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Ébola y concordia: las lecciones aprendidas

27/10/2015 07:17 CET | Actualizado 26/10/2016 11:12 CEST

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Foto: EFE

Este viernes pasado, el hermano Jesús Etayo recogía en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de la Concordia para la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (OHSJD): "Un premio a las personas que con generosidad se entregan hasta las últimas consecuencias, como los dieciocho hermanos y colaboradores que hace un año fallecieron en Liberia y Sierra Leona a causa del ébola; un premio para que sigamos cuidando la fragilidad del mundo, construyendo puentes de esperanza y promoviendo la justicia y la hospitalidad como los grandes motores de nuestra sociedad".

Hace apenas unos meses, en enero de este año, los miembros del Parlamento Europeo ya reconocimos a la OHSJD con el Premio Ciudadano Europeo 2014. Y hoy, en vísperas de la delegación de la Comisión de Desarrollo y Ayuda Humanitaria que he promovido para visitar la próxima semana Sierra Leona y hacer un análisis en profundidad sobre el terreno sobre la lucha contra la enfermedad, creo que es un momento óptimo para compartir una reflexión sobre lo que significa.

Concordia, sí: acuerdo, conformidad y armonía entre las cosas o las personas.

"El mundo no está preparado para otra epidemia como el ébola" afirmaba hace pocos días Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud, en la cumbre europea en Luxemburgo sobre las lecciones aprendidas de esta crisis que ha sacudido nuestro mundo y se ha cobrado más de 11.000 vidas en África Occidental.

Así es. Necesitamos acuerdo, conformidad y armonía en nuestros compromisos.

Los 194 países que firmaron en 2005 el Reglamento Sanitario Internacional (RSI) deben mantener su compromiso de sostener un sistema de salud con capacidad de detectar enfermedades poco frecuentes de forma temprana, diagnosticar rápidamente y asegurar que los servicios sanitarios cuidan a la gente. Todos los signatarios deben cumplir con sus obligaciones y obedecer a la OMS. Se trata de un asunto fundamental: solo un tercio de los países que firmaron el RSI lo han cumplido. Si hemos aprendido alguna lección del último brote de ébola es que solo la acción conjunta y la verdad sin paliativos funciona. La transparencia y la comunicación internacional inmediata son cruciales.

Desde marzo de 2014, Sierra Leona, Liberia y Guinea son víctimas de la epidemia de ébola más grave que jamás ha conocido la humanidad. La crisis humanitaria que ha provocado es de unas dimensiones gigantescas, pues el ébola ha afectado a tres de los países más pobres del mundo, donde la esperanza media de vida es igual o inferior a 60 años, la escolarización rara vez supera los tres años y en torno al 80 % de los ciudadanos viven en la extrema pobreza. La tasa de mortalidad del ébola es altísima, más de la mitad de los infectados. La permeabilidad de las fronteras ha favorecido la propagación del virus de un país a otro. Y el daño a sus frágiles estructuras sanitarias y sociales ha sido devastador.

Esta epidemia ha puesto en evidencia la pobre preparación de la comunidad internacional. El propio comisario Christos Stylianides, coordinador de la UE para el Ébola, ha sostenido que, aunque la UE y sus Estados Miembros, como mayor donante mundial, han puesto a disposición del programa casi 1.400 millones de euros, Médicos Sin Fronteras lideró prácticamente en solitario a la comunidad internacional desde que el brote estallara.

Desde el Parlamento Europeo vamos a pedir esta semana, en el Informe de la Comisión de Desarrollo redactado por mi compañero del Grupo ALDE Charles Goerens, un incremento del 10% del presupuesto de la OMS en dos años, hasta los 4.500 millones de euros, y que se apoye su nuevo programa de emergencia, dotado de un fondo específico de cien millones de dólares, además de impulsar una reserva mundial de personal que pueda desplegarse rápidamente sobre el terreno.

Pero todo lo anterior será insuficiente para estar preparados ante un nuevo brote de cualquier enfermedad infecciosa si no creamos un equipo europeo permanente de acción rápida compuesto por expertos, personal de apoyo en laboratorio, epidemiología e infraestructuras logísticas, que incluya laboratorios móviles que puedan desplegarse con extrema rapidez.

Una de las peores consecuencias del brote ha sido el debilitamiento de los sistemas de salud locales y nacionales, tanto en infraestructuras, capital humano y presupuestos sanitarios, como en el plano social, donde se ha producido la estigmatización de los supervivientes, de los familiares de los supervivientes, o de los propios sistemas sanitarios.

Las secuelas que sufren los supervivientes durante años son terribles: depresión, anorexia, pérdida de visión e incluso ceguera, pérdida auditiva, fatiga, fuertes dolores de articulaciones y de cabeza... por no hablar de la peor de las consecuencias: la estigmatización. Especialmente los niños, los más vulnerables. Miles de huérfanos aislados y sin núcleos comunitarios que los acojan para reconstruir su futuro. El cuidado, aceptación y valoración de los supervivientes, enfermos, familiares y cuidadores, es lo más difícil. El estigma y las falsas creencias, el aislamiento y el rechazo, son más resistentes a la ciencia que el virus; más poderosos que la admiración, el respeto o el sentido común.

Este complejo escenario ha de ser abordado dentro del marco apropiado, que no es otro que la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030, en concreto a través del Objetivo número 3, Buena salud: "Asegurar una vida saludable y promover el bienestar para todos en todas las edades". En este sentido, es imprescindible la introducción de una cobertura sanitaria universal pública y gratuita que garantice la mutualización de los riesgos sanitarios.

El acceso a medicamentos y vacunas va a desempeñar un papel decisivo: la búsqueda y consenso sobre un modelo de innovación diferente, que disocie los costes de investigación y desarrollo de los precios de los medicamentos. La vacuna contra el ébola se ha desarrollado en un tiempo récord, y se lleva administrando en Guinea desde marzo de 2015 con casi un cien por cien de efectividad. La UE ha tenido una implicación muy activa en su desarrollo, a través de la Iniciativa sobre Medicamentos Innovadores (IMI). Pero me preocupa profundamente que los derechos intelectuales de estas investigaciones realizadas con fondos públicos no retornen a la sociedad, sino a las farmacéuticas que las desarrollan.

Con la adaptación de su trabajo a los requerimientos de cada época, la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios ha mantenido a lo largo de más de cuatrocientos años la solidez de su servicio. Con más de mil hermanos que trabajan junto a 55.000 profesionales y cerca de 9.000 voluntarios en todo el mundo, han realizado una tarea esencial durante la epidemia del ébola en sus hospitales en Lunsar (Sierra Leona) y Monrovia (Liberia). Parte del personal resultó contagiado, y en ellos fallecieron dieciocho hermanos y colaboradores, entre ellos Miguel Pajares y Manuel García Viejo. La Orden persistió en el trabajo para reabrir los dos centros, formó al personal sobre protocolos de seguridad frente al virus, en coordinación con las autoridades sanitarias y otras instituciones internacionales, y continuó prestando información y asistencia a las familias en observación.

Más de un año después, aún no hemos llegado al ansiado "Zero". En Sierra Leona aún falta una docena de días para poder cumplir la cuarentena que permita a la OMS declarar al país libre del virus... Y será precisamente en estos días de cuenta atrás cuando visitaremos, entre otros muchos proyectos e instituciones admirables, el Hospital de San Juan de Dios en Mabesseneh, en Lunsar.

Les daré cumplida cuenta de toda la actividad que los eurodiputados desarrollemos allí. Pero lo que puedo asegurarles desde ya es que no escatimaremos esfuerzos para contribuir al acuerdo y la armonía de las personas y las cosas. Para contribuir a la concordia.