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Independencia contra democracia

29/10/2015 07:25 CET | Actualizado 28/10/2016 11:12 CEST

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Mesa del Parlament en el momento de abordar la resolución sobre el inicio del proceso de independencia de Cataluña/EFE.

Son muchas cosas importantes las que están en juego con el desafío planteado por los independentistas catalanes. Eso lo sabemos todos. Pero conviene evitar que el árbol nos impida ver el bosque y seamos capaces de priorizar en el debate lo que está más en peligro: la democracia.

En los procesos secesionistas planteados en la historia en estados gobernados por la democracia, ha sido la propia existencia de esta lo que se ha cuestionado en el fondo, incluso con argumentos que supuestamente pretendían defenderla. Un ejemplo lo tenemos en los Estados Unidos: los que han visitado el monumento a Lincoln en Washington y han leído el Discurso de Gettysburg grabado en sus paredes recordarán sus últimas palabras, que afirman que los caídos en ese campo de batalla lo hicieron para que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no desapareciera de la faz de la Tierra. Esa era la principal preocupación del presidente norteamericano: no la abolición de la esclavitud, ni la ruptura la Unión, sino el mantenimiento de la democracia.

Salvadas todas las distancias históricas con ese ejemplo, quienes propugnan hoy la independencia de Cataluña buscan antes que nada pasar por encima de la democracia; de la española y, en su marco, de la catalana. Primero, porque pretenden anteponer su voluntad a la de la mayoría de los ciudadanos españoles, que se expresa a través de la Constitución y sus procedimientos; segundo, porque desean imponer su minoría a la mayoría de los catalanes; y tercero, porque pretenden hacerlo asumiendo poderes que no tienen, pues nadie ni nada, ni los españoles, ni los catalanes, ni la Constitución ni el Estatuto, les ha otorgado.

De manera que su hipotético triunfo abriría una etapa de total inseguridad para aquellos a los que dicen representar sin que se lo hayan pedido. Hoy decidirían por sí sobre la independencia y mañana sobre cualquier aspecto público o privado, de forma que los ciudadanos, empezando por los habitantes de Cataluña, se verían privados de las garantías que las leyes en vigor, empezando por la Constitución y el Estatuto, les reconocen. Pasarían a vivir sin democracia, en un sistema autoritario en el que una minoría podría, una vez llevada a cabo la mayor, imponer sus decisiones sin control.

Es decir, lo que los independentistas que promueven la Declaración del Parlamento de Cataluña protagonizan es un golpe contra la democracia que reconquistamos en 1977 y nos ha permitido alcanzar niveles de libertad, solidaridad y progreso desconocidos en la historia de España. Por eso, como ciudadanos libres, los españoles en su conjunto y los catalanes particularmente deben decir no a esta intentona. Con el estado de derecho en la mano, con la inteligencia política (incluida una futura reforma federal de la Constitución, si es preciso), con los argumentos de una sociedad avanzada como la nuestra, hay que decir no.

La UE también se juega mucho en esto. Está claro que nunca reconocerá una independencia unilateral y jamás se abrirá a admitir a quien provenga de ella. Pero tiene que ir más allá: la defensa de la democracia no es solo un asunto de los españoles, sino de todos los europeos, porque su desaparición en una parte de su territorio degradaría la del conjunto y alentaría a quienes en otros estados tratarían de violentarla de igual forma.

Por eso, unidad es lo que requiere el desafío: la misma de todos los demócratas cada vez que la democracia ha estado en peligro.

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