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"Mi hija no es maltratada, pero le pasa lo del anuncio"

11/07/2015 10:01 CEST | Actualizado 10/07/2016 11:12 CEST

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Ya hace años que las personas conocedoras de la problemática de la violencia de género alertaban de que algo estaba sucediendo en nuestra juventud. Decían que se repiten roles sexistas, y que las conductas violentas sobre las jóvenes están muy presentes. Se trataba solo de una percepción difusa, aún no medida ni concretada en datos. Y provocaba una sensación extraña, de cierta incomprensión, porque no se explicaba bien en un país que, como España, es pionero internacionalmente en su trabajo por erradicar la violencia sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres.

La Delegación del Gobierno para la Violencia de Género recogió el guante de esta preocupación y comenzó a investigar en profundidad el problema. A lo largo de los años 2013, 2014 y 2015 vieron la luz sucesivas encuestas y estudios que confirmaron con datos aquello que hasta entonces era solo una percepción. La violencia de género en la juventud se cuantificó, se describió y se puso negro sobre blanco. Y la información obtenida dijo lo siguiente.

Primero, que la población joven y adolescente repetía roles sexistas y recibía de sus familias un acervo cultural peligroso, con frases escuchadas hasta en el 75% de los hogares en los que se insistía en que "los celos son muestra de amor" o en que "los chicos pueden salir con muchas chicas, pero las chicas no pueden salir con muchos chicos".

Segundo, que la juventud percibía menos que las personas adultas (hasta diez puntos por debajo) la desigualdad entre hombres y mujeres. Era como si en esa creencia falsa de que la igualdad estaba ya conquistada se hubiera rebajado la alerta frente a la discriminación.

Tercero, que la juventud, nativa digital, no tenía conciencia del riesgo en el uso de las nuevas tecnologías, y podía emplear -y de hecho empleaba- los medios digitales como vehículos para ejercer violencia de género. Más del 28% de las chicas habían sufrido control abusivo a través del móvil, y hasta el 5% habían sido objeto de las llamadas "pruebas de amor" -como intercambiar fotos de carácter sexual-, con el consiguiente riesgo de sufrir sexting (la difusión de imágenes por la red sin consentimiento, con el daño a la intimidad y el honor que ello supone).

Cuarto, que la violencia de control estaba exageradamente presente en las mujeres de 16 a 19 años según la Macroencuesta de 2015, disparándose a un 21 % entre estas jóvenes (a las que se había encuestado por primera vez), con una incidencia muy superior a la de la media del 9,6 % en la población general de mujeres que la había sufrido.

Finalmente, que, como sus mayores, también los chicos y chicas más jóvenes normalizaban las conductas menos extremas de maltrato, considerando aceptables -o poco graves- los insultos, la violencia psicológica, el control de horarios, el aislamiento o el decirle a la mujer, "si debe o no debe estudiar" o "que puede o no puede hacer".

Con este magma de información en la mano, se pusieron en marcha nuevas actuaciones públicas contando con la inestimable colaboración de la sociedad civil: en el ámbito de la educación, el deporte, la asistencia, las nuevas tecnologías o las campañas de sensibilización. El objetivo era siempre el mismo y siempre doble: por un lado, ayudar a detectar tempranamente las primeras señales de la violencia de género a través de ejemplos concretos de conductas, y, por otro, decirle a la mujer o a su entorno qué se puede hacer para salir del círculo de violencia de género, una espiral que siempre va in crescendo.

Fruto de estas actuaciones se produjeron resultados como el del ejemplo que sigue: el teléfono 016 -de información y ayuda, gratuito y que atiende las 24 horas del día- aumentó exponencialmente el número de llamadas recibidas relacionadas con mujeres jóvenes tras el lanzamiento de las últimas dos campañas: "Si tu chico te da miedo, cuéntalo. Hay salida a la violencia de género". Esta vez, las llamadas atendidas versaban más sobre violencia psicológica, de control o emocional que sobre la puramente física. Pero, sobre todo, curiosamente, y tal y como sucede con las mujeres adultas, el mensaje de normalización de la violencia de género, de no reconocerse como víctima de lo que estaba sucediendo, se pudo percibir muy claramente. Y no solo en las chicas que la sufrían. Incluso las llamadas de las hermanas, las amigas o las madres comenzaban, sorprendentemente y dando la razón a los estudios, con las siguientes palabras: "Mi hija no es maltratada, pero le pasa lo del anuncio"...

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