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La muerte es una vida vivida, que decía Borges

31/07/2013 07:23 CEST | Actualizado 29/09/2013 11:12 CEST

Eran las ocho de la mañana del día 4 de junio de 2003. Recibió una llamada de teléfono que le sobresaltó de inmediato. Era Dolores. En media hora venía a casa porque tenía que contarle "algo importante".

Desencajada, con un rictus de incomprensión e incredulidad en la cara que jamás había visto antes en su hermana, comenzó a escuchar. El día anterior había descarrilado un tren en Chinchilla en el que había heridos y personas muy graves. Conforme iba explicándoselo ella empezó a recordar que, efectivamente, lo había visto en el telediario de la noche anterior pero no había hecho mucho caso porque no era muy de recrearse en la desgracia y el dolor ajeno. En ese tren no todo el mundo salió malherido o perdió la vida. Fue el vagón de primera clase el que sufrió las consecuencias más terribles. La comodidad de su posición se tornó en arma mortal.

Aparentemente su padre viajaba en él.

Sus hermanos habían pasado la noche entera en el lugar del accidente para intentar saber algo y como hermanos mayores y protectores que eran, no habían querido contarle nada hasta tener la información precisa al respecto. Ella vivía por entonces prácticamente sola con su hija, recien llegada a Murcia. Miró a Dolores empezando a marearse, le dio a su niña para que la tomara en brazos y se metió al baño a ducharse llorando amargamente, con la intención de que el agua limpiara sus lágrimas y su hija no la viera ni oyera llorar.

Su padre era un gran viajero y andaba siempre yendo y viniendo a Madrid y a otros lugares de España por trabajo y por ocio. Disfrutaba mucho en tren porque como solía conducir, la tranquilidad del ferrocarril le permitía tener un rato para él, donde leer sin que nadie le molestara. Los primeros pensamientos que vinieron a su cabeza fueron precisamente sobre eso. ¿Qué libro estaría leyendo?

¿Habría sufrido? ¿Se acordaría de ellos en esos momentos?

¿Iría realmente en aquel vagón? Pasaron muchos días, incluso después de que las pruebas de ADN lo confirmasen, hasta que pudo asumir que, efectivamente, allí estaba y ese era su destino. Como el resto de preguntas eran incontestables desde la lógica, al cabo de un par de meses fue incluso a ver a una vidente que le confirmó que no había sufrido, que había muerto en paz. Fuese cierto o no, el efecto placebo consiguió calmar, en cierta manera, su alma atormentada.

El absurdo de la vida se presentaba ante ellos con letras mayúsculas. Él, que se había cuidado tanto, que veneraba el deporte y la buena alimentación tanto como un buen vino, él que cada mañana se atiborraba de vitamina C para combatir la oxidación del cuerpo e incluso pensaba casarse a escondidas como un adolescente el mes siguiente, se daba de bruces con la muerte instantaneamente, sin deterioro ni lento proceso de decrepitud.

Muchos días y muchas noches estuvo pendiente del móvil, por si él llamaba. Seguramente una disparatada actitud, fruto del desamparo y la tristeza más profunda. A lo largo de estos años ha podido darse cuenta que la muerte repentina no permite a nuestro cerebro asumir la desgacia desde el sentimiento en un primer momento. Se necesita mucho tiempo para entender con el alma que, efectivamente, ésto forma parte de la vida y que, sin duda, era su momento.

El dolor era tan intenso que se agotaron las lágrimas muy pronto. Su gran apoyo, la persona que cada semana iba a verlas a ella y a su hija para comprobar que la adaptación estaba siendo buena, feliz de que hubieran vuelto a casa, de tener a su nieta, él que sin casi darse ella cuenta llevaba al menos una de las riendas de su vida, el inconformista, duro, genuino papá, simplemente ya no estaba.

Al cabo de unos días fue el entierro, tal como él hubiera deseado, celebrado. Ella se vistió de rojo, porque sabía que a él no le hubiera gustado verla de otro modo. Y comieron marineras y jamón y zarangollo en medio de un mar de abrazos.

Han pasado los años y para ninguno de sus familiares ha sido fácil asumir la pérdida. Este tipo de acontecimientos deviene en otros muchos vaivenes y desequilibrios no esperados, porque su onda expansiva es enorme. Seguramente nunca se asume del todo. Pero también es cierto que ese dolor tan agudo que ahora deben estar sintiendo muchos familiares en Galicia, tal como ocurrió con los de Chinchilla, con el tiempo se convertirá en una selección de enseñanzas y momentos bellos vividos que permanecerán en el recuerdo para siempre, tal y como le pasó a ella ... a mí.

Él está ahí cuidándonos. Nos sonríe mientras canta una jota aragonesa, entusiasta, apasionado y un tanto extravagante, en pantalón de tenis, todo de blanco, sonriente y feliz.

Ellos seguirán, ellos están.

Descansen en paz.