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Totti, 2'36'': la leyenda del capitán

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AFP
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Se escribe "Totti", se lee "Roma". 28 de marzo de 1993, estadio Rigamonti; el Brescia recibía a la Roma de Boskov. Era el minuto 88 cuando el entrenador serbio ordenó a un joven Francesco Totti entrar en el campo. Tenía solo dieciséis años, pero vestía la camiseta giallorossa desde sus primeros días de vida. Con sólo nueve meses, correteando tras la pelota en la playa, su madre tuvo claro que el balón y su hijo serían grandes amigos. No sé equivocó. Aquel 28 marzo debutaría en la Serie A; lo que todavía nadie imaginaba es que aquel joven con visión de juego y rapidez innata hubiese cambiado la historia de la Roma.

Francesco Totti no es sólo el capitán de la AS Roma, sino el símbolo del club y de la ciudad. Hablar de Totti, más allá de su talento en el terreno de juego y de su cuchara, es hablar de la fidelidad y el amor por un equipo. Son muchos los clubes que lo han buscado, que han intentado cubrirlo de dinero y trofeos, pero al final el amor a su club ha podido con todo.

El número 10 de la Roma es indiscutible, ha logrado y superado cada récord durante su carrera. Sus triunfos le han llevado a ganar un Scudetto, dos copas de Italia, dos Supercopas, el Mundial de 2006 y una bota de oro en 2007. 303 goles, infinitas jugadas de clase y extraordinarias asistencias. Puro talento, pasión.

Hay jugadores que son igual dentro del terreno de juego que en su vida privada. Así es Francesco, un hombre fiel a sus colores y a sus costumbres. Sigue yendo a la peluquería a la que le llevaba de pequeño su madre, compra sus zapatos en la misma tienda siempre. Sencillo, sincero y un poco rebelde. Capaz de reírse de sí mismo, hasta el punto de publicar dos libros de chistes y donar sus beneficios a una ONG.

El amor de Totti por la Roma está llegando a su fin. Apenas ha jugado unos minutos esta temporada, pero aún así, cuando ha salido al campo lo ha hecho con la misma ilusión y fuerza del primer día. Con el nuevo entrenador, Spalletti, el adiós de Francesco se ve en Italia cada vez más cercano, al menos hasta hace unos días.

Spalletti insiste: "La Roma non es solo Totti". Una ciudad dividida en dos. "¿Totti sí, o Totti no?", preguntaban en la Gazzetta el pasado miércoles. Los férreos defensores del capitán sostienen que discutir sobre el 10 es no entender nada de fútbol, una autentica locura. No todos lo ven así, hay quien empieza a verlo como un enemigo y cree que la idolatría de la Roma por Totti podría estar matando al equipo.

Así, el entrenador y el presidente lo empujan hacia la puerta de salida. El capitán de la Roma se resiste a irse, es su equipo y está convencido de que todavía puede aportar mucho. Y así lo hizo el pasado miércoles. Minuto 86, Spalletti decide sacar a Totti del banquillo para jugar los últimos minutos. La Roma pierde 1-2 contra el Torino. Quedan dos minutos y 36 segundos, pero son suficientes para que el 10 marque dos goles decisivos, que no sólo dieron la victoria a la Roma, sino que la clasificaron ya matemáticamente para la Champions del próximo año.

El mejor Totti estaba allí de nuevo, con todo el estadio en pie. Eterno. Un acto de rebeldía contra el tiempo y la naturaleza del más grande que, a sus casi 40 años, se rebela y nos demuestra una vez más lo mejor del fútbol, su irracionalidad. Para él, su edad es sólo un número en el carnet de identidad, una cifra que en esta sociedad le obliga abandonar lo que más quiere.

Se siente fuerte para seguir compitiendo en la primera línea de batalla, aunque las balas silben a su alrededor. Porque tal vez la palabra "leyenda" se inventó para jugadores como él, valientes. Héroes capaces de hacer soñar a grandes y pequeños. Con la esperanza de parar el tiempo, de ser inmortales, con la rebeldía y el trabajo como arma para ganar las batallas más difíciles, las que terminan convirtiéndose en noches mágicas.