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May en Downing Street: ¿esperando a Donald Trump?

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Foto: EFE

Se abre una etapa oscura en el Reino Unido. Muy oscura, la verdad. Las primeras actuaciones de Theresa May como primera ministra británica no dejan lugar a dudas: su primer discurso en la puerta de su residencia y el nombramiento de Boris Johnson como ministro de Asuntos Exteriores no dejan lugar a dudas de los malos tiempos que se avecinan para el país.

Así que comprendo perfectamente la angustia y la indignación de millones y millones de británicos al atisbar cómo el fantasma de Margaret Thatcher retorna a Downing Street y observar con estupor cómo un político sin escrúpulos como Johnson, que mintió con la más absoluta desfachatez y utilizó sin empacho argumentos xenófobos en el referéndum sobre la permanencia en la UE, será el encargado de representarles oficialmente en el mundo.

El referéndum solo ha sido el primer acto de una tragedia. Vendrán más de la mano de un Partido Conservador que juega con fuego a costa del presente y el futuro de la nación para solventar sus luchas internas. Asistimos a una representación teatral en la que el público ve entrar y salir de escena a personajes que mienten a cada momento: ahora es evidente que Johnson solo se retiró para pactar con May su apoyo a cambio de ocupar la única cartera que cualquier actitud responsable debiera haberle negado.

May quiere ser la primera Ministra del 51 % de los electores que votaron salir en el referéndum. Y para ello ha decidido volver a los tiempos del liberalismo a ultranza de Thatcher y no dudar ni por un instante en salir de la UE.

Por esa vía, profundizará en la enorme división existente en el Reino Unido entre quienes han votado salir y los que han votado quedarse, entre los beneficiados y los perjudicados por la crisis. No va a unir a la sociedad, la va a partir en dos mitades. Y todo para recuperar los votos que el UKIP de Nigel Farage (el único honesto dentro de su lógica en la campaña a favor de la salida en el referéndum) le había robado al Partido Conservador.

La única esperanza es que el Partido Laborista sea capaz de renovarse de forma convincente para encabezar una alternativa progresista y proeuropea al vuelco derechista que encarna May.

El brusco giro a la derecha que diseña May está cantado y cabalgará a lomos de la desafección a Europa y de la inmigración. Convocará a los peores instintos que han dominado la campaña del referéndum. Los mismos que probablemente la terminen devorando. ¿Cuánto tiempo tardará Boris en reemplazarla tras haberla apuñalado repetidamente?

Si a un londinense puede aterrorizarle, con razón, lo que se avecina, imaginemos lo que estarán sintiendo en estos momentos los escoceses. Si May va a dividir aún más a la sociedad británica, es más que probable que su política termine convirtiéndola en primera ministra de un Reino Unido que no será el que conocemos, en el que no estará Edimburgo.

La única esperanza es que el Partido Laborista sea capaz de renovarse de forma convincente para encabezar una alternativa progresista y proeuropea al vuelco derechista que encarna May. Una alternativa que deberá construir con las otras fuerzas que representan al Reino Unido moderno, solidario, europeo y cosmopolita que todos deseamos fuera de sus fronteras: los liberales y los verdes.

Los europeos que consideramos a los británicos como uno más de nosotros debemos ser conscientes de lo que nos espera. Empezando por las instituciones comunitarias, cuya primera obligación -frente a la provocación que encarnará Johnson a cada paso- será mantener la cabeza fría para preservar los intereses de la UE en todo momento, evitando la contaminación a la que los antieuropeos británicos aspiran y manteniendo siempre el deseo de que el Reino Unido forme parte de la familia comunitaria, como así lo quiere la mitad de su población a tenor del resultado del referéndum. Este es un camino en el que la última palabra no está dicha.

Lamentablemente, puede que a May le convenga lo que todos los demás no deseamos: una victoria de Donald Trump, lo confiese o no. Ello le ayudaría enormemente a poner en marcha su agenda, ayudada por un huracán en el que los valores que encarna la UE -los mismos que representaba la diputada Jo Cox hasta su asesinato- tendrían que resistir frente a viento y marea. Ojalá que Hillary Clinton y la oposición británica se lo pongan tan difícil como para hacerla fracasar. A ella y a su "Bruto" Boris Johnson, claro.