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Europa: no es la hora del miedo ni del 'appeasement'

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Foto: EFE

Lo peor es tener miedo: si la respuesta de la UE a los enormes desafíos que tenemos por delante se basa en el miedo, no saldremos bien parados.

En ese caso, ganarán la partida los que juegan con el temor y la angustia de la ciudadanía, precisamente quienes representan la mayor amenaza política a la que nos enfrentamos: los partidos de extrema derecha y perfil populista que promueven un discurso antieuropeo, racista y xenófobo y, mal que nos pese, avanzan electoralmente en muchos países.

Responder a su discurso con menos Europa, con menos democracia o con menor integración sería volver a caer en el tremendo error del appeasement, que ya se pagó con creces hace décadas.

Que se lo pregunten si no a David Cameron, víctima de intentar apaciguar a los antieuropeos británicos con paños calientes: no los aceptaron y terminaron ganando el referéndum del 23 de junio, una de las principales victorias del discurso demagógico y reaccionario en la historia de la UE y de la democracia.

La alternativa al miedo no es la temeridad, por supuesto. Pero sí lo es la determinación.

¿Determinación para qué? Para que prevalezca el modelo democrático y social que nos ha convertido en el espacio más avanzado del Planeta.

Con ese objetivo, la unión debe ejercer a fondo sus competencias actuales y dar respuesta a las necesidades y demandas ciudadanas. Las decisiones respecto a Apple o el roaming van en esa dirección. Pero no son suficientes. Hay una imprescindible que empieza a abrirse paso: cambiar la política de austeridad a secas por otra de crecimiento. El Banco Central Europeo ha sido clave para garantizar que el euro está para quedarse. Pero, como señaló Mario Draghi hace unos días, las masivas compras de deuda por parte de la entidad que preside no nos sacarán del estancamiento si no van acompañadas de nuevas políticas fiscales. Bruselas y Berlín deben entenderlo.

A Farage, Marine Le Pen, Grillo, De Wielders, Alternativa por Alemania y otros tantos amigos a este lado del Atlántico de Donald Trump, se les debe derrotar en un combate político por defender, mejorar y profundizar la UE que hemos construido.

Al tiempo que con una mano la Unión actúa en el día a día, en el corto plazo, con otra tiene que ofrecer un proyecto de futuro que vaya más allá de lo que es hoy, que supere las limitaciones que le impiden ser más eficaz. Las dos direcciones no son contradictorias, sino convergentes.

Subrayar la utilidad de la unión en la vida cotidiana requiere acertar cada semana, pero también definir lo que finalmente queremos ser.

La UE tiene que ofrecer un proyecto de futuro que concite el apoyo de una amplia coalición europeísta que incluya a los estados más avanzados, las instituciones comunitarias, los grandes partidos políticos proeuropeos, las organizaciones sociales y la sociedad civil. Un proyecto que tenga como objetivo culminar la unión política completando la unión económica y construyendo de una vez la unión social.

Para ese proyecto (que me gusta llamar federal), hará falta la voluntad política de todos esos actores. Y habrá que exigirles que la tengan y la apliquen.

Tal y como previsiblemente propondrá el Parlamento Europeo, en ese camino la convocatoria de una Convención para 2017 (en el XV aniversario de la Convención Constitucional) será un elemento clave de impulso, debate, participación y transparencia.

A Farage, Marine Le Pen, Grillo, De Wielders, Alternativa por Alemania y otros tantos amigos a este lado del Atlántico de Donald Trump, se les debe derrotar en un combate político por defender, mejorar y profundizar la UE que hemos construido desde manifiestos como el de Ventotene y Tratados como el de Lisboa, que ponen letra a nuestros valores.

Como nunca les derrotaremos es acobardándonos o achatando nuestras ambiciones. Sería bueno que la Cumbre de Bratislava empezara la reflexión desde ese punto de partida.

Y a España, para esa tarea apasionante, se la espera, sencillamente, porque es imprescindible.