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Banksters en el Congreso

26/07/2012 09:29 CEST | Actualizado 24/09/2012 11:12 CEST

2012-07-24-economist.jpg La portada de un reciente número del semanario británico The Economist era sintética: Banksters, un ingenioso juego que conjugaba banqueros y gángsters en inglés. El dibujo que lo acompañaba simulaba a seis agresivos banqueros vestidos de negro, con traje de chaqueta al estilo del clásico de Tarantino Reservoir Dogs. En la genial cinta la víctima de esta banda de atracadores era un banco. Pero en la versión real a la que asistimos en esta crisis la víctima elegida es de mayor envergadura: nuestra propia democracia.

Esta semana han comenzado a desfilar por el Congreso de los Diputados algunos de nuestros Banksters; políticos y banqueros sobre los que hay sospechas por su relación con el entramado Bankia. Este caso, y el armazón político que lo rodea, será en el futuro el paradigma con el que historiadores explicarán la decadencia que conduce a España hacia el abismo; cierra el triángulo de nuestro triple deterioro: económico, moral y político.

El sector financiero ha reafirmado su abrumador poder en esta crisis, a pesar de ser su causante. Sus prácticas eran conocidas: remuneraciones desorbitadas para unos pocos, presencia mínima de mujeres en sus consejos de administración (Bankia tenía 2 consejeras de un total de 18) y una práctica de prestar más dinero del razonable. Pero sus efectos nos han cogido por sorpresa: de la profundidad del agujero que deja Bankia y otras entidades financieras hablarán nuestros hijos.

El mundo financiero pertenece a otro universo. Sus élites constituyen una suerte de jinetes del capitalismo, capaces de sortear el contexto de crisis y austeridad que sacude a la mayoría de la sociedad. En el año 2011 el sueldo medio en los consejos del Ibex fue de 7,5 millones de euros, un 5% más que en 2010, con una retribución media por consejero de 522.000 euros (un 4,4% más que el año anterior). De hecho, también son especialistas en cabalgar a igual ritmo con gobiernos de distinto signo.

Ahora circula un mantra que pretende matizar la responsabilidad del mundo financiero: "Todos vivimos por encima de nuestras posibilidades". Desde luego unos más que otros. Pretender equiparar la responsabilidad de quienes diseñaron productos financieros complejos y poco fiables, con la de clientes no familiarizados con las finanzas que mordieron sus anzuelos es una pretensión demasiado fácil de desmantelar.

Pero, ¿qué es lo que hay en juego? En la medida que el sistema no logre repartir los costes de la crisis y ajustar cuentas con su causante, el sector financiero corre el riesgo de no poder satisfacer las demandas de justicia más básicas de una población mayoritariamente en apuros. Sin embargo, la experiencia en otros países demuestra lo complicado de atar en corto a estos reyes del universo.

Madofff, el estafador neoyorkino, debe sentirse muy solo en la cárcel de Butner, Carolina del Norte. En Estados Unidos es ampliamente aceptado que había grandes bancos que, en el mejor de los casos, conocían los riesgos asociados a su actividad y probablemente colaboraron con la estafa. Sin embargo, sólo Madoff, un tiburón financiero de segunda, ha dado con sus huesos en la cárcel. Por otro lado, la mayoría de sus víctimas tampoco ha logrado recuperar su dinero (un anticipo del difícil camino que tienen por delante las víctimas de las "preferentes" en España). Tampoco en Islandia, donde se despertó la ilusión de que el sector financiero pagaría por la catástrofe, se ha logrado de verdad tan noble empresa.

La ansiedad social por mecanismos que distribuyan las cargas de este agujero es proporcional a las crecientes dificultades que se avecinan. Los ciudadanos no están dispuestos a soportar consecutivos hachazos en sus derechos al tiempo que los causantes quedan impunes y continúan con sus obscenos ritmos de vida. Pero ¿qué posibilidades tiene el sistema de ajustar cuentas con nuestros Banksters?

En España, los tentáculos del mundo financiero son particularmente poderosos. Las Cajas de ahorro, con loables programas sociales en el exterior y notable oscuridad en su interior, han sido el tablero de juego de partidos y sindicatos que, atrapados por las mieles del dinero rápido y fácil, asisten ahora a su peor desafío: o se esmeran en aclarar este engorroso asunto, "caiga quien caiga", o su divorcio con la sociedad alimentará el populismo y la desafección. Es muy revelador que hayan sido un movimiento ciudadano, el 15M, y un partido outsider, UPyD, quienes hayan llevado a los tribunales a Bankia.

Este deterioro democrático corre el peligro de quedar relegado en un segundo plano y ser atendido cuando quizás el paciente esté demasiado enfermo. Sobran agencias de calificación y faltan observatorios de nuestra calidad democrática y la salud de nuestros partidos. El despertar del ciudadano indignado es una manifestación de la baja salud de nuestro sistema de partidos, pero solo debe ser el comienzo de una tarea hercúlea: la regeneración de nuestra democracia.