucionarse. Romper el euro es infinitamente m&aacute;s costoso y caro que salvarlo, y la primera v&iacute;ctima de ese proceso ser&iacute;a precisamente quien m&aacute;s aparentemente lo dificulta: la Alemania de Merkel. Este pa&iacute;s dirige casi la mitad de sus exportaciones a la zona euro y una quiebra de la misma supondr&iacute;a una recesi&oacute;n inevitable en las cuentas germanas. La entrada de Europa en un periodo largo de decrecimiento econ&oacute;mico contagiar&iacute;a de inmediato a los Estados Unidos y tambi&eacute;n a los mercados emergentes. El mundo se encaminar&iacute;a a una recesi&oacute;n global. El convencimiento de que cuanto peor, mucho peor, es lo que atiza el optimismo de algunos cara a la resoluci&oacute;n de la actual crisis. Esta ha puesto de relieve la necesidad de profundizar el camino de la construcci&oacute;n europea, que no puede seguir otra ruta que la del federalismo. Pero mientras se discute de las cosas importantes es preciso atender antes que nada a las urgentes. La casa est&aacute; en llamas y, antes de decidir sobre las reformas estructurales que necesitar&aacute; en un futuro, es preciso apagar el fuego que amenaza con destruir ahora todo el edificio. Para hacerlo lo m&aacute;s urgente es recapitalizar los bancos en apuros, devolver la liquidez a los mercados y garantizar que el sistema financiero no sufrir&aacute; los mismos avatares de los comienzos de los a&ntilde;os treinta. Se necesita una manguera de dinero para apagar las llamas, y los accionistas y bonistas de las entidades financieras al borde de la quiebra son quienes han de pagar las consecuencias, no sus depositantes. Solo as&iacute; podr&aacute; romperse el c&iacute;rculo vicioso que las pol&iacute;ticas de austeridad fiscal est&aacute;n generando al promover m&aacute;s desempleo, una degradaci&oacute;n de la demanda y, por ende, mayores dificultades para el crecimiento y para el repago de la deuda. La austeridad es necesaria y la consolidaci&oacute;n fiscal imprescindible, pero solo rendir&aacute;n frutos si somos capaces de hacer que se recupere la demanda. En todo este entramado, por lo dem&aacute;s, Europa tendr&aacute; que revisar los par&aacute;metros del estado de bienestar y garantizar unos niveles de protecci&oacute;n social compatibles con su rendimiento econ&oacute;mico.<br />
<br />
Para atajar esos problemas urgentes a los que antes nos refer&iacute;amos, se habla ya de una Uni&oacute;n Bancaria, de centralizar la inspecci&oacute;n de las instituciones financieras europeas y las garant&iacute;as a los dep&oacute;sitos, coordinar las pol&iacute;ticas presupuestarias y establecer una verdadera uni&oacute;n fiscal. De modo que esta Europa que se resiste al federalismo pol&iacute;tico, por razones de p&eacute;rdida de prestigio y soberan&iacute;a que los pol&iacute;ticos nacionales exhiben, parece dispuesta a aceptar cuando menos que el federalismo financiero le preceda. Es una manera de continuar construyendo la casa desde el tejado. Ya he dicho sin embargo que no pocos edificios se levantan mediante t&eacute;cnica similar, y la bandera de Europa ondea en nuestra azotea desde hace d&eacute;cadas. Bienvenido sea pues el experimento. Aunque para que culmine con &eacute;xito es necesario que los bomberos operen cuanto antes.]]></content>
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