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Elecciones (segunda temporada)

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Esta campaña telelectoral parece otra vez la misma, pero no. Esto no es diciembre del año pasado, aquí no hay anuncios de Lotería de Navidad (por mucho que el spot del bar de Ciudadanos nos haga pensar que sí) y aunque nada ha cambiado todo es muy distinto a como fue la vez anterior.

Esta campaña va a ser muy diferente porque, por primera vez en nuestra historia electoral postfranquista, vamos a ver a candidatos que ya lo intentaron y no lo consiguieron. Ninguno. Nada. Y mucho ojo con eso de cara a los espectadores, porque puede suceder que no estemos dispuestos a mucho entusiasmo viendo lo poco que pasó en la primera temporada cuando parecía que iba a pasar de todo; ya fueran a conquistar los cielos ya fuera a saltar todo por los aires. Y no. Bien de encuestas, bien de predicciones apocalípticas, bien de todo y, al final, nada. Al final: segunda temporada sin ninguna trama resuelta. Una bajona y un volver a empezar.

Hasta el año pasado, hasta la primera temporada de Elecciones, nos gustaba verlos aparecer en la tele porque sabíamos que uno de ellos (siempre ellos) sería Presidente. Mariano, Pedro, Pablo o Albert. Uno de los cuatro pasaría de candidato a Presidente, y ese componente resultaba fundamental en la épica televisiva electoral: los vimos intentarlo, hacerlo todo, dejarse la piel y la dignidad, ponerse en evidencia, cantar, bailar, jugar al futbolín o mover la cabecita al ritmo de los Supersingles de María Teresa Campos... Los veíamos así y lo disfrutábamos pensando en que después pensaríamos "yo lo vi convertirse en Presidente", casi en directo.

Daba igual que no los hubiéramos votado; lo importante es que asistimos a sus devaneos televisivos con mayor o menor suerte y que, de alguna forma, agradecimos su implicación en el relato televisivo del talent show, del 'ha nacido una estrella' o el 'usted vio cómo llegó hasta aquí'. Nos gustaba verlos así porque sabíamos que lo hacían por nosotros y porque, una vez hubieran llegado a la Moncloa, nos daría mucha más risa recordar sus intervenciones televisivas previas al poder. Y eso Mariano lo sabía, y por eso Mariano mandó a Soraya a bailar a El Hormiguero y a debatir de pie con los demás; porque Mariano, que solo quiere lo mejor para nosotros, era consciente de que como Presidente (en funciones, que nadie me pregunte cuáles, por favor) era mucho menos televisivo que el resto de candidatos. Porque Mariano ya estaba allí, y la narrativa televisiva demanda aspirantes al olimpo, que vienen pegando fuerte, y no concursantes que tienen tanto que ganar como que perder. Que eso da cosica.

Hasta que pasó lo que pasó, y nos tragamos todo para nada. Para que no ganara nadie y tuviéramos que tener segunda temporada del reality telelectoral. Otra vez. A tu casa, a la mía, que si con niños, que si tu barrio, tu familia, tus amigos y otra vez esos anuncios electorales que se venden como contenido informativo antes de que empiece la campaña pero que en realidad son propaganda colada antes de tiempo. Qué listos. ¡Haz un vídeo de cuñados que dé mucha grima! ¡Diseña un logo que parezca de Ágata Ruiz de la Prada tras un coma diabético! ¡Recicla los fondos de los gif con frases de Paulo Coelho y los paisajes de los Teletubbies y mete ahí a Pedro Sánchez! Y todo eso, saldrá en la tele. Y en las redes sociales. E incluso en las redes sociópatas, que las hay, y muchas.

Hay que hacer cosas, cosas muy visuales que puedan salir en la tele y hacerse virales. Vídeos, fotos, logos, lo que sea. Pero que se pueda hablar de ello. Y debatir. Demos carnaza de debate, que es lo que quieren. ¿Quién necesita a gente contando cosas cuando puedes tener a gente opinando de cosas? Di, haz, algo. Y recuerda que tu cliente final no es el elector: tu cliente final es el tertuliano que necesita algo a lo que aferrarse para ganarse su puesto. Y ni siquiera: tus clientes finales son las cadenas de televisión que necesitan 'teasers' promocionales, cebos temáticos con los que alimentar tu futura intervención televisiva.

Seamos bienvenidos a la segunda temporada de este 'reality' donde, en la primera edición, millones votamos para que ganara alguien y al final no ganó nadie. Y todos de vuelta a la isla. Y a ver si abandonan la casa o acabamos cerrando nosotros por fuera, y a correr. Que alguien cambie los profesores de esta academia, por favor, que pase algo, lo que sea. Que los guionistas telectorales temen nuestro tedio y lo han dado todo esta vez para combatirlo con viejos formatos que nos venden como nuevos porque van con político dentro:

- Niños preguntones con políticos (y Ana Rosa, que con ese programa de candidatos electorales y niños se ha lanzado al abuelismo televisivo sin red).

- Familias preguntonas con políticos (el sábado pasado en La Sexta Noche, ese programa donde Pablo Iglesias empezó a ir como colaborador de pago y al que hace meses que va gratis como candidato de gobierno. Un mal negocio para Pablo, un chollo para La Sexta, que se ha ahorrado un dineral con el 'upgrade' del tertuliano).

- Presentadoras preguntonas como sombras de políticos (Grissom pasando dos días y una mala noche con cada candidato)...

... y lo que nos rondarán, morenas.

Esto acaba de empezar. Por segunda vez. Yo solo espero que acabe como Eurovisión: que el voto del público le dé la vuelta a todo y acabemos saliendo de Australia, por favor, que es muy duro vivir cabeza abajo.

Hasta mañana. Y hasta el 26-J. O más allá. Ya se verá.