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El Barça murió con Cruyff

15/04/2016 07:28 CEST | Actualizado 15/04/2016 11:23 CEST

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Foto: EFE

Se suponía que el Barça saldría al Vicente Calderón a atacar. Como ha hecho siempre desde que un holandés de mente indescriptible se empecinó en defender con tres hombres y dibujar dos extremos pegados a las bandas.

Pero el equipo de Luis Enrique es un alma errante. Hace tiempo que se fue, como se fue también el holandés de mente clarividente. El tridente le homenajeó en vida con un penalti rescatado del baúl de los recuerdos y el Barça se interrumpió cuando su padre entre todos los padres le abandonó.

No están Neymar, ni Messi ni Suárez, aquellos que debían copar los tres cajones del Balón de Oro. Tampoco ya se les espera. Día tras día parecen más extraviados. Pero si por alguna razón volvieran, alguien debería recordarles que muchas gracias, pero que llegan tarde, que la cita era el pasado miércoles a la vera del Manzanares.

La ausencia del tridente rompe automáticamente el pacto que había en el vestuario. Su omnipresencia sobre el campo se debía a su capacidad de inventarse indecentes rachas de victorias. Pero en el momento que aquel win-win deal dejó de ser vigente, Luis Enrique no movió ficha. La falta de recambios fue un argumento de peso, pero el inmovilismo permanente se convirtió en un defecto mortal. Apostarlo todo a los de arriba tenía un riesgo y ahora se paga la apuesta a un precio muy alto.

El Barça murió en el Vicente Calderón porque mintió. El Barça movió el balón como lo mueven los equipos sin rumbo, de defensa a defensa y entre patadones largos. Luis Enrique desoyó el mensaje de aquel holandés de mente incomprensible: atacar para ganar. El Barcelona esperó y confió en que su alianza con el reloj fuera indestructible. Pero el tiempo se abrazó a las seductoras pasiones atléticas y el plan del entrenador caducó con el gol de Griezmann.

La eliminación europea fue la consecuencia al abandono de los ideales que el holandés de mente intuitiva sembró hace casi treinta años. En la parte más importante de la temporada, en "el momento más atractivo", como suele recordar Luis Enrique, el Barça perdió su espíritu. El Barça murió con Cruyff.