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Tres aspirantes y un tronista en terapia matrimonial

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Tres aspirantes y un tronista, todos en pie, hablando de lo suyo con bastante más sensatez de la que nos hubiera gustado como espectadores ávidos de sangre fresca que somos, habituados a disfrutar de los descensos al barro y lo golpes bajos entre adversarios ideológicos. Poca sangre, poco barro y pocos golpes vimos anoche en el 'Debate a 4', esa representación de política televisiva alejada de los códigos actuales de política televisiva y mucho más cercana a un extraño cruce entre un tribunal de oposiciones y un 'Mujeres, hombres y viceversa' dirigido por un terapeuta matrimonial.

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Cuando parecía que la televisión había encontrado un filón para hacer la política entretenida, espectacular, frívola y de consumo fácil y rápido, entonces llegó el debate a cuatro de anoche para demostrarnos que la política, la de verdad, la de propuestas electorales, no es tan televisiva. Como no lo sería la retransmisión en directo de una cena de parejas bien avenidas realizada y dirigida por la Academia de la TV. Y eso es bueno; mejor para nosotros como ciudadanos que para nosotros como televidentes. Y es bueno porque demuestra que la política puede ser algo tediosa, incluso compleja.

Lo mismo que la vida marital cotidiana de esas dos parejas que cenan un sábado por la noche y se cuentan su semana en un restaurante de barrio, sin improperios, ni confidencias escandalosas o salidas de tono. Es muy bueno porque hace que sea normal que la gente hable de cosas importantes sin levantar la voz, sin lanzarse ataques personales y sin convertir un proceso democrático en una algarabía cortijera.

sanchez

También es verdad que los candidatos -tronista y aspirantes- no pudieron evitar saberse invitados a un programa de televisión y, por lo tanto, se vieron obligados a cierto sentido del espectáculo. No por ellos, sino por nosotros; votantes, sí, pero también espectadores de un debate de más de dos horas.

Los aspirantes y el tronista, los cuatro muy correctos (todo hay que decirlo) se guardaban en las mangas (de chaquetas, de camisa) algunos guiños a la audiencia, algunos toques de pimienta que nos permitieran aguantar despiertos sus sucesivos monólogos programáticos (con perdón). Así, el tronista veterano insistía en lo difícil que había sido lo suyo y se ponía estupendo de vez en cuando, especialmente con el aspirante Pedro.

El aspirante Pedro que, a su vez, ejercía de pretendiente despechado del pretendiente Pablo, a quien acusó en más de una ocasión de haber estropeado lo suyo con el pretendiente Albert de hace unos meses. A lo que el pretendiente Pablo, sobreactuado frente a la cámara y, por lo bajini, reaccionaba con un "te equivocas de rival, yo no soy el rival, es Rajoy".

Snif. Precioso. Lo dicho: detalles, unas gotitas de salsa para hacer digerible un debate poco jugoso que fue más bien una sucesión de respuestas de temario a preguntas de programa electoral. Como cuando Chábeli Iglesias le preguntó una vez a Alberto Fujimori en televisión: "Y la economía, ¿qué?", pues igual pero con Ana Blanco, Pedro Piqueras y Vicente Vallés en vez de Chábeli.

¿Se imaginan un 'Sálvame' con académicos de la RAE discutiendo acerca del desuso de la tilde en 'sólo'? ¿Un 'Pekín Express' con miembros del cuerpo diplomático? ¿'La Sexta noche' con Manuel Campo Vidal, Vicente Vallés, Pedro Piqueras y Ana Blanco? ¿Un poligrafo del 'Sálvame Deluxe' con una testiga de Jehová? Pues eso, exactamente eso, me pareció anoche el 'Debate a 4' organizado por la Academia de la televisión. ¿Que si me gustó? Sí, me gustó ver que se pueden seguir haciendo estas cosas en televisión. Y si son cada cuatro años, muchísimo mejor.