BLOGS

Cómo aprendí que nadie puede cambiar a nadie ni controlar sus adicciones

31/07/2017 07:21 CEST | Actualizado 31/07/2017 07:21 CEST
Danya Sarafina Naqvi

Leí en alguna parte que conocemos a las personas por una razón: para cambiarles la vida a esas personas o para que nos la cambien a nosotros. No obstante, creer que tenemos tal poder sobre la vida de los demás es algo arrogante, porque nadie puede cambiar realmente a nadie. Aunque es halagador que te digan que eres un ángel, suele ser más bien al revés: son las otras personas las que suelen ser ángeles, pero ángeles de la muerte llegados a nuestras vidas para matarnos y hacernos libres a través de la muerte.

***

Empezó con una botella de champán. Era un regalo bienintencionado de unos amigos y no lo pude rechazar.

"Vamos a guardarlo en el coche por ahora".

"¿Y qué dirán tus compañeros de Alcohólicos Anónimos?".

Nada funcionó. Su rostro se endureció y una sombra oscura se cernió sobre él. Parecía dispuesto a destrozar todo lo que se interpusiera entre él y la botella (yo incluida). A los pocos meses, murió.

He aprendido que nadie puede cambiar a nadie.

He aprendido mucho desde aquel frío día de invierno. Para empezar, que no había tales compañeros de Alcohólicos Anónimos; me había mentido en lo de querer estar sobrio. También aprendí que nada queda nunca en el pasado. El pasado es un demonio que, a no ser que lo exorcicemos, nos persigue el resto de nuestras vidas. Muta y adopta diferentes apariencias. Se disfraza de rarezas que podemos tolerar cuando tenemos unos veinte años pero que, cuando envejecemos, empiezan a arder, quemándonos a nosotros y a quienes nos rodean.

He aprendido que nadie puede cambiar a nadie. No importa cuánto quieras a una persona, si esa persona no muestra fuerza de voluntad para ayudarse a sí misma, por mucho que te pida ayuda, no puedes hacer el trabajo por ella.

Lo que pasa con las adicciones es que son mucho más que el simple acto de tomar algo. Llevarse el alcohol a los labios es solo la punta del iceberg. El alcoholismo es una enfermedad mental. Lo que destroza a la persona no es el alcohol entrando al torrente sanguíneo, sino el comportamiento enfermizo (las mentiras, los engaños, la ira y la negación). Es el comportamiento abusivo, el hecho de culpar a otras personas, de querer huir de la rutina y la disciplina, de rechazar las responsabilidades. Son los excesos que vierten en el resto de las facetas de su vida. Es el pensamiento difuso y nublado, la pérdida de rumbo, la desaparición de la noción de lo que está bien y lo que está mal. Es todo ello lo que hace que esta enfermedad sea tan destructiva.

¿Por qué no supe ver las señas que todos los demás veían tan claras?

Sí, esta enfermedad le resultaba evidente a prácticamente todos los que lo conocían. Pero ¿qué pasaba conmigo? ¿Por qué no supe ver las señas que todos los demás veían tan claras? ¿Cómo pude permanecer ciega a los temblores de sus manos, sus sudores, su falta de energía, su humor cambiante y sus mentiras constantes? ¿Por qué inventé excusas para justificar sus problemas con la ley y el declive de sus relaciones personales y profesionales? ¿Cómo pude dejarme llevar por un hombre (otra vez) que era un vampiro emocional?

Era el momento de pasar página, de dejar de centrarme en su enfermedad y centrarme en mí misma. Era sencillo ver qué le pasaba a él, pero ¿qué pasaba conmigo? ¿Qué vastas facetas de mi interior siguen ocultas? ¿Por qué tantas ganas de ayudar a alguien a quien quería tanto, pese a las claras señas que daba de no querer mi ayuda? ¿Cómo de malsana fue mi firme voluntad de anteponer sus necesidades a la mía, de gastar todas mis energías en preocuparme por él, de renunciar a lo que me importaba a mí para centrarme en lo que creía que necesitaba él?

Su enfermedad era evidente, pero ¿cuál era mi enfermedad? ¿Qué es lo que no pude erradicar yo de mi vida pese a que era consciente de que me estaba haciendo daño? Sin duda alguna, yo también tenía una enfermedad, quizás no tan evidente como la suya, pero igual de astuta, ya que permaneció oculta en los recovecos de mi interior como una telaraña, casi imperceptible entre las sombras.

Era el momento de pasar página, de dejar de centrarme en su enfermedad y centrarme en mí misma.

Era hora de empezar el trayecto, no solo para despegarme de él, también de mí misma. Era hora de empezar a arrancar y fumigar esa idea de mí misma de que solo era capaz de atraer a personas tóxicas. Creencias restrictivas derivadas de generaciones y generaciones de misoginia; la idea de que la mujer ha de conformarse, comprometerse y compensar las carencias de los demás, creencias de las que muchos ni sospechan pero que hemos interiorizado y han creado nuestra realidad.

Yo no fui una víctima. Fui una cómplice, una participante activa que dejó entrar a ciegas a un hombre tóxico en su vida y lo camufló con sus fantasías mentales. Y no era la primera vez. Había que extirpar un montón de formas de pensar corruptas. No sabía adónde me llevaría este viaje, pero ya había dado el primer paso. Ese paso, dicho de forma sencilla, era darme cuenta de que mi antigua perspectiva de las cosas ya no me iba a ser útil. Han pasado un montón de cosas desde ese frío día de diciembre y, como sigo diciendo, he aprendido mucho de ello. Pero, ante todo, lo importante es que di ese primer paso: aprendí que no podemos controlar la adicción de otras personas. Ahora solo yo controlo mi vida.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Échale un vistazo al Facebook de Tendencias. ¡SÍGUENOS!