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Deuda, olimpiadas y goleadas

25/07/2012 08:30 CEST | Actualizado 23/09/2012 11:12 CEST

No deja de ser una hábil idea utilizar la visita de la delegación olímpica para hacer una declaración sobre la desesperada situación financiera por la que atraviesa España, como ha hecho Mariano Rajoy esta semana. Asegurada la amplia repercusión mediática, presentarse como un deportista lesionado que trata de recuperarse lo antes posible mueve a la simpatía y al apoyo. El único problema es que la comparación no es la más ajustada a la realidad.

La más ajustada sería otra: Rajoy es el entrenador de un equipo que va perdiendo por goleada a poco de empezar el partido y cuya afición comienza a silbarle de manera atronadora porque es incapaz de reformular de forma coherente la actuación de sus jugadores ante la habilidad del contrario para poner en marcha diferentes fórmulas de ataque con las que se planta continuamente en el área y mete gol. Asediado por la situación, el míster solo acierta a lamentarse de que él no puede hacer más y a pedir que vengan otros a solucionarle la papeleta. No está lesionado, simplemente es que no sabe por donde tirar. Y a cada lamento, más abultado se hace el marcador en contra.

Así no se puede seguir ni un minuto más, porque, a este paso, España será incapaz de financiarse a corto plazo hundida por el creciente peso de la deuda (capital e intereses, no lo olvidemos), las grandes empresas españolas estarán al borde de ser compradas por cualquiera a la vista de que sus acciones valdrán cuatro euros (no literalmente, claro) y las consecuencias las pagarán todos los ciudadanos en el contante y sonante de su vida cotidiana.

El rescate bancario de nuestro país era necesario, pero no suficiente. Así que, aprovechando la incapacidad de la UE para aplicar con urgencia sus propias decisiones, los especuladores de siempre (los que ya nos atacaban con el Gobierno anterior y lo siguen haciendo con este) utilizan la situación para acrecentar sus beneficios especulativos astronómicamente. Y mientras, se tocan la lira como si el tiempo pudiera arreglar el desastre.

Por ejemplo, ¿cómo es posible que la Comisión Nacional del Mercado de Valores no prohibiera los movimientos especulativos de los tiburones financieros en la bolsa hasta bien entrado el lunes 23 de julio? ¿Por qué no antes? ¿Cuánto dinero han perdido los pequeños inversores por culpa de tal inacción?

Sobre la deuda: algunos nos quieren llevar al rescate total, ya lo sabemos. Pero no es el caso de Alemania o del Banco Central Europeo, entre otras cosas porque Berlín tendría que poner buena parte del dinero para llevarlo a cabo. Eso sí, entre el bueno, bonito y barato de que el BCE compre deuda pública sin mayor compromiso por parte de Madrid (y de Roma, claro) y tal rescate hay una solución intermedia hacia la que Merkel, Draghi y otros nos están empujando a ojos vista: solicitar que los fondos de rescate europeos la adquieran en los mercados primario y/o secundario (esto último podría hacerse de forma inmediata), eso sí, comprometiéndose a cumplir las exigencias de Bruselas en los procedimientos de déficit excesivo y por desequilibrios macroeconómicos que tiene abiertos España, no lo olvidemos.

Con una pequeña compra, los especuladores recibirían un fuerte correctivo y pondrían pies en polvorosa. Recordemos que este lunes solo se movieron 150 millones de euros en el mercado de deuda, frente a los 7.000 de algunos momentos de 2011. No sería necesario un bazooka, sino un simple revólver.

Puede que al Gobierno le cueste dar ese paso, convencido de que le supondrá un nuevo desgaste. Pero el tiempo apremia para el Estado y para los ciudadanos que ven cómo se esfuman sus ahorros actuales y futuros.

La metáfora del deporte sirve: esa es la nueva táctica que tendría que poner en marcha el entrenador si no quiere que al final la goleada sea de escándalo.