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¿El populismo toma el Gobierno en Londres?

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Foto de la primera ministra de Reino Unido Theresa May/EFE

Aterrizo en Madrid procedente de Montreal y lo primero que recibo al abrir El País es un bofetón en mis valores. No me lo da el periódico, claro, sino los protagonistas de una noticia que informa de que el Reino Unido, según su ministra del Interior, Amber Rudd, se apresta a establecer restricciones para la contratación de extranjeros en sus empresas.

Según la ministra conservadora de la primera ministra May, el objetivo de tales medidas sería evitar que los extranjeros les quiten el trabajo a los británicos y entre ellas se encontraría, por ejemplo, obligar a las empresas a publicar el número de trabajadores extranjeros que emplean. Algo similar se haría con las universidades, endureciendo la política de visados para estudiantes.

No satisfechos con ello, el titular se Sanidad confirma su intención de reducir la "dependencia" del Sistema Nacional de Salud de médicos y enfermeros extranjeros, y su colega de la cartera de Trabajo se niega a garantizar los derechos de los dos millones de ciudadanos de otros países de la UE residentes en el Reino Unido pues, según sus lamentables palabras, "serán una de las mejores cartas" de Londres en la negociación de su abandono de la Unión.

Mi indignación y vergüenza por estos propósitos del Ejecutivo británico, de evidentes tintes xenófobos, crece porque vengo de de participar en la III Cumbre Global de Think Tanks, que ha buscado respuestas al populismo, el nacionalismo y el proteccionismo y ha tenido lugar en Canadá, precisamente el país que hace de la INCLUSIÓN y la APERTURA sus señas de identidad, con notable éxito, ahora de la mano del primer ministro Justin Trudeau.

Malos tiempos se avecinan para los británicos: fuera de la Europa unida y a la intemperie frente a políticas de división y exclusión.

Sin embargo, no me sorprenden, porque las principales consecuencias catastróficas del referéndum del 23 de junio no las terminará pagando la UE, sino el Reino Unido en su libertades y su cohesión social, entre otras cosas porque el Gobierno conservador -en el que se sienta un ministro de Exteriores conocido por su insultos y mentiras al frente de la Campaña que precedió a esa consulta- ha comenzado a hacer suyos los peores argumentos de los populistas que defendieron la salida.

Cometen el mayor error de un demócrata frente a los demagogos, los racistas y los xenófobos: tratar de frenarles robándoles los argumentos. De esa forma, aquellos consiguen desnaturalizarse y estos ven realizados en forma de decisiones de gobierno o programas políticos de los adversarios sus objetivos más inaceptables. Los británicos inventaron el nombre de tal despropósito: appeassement, apaciguamiento. No me cansaré de repetirlo y de recordarlo.

Innegablemente, muchos británicos votaron a favor de la salida de la UE por considerarse perdedores de la globalización y la crisis, identificando a Europa -en mi opinión, con cierta razón- con la austeridad a ultranza y los recortes sociales. Pero otros lo hicieron compartiendo ideas que no casan con una sociedad democrática moderna, intercultural, tolerante y abierta al mundo. Negarlo es no querer ver la realidad que amenaza al Reino Unido.

Por esa vía, malos tiempos se avecinan para los británicos: fuera de la Europa unida y a la intemperie frente a políticas de división y exclusión. Las fuerzas que defendieron la permanencia no pueden tardar en movilizarse contra ellas, incluyendo a laboristas, liberales y aquellos conservadores que no quieran servir a Nigel Farage por persona interpuesta.

Antes que ver a un solo extranjero -terrible palabra en manos de un populista-, comunitario o no, señalado como culpable del delito de querer trabajar o estudiar, sea un médico, un investigador, un fontanero o un administrativo, en el Reino Unido, la UE debería levantar la voz para denunciar que los propósitos del Gobierno conservador son contrarios a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión (en la que todavía están), a los tratados internacionales y a los valores de la democracia. Y, desde luego, recordar a Londres que la gente no se puede utilizar como moneda de cambio en una negociación, y que tienen la puerta abierta para irse.