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Un príncipe para el bipartidismo

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Pablo quiere que le queramos. Albert, que queramos que nos quiera, ser dignos de su amor rudo. (¡Oh, sí, papi, muéstrame tu dedito acusador!)

Pablo quiere casarse con Pedro y gobernar en progresista. Albert quiere casarse con Pedro, sí, también, aunque tampoco le haría ascos al PP si le cambian el pretendiente, el equipo de damas de honor, los testigos, los padrinos y los pajes.

Pablo y Albert se vieron hace meses en un bar y anoche lo hicieron de nuevo en El Círculo de Bellas Artes de Madrid con vistas, Jordi Évole en medio y nosotros en casa dale que te pego al tuiter. Porque la nueva política no eran ellos haciéndola; éramos nosotros tuiteándola, como si tuviéramos algo que decir.

Pablo y Albert son los nuevos príncipes para el bipartidismo. Dos candidatos pretendientes que, ahora que han abrazado el realismo electoral, saben que no podrán gobernar en solitario, practicar la serena monogamia. Y se hacen los duros echándose en cara algunas de las cosas que pasaron en la primera temporada, como cuando Pablo arruinó la boda de Albert con Pedro, ¡qué mal!

Pablo y Albert parecían distintos en este segundo encuentro; más hoscos, más duros, menos colegas que la primera vez. Pero en realidad eran los mismos, solo que cuando aparecieron por primera vez juntos en el programa de citas de Jordi Évole, el programa se llamaba Un príncipe para España y ambos aspiraban a casar en primeras nupcias. Pero no pudo ser; en un giro de formato un tanto previsible, el programa de dating de Jordi Évole optó por una segunda entrega, llámalo #PartidodeVuelta, llámalo Un príncipe para el bipartidismo. Y acertó. Porque parece que, por fin, la televisión ha entendido que el poliamor existe y está en el aire, y ambos pretendientes, tan henchidos de amor como de posibilismo, no pugnaban por hacerse con el corazón de un país en solitario, sino por poder convertirse en el otro, en el tercero, en el amante que el matrimonio del bipartidismo está pidiendo a gritos para recuperar esa sazón que necesitan las parejas que llevan ya demasiado tiempo juntas, con mal sexo, mucho cariño y demasiada comodidad.

Pablo y Albert quieren ser el tercero. El tercero en discordia, a juzgar por el tono que mantuvo su conversación del domingo por la noche, como no podía ser de otra manera: si alguno de los dos pretendientes candidatos quiere hacerse un hueco en la cama king size del próximo Gobierno de España (con perdón), lo último que debe hacer es dar la impresión de que se llevan tan bien que podrían liarse entre ellos. Las reglas no escritas de los realities de búsqueda de pareja establecen que cuanta más rivalidad haya entre los pretendientes, más van a aguantar dentro del concurso y más van a tardar en abandonarlo.

Pablo y Albert lo saben, porque Pablo y Albert anoche no hicieron política, hicieron televisión y siguieron las reglas del género: ponerse un poquito en evidencia para dejar claro que serían capaces de (casi) todo por (poli) amor y que no estaban en la tele solo por hacerse famosos y dar un salto a otro reality (¿ELECCIONES, TERCERA TEMPORADA? ¡No, por favor!) sino porque quieren ganar este, porque quieren ser el elegido, el otro en el Gobierno: un príncipe para el bipartidismo.

Hasta mañana. Hasta el 26-J. Y más allá.