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Mi fin de semana 'en guerra' en Bruselas

23/11/2015 12:15 CET | Actualizado 23/11/2016 11:12 CET

Tras una larga semana con muchos análisis circulares y justificada psicosis tras los ataques de París, el viernes dormí placidamente, algo anestesiado tras asistir a una degustación de vinos franceses en Rob, un supermercado gourmet en Woluwé-Saint-Pierre, uno de los barrios acomodados de Bruselas. Había en el ambiente serios dilemas. ¿Compro una botella de Bordeaux o una de Languedoc? ¿Mejor me llevo las dos?

Hasta el viernes mi vida la dictaba en gran medida yo mismo y disponía de mi tiempo como mejor me parecía. Mi libertad, esa gran bendición que brilla con especial intensidad en Europa y que produce envidia en tantos rincones de la tierra; esa libertad que nos permite movernos de un lado para otro para emprender nobles causas o simplemente contar hojas por el parque o comprar botellas de vino sin que pueda perturbarnos ningún iluminado, se disolvería como un azucarillo en las próximas horas.

Me desperté el sábado y de repente era domingo. Un domingo extraño desde luego. ¿El primero de este tipo de domingos que nos esperan? Las tiendas estaban cerradas. Las calles bastante desiertas y había policía y soldados armados hasta los dientes por todos lados. Mientras yo dormía, el Gobierno había decretado el estado de máxima alerta en Bruselas ante el riesgo "inminente" de un ataque terrorista de estilo parisino. Museos cerrados, espectáculos cancelados, comercios también con la persiana bajada, restaurantes, cines, teatros, gimnasios, el metro... Ciudad fantasma.

Llamé al club de tenis para ver si estaba abierto. "De momento sí". Sin apenas tráfico, llegué en tiempo récord al Bois de la Cambre, uno de los grandes parques de Bruselas. Comenzaba a nevar levemente. El restaurante del club, siempre animado los sábados a medio día, estaba casi vacío. Y había pistas libres. Raro. "Algunos se han quedado en casa", me asegura el encargando quitando hierro al asunto. A mí me parecieron más que unos pocos.

Le propongo a mi amigo Iker jugar todo el partido con una pelota reservada en el bolsillo de forma que si entran en las pistas con un Kalashnikov tengamos al menos una "bala" para jugarnos nuestra suerte. "Debemos apuntar a sus ojos", propongo. Él es más partidario de apuntar debajo de la cintura. El humor ha sido una constante durante el fin de semana como un mecanismo para evadir el nerviosismo.

Tras el partido cancelamos la comida en Les Brassins, uno de mis restaurantes favoritos en Bruselas. Sirve comida típica belga y tiene un gran menú de cervezas. Está escondido en una calle poco transitada tras la plaza Saint-Boniface y a pocos metros de la casa donde nació Audrey Hepburn. Hoy no es el día. Paso por un Carrefour que está abierto y compro pan. Pregunto a la cajera si han venido menos clientes y nerviosa me dice que no sabe nada y que acaba de llegar. ¿Se habrá sentido intimidada con mis rasgos españoles?

Comemos en mi casa y pasamos ahí la tarde. Nadal pierde contra Djokovic y el Barcelona le da un repaso al Madrid. Los grupos de WhatsApp hierven pero no hablan de deporte. Algunos envían vídeos con modelos de pistolas belgas, no en vano vivimos en uno de los principales productores de armas de Europa. Evocando a Donald Trump, un amigo sugiere que nos hagamos con la "diplomática", una pistola diminuta que cabe en el bolsillo más pequeño. Seguimos haciendo bromas pero, ¿y si terminamos como en el Far West en la nueva era en la que parece que nos adentramos en Europa?

A la noche es el cumpleaños de mi amiga Marta. Nos ha citado cerca de mi casa, en un bar de vinos corsos en la plaza Fernand Cocq. Dos horas antes nos escribe al grupo y nos pregunta si seguimos adelante. Ha llamado al corso y abre. Salimos a la calle y no es sábado por la noche. La mayoría de restaurantes y bares están cerrados. A la reunión han faltado tres que han preferido no salir de casa. Aunque Marta no ha reservado el bar para nosotros, somos sus únicos clientes. Lo intentamos, pero no podemos evitar hablar de la parálisis de la vida cuando una ciudad se cierra y el miedo toma sus rincones y sus cafés. Algunos de mis amigos entienden al Gobierno belga y las medidas drásticas que ha tomado. Otros están indignados con la "sobreactuación".

El corso nos echa sobre las 12:30 y vamos a The House, en la misma plaza, uno de los pocos bares en Bruselas donde sirven Gin Tonics decentes. Pero está cerrado. La calle está desierta. Nos vamos cada uno a casa. Nunca mi grupo de amigos se disolvió tan temprano un sábado por la noche.

El domingo transcurrió tranquilo en casa, sin El País, que sigo comprando una vez a la semana. Filigranes, una librería muy transitada en el barrio de Ixelles, lleva cerrada todo el fin de semana. Tras un día y medio en nuestra nueva vida en guerra, la gente comienza a preguntarse hasta cuándo va a durar esta situación. ¿Qué tiene que suceder para que volvamos a la normalidad? No parece razonable que sin ninguna detención relevante el Gobierno pueda deshacer las medidas excepcionales que ha impuesto dado que el peligro anda todavía suelto.

A la noche se producen varias operaciones policiales. Hay mucha confusión y el Gobierno pide a los periodistas y a los usuarios de las redes sociales que hasta que no concluyan su trabajo no den información sobre el operativo para no ponerlo en riesgo. Los belgas, descendientes de los cuadros de Magritte, dominan el surrealismo a la perfección y saben reírse en los peores momentos. A la petición de silencio han respondido inundando Facebook y Twitter con tiernos gatitos. Los hay de todos los tipos.

Tras las 19 operaciones policiales hay 16 detenidos, pero las fuerzas de seguridad no han encontrado armas ni han logrado dar con Salah Abdeslam, uno de los terroristas que sembró el terror en París hace una semana y volvió después a Bruselas. Sigue suelto. Y hoy lunes sigue la alerta. Colegios, universidades, guarderías, el metro y muchas líneas de autobús y tranvía siguen sin funcionar. ¿Es esto un aperitivo de la nueva vida que nos espera en las capitales europeas?

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