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Bettina Dubcovsky Headshot

Joel-Peter Witkin, según el color del cristal con que se mire

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En 1989, cuando vi su obra por primera vez en Palma de Mallorca, me quedé entre fascinada y espantada por lo que veía: auténticos cadáveres humanos (o trozos de ellos) y otros seres deformes como extraídos de Freaks (La parada de los monstruos en España) que daban forma a una rara especie de bodegones surrealistas, auténticas naturalezas muertas. Entonces, imaginaba que el autor de tales imágenes debía ser un hombre mayor, enjuto, taciturno, sufrido, medio loco, absolutamente lúgubre y con una copiosa y larga barba blanca siempre sucia.

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Tres décadas más tarde y gracias a la exposición de Joel-Peter Witkin en la galería Michel Soskine de Madrid, le he conocido en vivo y directo: definitivamente, las apariencias engañan. Este señor rellenito, tierno, dicharachero, que lleva unas divertidas gafas con montura de lunares de Marc Jacobs y tiene un sentido del humor muy a lo Woody Allen, es normal (dentro de sus limitaciones) y disfruta hablando con la gente. Lo cierto es que su vida da para mucho que contar y él, incluso en plan cotilla, te da detalles que jamás se te hubiera ocurrido preguntar. Eso sí, no esperes que tengan nada que ver con lo que le estás preguntando.

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La muestra, magnífica, es una micro-retrospectiva, con obras recientes y algunos de sus trabajos más conocidos de los 80 y 90. Una vez más, sus obras hablan sin tapujos sobre lo grotesco, lo sagrado y lo profano, en pos de la fenomenología de la violencia, la pasión, la religión, el sufrimiento y la muerte.

Mantener una conversación ordenada con Joel-Peter Witkin es igual que pedirle un vaso de agua a alguien que, para complacerte, va a la cocina, y entonces se da cuenta de que hay ropa que tender en la lavadora, y cuando va a buscar las pinzas para hacerlo, descubre que uno de los cuadros en la pared está torcido, intenta enderezarlo, pero se cae el clavo, ¿dónde está el martillo? y vuelta a empezar. Mientras tanto, tú mueres de sed.

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Su madre, italiana, quería ser pianista para películas de cine mudo; su padre, que no había acabado ni el colegio, porque durante la Gran Depresión del 29 tuvo que ponerse a trabajar, anhelaba ser violinista. Él se conformó con ser vidriero, ella, fue contable toda su vida. Sin embargo, sus tres hijos cogieron la revancha; la hija mayor con el piano, Jerome el gemelo de Witkin con la pintura y Joel-Peter, con la fotografía. "Me despierto cada mañana haciendo fotos y me acuesto por la noche, pensando en fotos, hay ocasiones en las que incluso sueño con fotografías".

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Desde pequeño estuvo claro que Witkin iba a tener una relación de tú a tú con la muerte. De hecho, nació codeándose con ella: su madre esperaba trillizos, uno no sobrevivió. La Parca le daba la bienvenida a la vida guiñándole un ojo. Luego, hay otra historia más espeluznante en su infancia, a la que Witkin le achaca su peculiar mirada.

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Siendo tan solo un niño presenció un accidente de tráfico frente a su casa. "Era domingo, mi madre nos acompañaba a mi hermano y a mí a la iglesia. Mientras íbamos hacia el portal, escuchamos un estruendo increíble, gritos y pedidas de auxilio. Había habido un choque. En medio de la confusión, desde la acera, pude ver algo rodando hacia mí desde uno de los automóviles volcados. Era la cabeza de una niña. Me agaché para tocarle la cara y hablarle, pero antes de que pudiera hacerlo, alguien me alejó de allí."

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Luego, entre 1961 y 1964, estuvo en la Guerra de Vietnam como fotógrafo. ¿Su trabajo?: Documentar los cuerpos de los soldados que se habían suicidado o fallecido en accidentes de entrenamiento. No es de extrañar que asegure que no le tiene miedo a la muerte. Es más, confiesa que la está esperando. "Estando en India (en 1974), me di cuenta de que en Occidente tenemos muchísimas ataduras, la primera a nuestras vidas, sin saber qué hay más allá, sin entender por qué nacimos, por qué estamos vivos o por qué vamos a morir. Con mi trabajo intento descubrir una realidad absoluta, no la de un concepto científico, sino la que va más allá de una comprensión simple. Nuestro objetivo es descubrir quiénes somos y cuál es el propósito de nuestras vidas para mejorarlas".

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Witkin es profundamente creyente. "Mi padre era judío ortodoxo, mi madre, italiana y católica. Se divorciaron por sus diferencias irreconciliables y ella nos crió como católicos. Para mí, la muerte no es el final, sino el comienzo de la vida eterna. La vida es una prueba espiritual, moral y psicológica".

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Respecto al sexo, muy presente y de un modo nada convencional en sus composiciones, su visión es coherente con su primera vez o, mejor dicho, con sus dos primeras veces. A los 16 años perdió la virginidad de un modo peculiar. "Estaba de visita en un freak-show, de esos en los que se exhiben personas raras, con malformaciones, la mujer barbuda, etc., y allí tuve sexo con Albert Alberto, un hermafrodita, pero solo sexo oral", puntualiza. Luego fue más a fondo con y en la cuestión con una prostituta negra "que era hermosa, increíble. Yo estaba terriblemente nervioso, era tan católico que mi cabeza me decía 'vas a ir al infierno'. Al irme de allí salí corriendo hacia la iglesia y a las dos de la madrugada desperté al cura y pedí confesarme". A partir de entonces, su vida sexual, según dice, se desarrolló con absoluta normalidad.

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El artista explica que el fetichismo que sazona sus fotografía "tiene que ver con el deseo, no con la realidad. Podría decir que la sexualidad es mi madre..."

¡Qué! Perdón: ¿¡Ha tenido sexo con su madre!?

Partiéndose de la risa, por mi cándida pregunta (e imagino por mi cara de incredulidad) me responde: "Cuando nacemos, todos tenemos sexo con nuestras madres, pero solo de salida, no de entrada".

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Esta entrevista es muy surrealista, le digo: "Es que tengo mucho sentido del humor, sobreviví a demasiadas conflictos, dolor y tragedias. Por lo general, dejo todo eso a un lado y miro las situaciones desde fuera en lugar de engancharme. Cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de elevar nuestra existencia, de hacerla mejor, de sacarla de la confusión, la oscuridad y de nuestra propia estupidez, aunque una gran mayoría no tiene esa valentía".

La exposición de Joel-Peter Witkin permanecerá abierta en la galería Michel Soskine Inc (General Castaños, 9, Madrid) hasta el próximo 30 de julio.

Fotografías: cortesía de la galería Michel Soskine
Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora