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El Reino Unido necesita elecciones anticipadas

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Foto: EFE

Vaya por delante mi reconocimiento al presidente de la Comisión, Juncker, por las reacciones simbólicas que está protagonizando en estos días posteriores al referéndum británico. En política europea conviene a veces resumir en un gesto lo que muchos complicados discursos no podrían expresar adecuadamente y en poco tiempo. Una de las reacciones de Juncker -tan demonizado injustificadamente por algunos sectores en nuestro país hace ahora dos años-, preguntando en el pleno del Parlamento Europeo a Farage qué hacía todavía por allí, ha ocupado un enorme espacio mediático.

Pero hay otra que no ha corrido tanto y es todavía mejor: en su rueda de prensa posterior al Consejo Europeo, una periodista le formula la última pregunta: "¿Es el referéndum el principio del fin de la UE?", a lo que Juncker responde escuetamente "No", da las gracias, recoge los papeles y se va en medio de un atronador aplauso de los informadores.

Creerse el ombligo del mundo no suele traer buenas consecuencias y, lamentablemente, los antieuropeos británicos, desde sus líderes a sus votantes, pasando por la prensa de cloaca -como allí se denomina a los periódicos amarillos- estaban convencidos de serlo. Esta vez la niebla no aísla al continente, porque lo que no permite ver bien es el futuro inmediato del Reino Unido. Por eso, la pregunta de marras tenía seguramente toda la mala intención, y Juncker, político experimentado, supo verlo tan claro como los periodistas que vitorearon su respuesta.

¿Qué mala intención? Evidente: contaminar a toda la UE con el voto del referéndum. Eso precisamente es lo que las instituciones comunitarias están tratando de evitar y, de momento, lo están consiguiendo. Pero esto no ha hecho más que empezar, queda el 99'99 por ciento del camino por recorrer.

Sabemos que al final siempre triunfa la democracia y quienes la ejercen de forma leal y responsable.

Si alguno de los responsables del Leave -Michael Gove- se convirtiera en primer ministro sucediendo en el cargo a Cameron, sepamos desde ahora mismo que utilizará todas las malas artes empleadas en la campaña para complicar la negociación del Tratado de salida, alargarla, cargarla de demagogia, aprovecharla para complicar la situación política otros estados miembros, buscando -sería para ellos una bendición- rentabilizar la preocupación que generaría una hipotética victoria de Trump en noviembre, y así hasta un largo etcétera. Moverán hilos con Le Pen y De Wilders, con Orban y los herederos de los Kaczinsky, esa galería de los horrores que nos ha crecido en los últimos tiempos.

Serán los mismos tipos que han actuado con mala fe, deshonestidad y desfachatez mintiendo de forma descarada a los electores, utilizando el fenómeno de la inmigración para desatar tendencias xenófobas. Unos tipos a los que no deberíamos reírles ni una sola de sus gracias.

Sabemos que al final siempre triunfa la democracia y quienes la ejercen de forma leal y responsable. Pero aquí estaremos hablando no del largo plazo, sino del corto. Por eso será imprescindible que las familias políticas europeístas, las instituciones comunitarias y los estados más favorables a la construcción europea se coordinen bien y sean firmes en la negociación, porque frente a ese tipo de personajes no hay que mostrar contradicciones o debilidades que utilizarán sin límite ni escrúpulos.

Precisamente por eso sigo pensando que lo más sensato sería para el Reino Unido celebrar elecciones generales en otoño y que a ellas se presentaran los partidos con un programa claro: una vez celebrado el referéndum consultivo, que cada ciudadano vote por ratificar o no su resultado, eligiendo un parlamento para actuar en consecuencia. Así sabríamos a qué atenernos los europeos y los ciudadanos británicos podrían pronunciarse, ahora sí, con todas cartas sobre la mesa sobre si quedarse o marcharse.

En democracia no deben sobrar oportunidades para que la ciudadanía se pronuncie, menos aún en momentos cruciales de la vida de un país. Estoy seguro de que, en esas circunstancias, la afluencia a las urnas sería masiva en todos los lugares y todas las edades, los partidos habrían aclarado sus liderazgos y ya no habría vuelta de hoja sobre lo que finalmente se decidiera. No creo que a la democracia más parlamentaria del mundo le sobren unas elecciones cuando se está jugando, incluso, su futuro como nación (e influyendo sobre el del resto).