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Rescatar a Alemania

16/01/2016 09:54 CET | Actualizado 16/01/2017 11:12 CET

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Pancarta utilizada en una manifestación xenófoba contra la presencia de refugiados en Alemania. JAN WOITAS/EFE

Ha coincidido en el tiempo la reedición de Mein Kampf, el sanguinario panfleto de Adolf Hitler -prohibido en las librerías alemanas desde la II Guerra Mundial- con el momento de máxima tensión racial vivido en Alemania en las últimas décadas. Crece la extrema derecha y la división social no deja de aumentar conforme más difícil parece el desafío de integrar en la sociedad alemana al más de un millón de refugiados que han llegado al país en el último año. Por una vez, es Alemania la que necesita ayuda urgente del resto de europeos.

El pasado alemán, con sus complejos, sus miedos y sus dudas, siempre vuelve. El temor de los alemanes a sí mismos no ha desaparecido del todo. Lo sucedido en Colonia la noche del 31 de diciembre y los días posteriores constituyen una buena prueba de ello. Unos grupos de hombres, entre los que había solicitantes de asilo e inmigrantes, sembraron el terror en el centro de la ciudad robando, intimidando y abusando sexualmente de cientos de mujeres. La policía no detuvo a ningún sospechoso aquella noche y lo ocurrido pasó inadvertido durante varios días. Es probable que una de las principales causas de esa opacidad policial e informativa inicial fuera el temor a desatar una ola de ataques contra inmigrantes.

El fin de semana pasado, una marcha organizada en Colonia por Pegida, el grupo de extrema derecha alemán que hace campaña contra los refugiados, terminó en enfrentamientos violentos con la policía. En la misma ciudad se registraron varios ataques contra inmigrantes. Dos paquistaníes y un sirio resultaron heridos. Solamente en el 2015 se registraron más de doscientos ataques contra centros de refugiados en Alemania de los que en la mayoría de los casos no se ha condenado a sus culpables. Las elites alemanas discuten medidas urgentes ante el temor de que la espiral de ataques aumente.

Desde que en un momento de parálisis entre los líderes europeos Merkel decidiera dar un valiente golpe moral sobre la mesa al anunciar el pasado verano que Alemania aceptaría a todos los refugiados sirios que lleguen a Alemania, se ha disparado el número de llegadas al país. 1,1 millones lo han hecho en 2015. En la actualidad se calcula que unos 3.200 refugiados llegan cada día a Alemania. El flujo no disminuirá sustancialmente en el futuro.

Las dificultades políticas de Angela Merkel para ser comprendida por sus conciudadanos y partidos políticos (incluido el suyo propio) no dejan de multiplicarse.

El 2016 y los años posteriores no serán muy distintos al 2015. Incluso aunque se logre una difícil paz en Siria y Turquía cumpla con el acuerdo que ha firmado con la UE por el que se compromete a mejorar la vigilancia de sus fronteras y reducir el número de refugiados hacia Europa, seguirán siendo miles quienes en Oriente Medio y el norte de África tratarán de huir de la violencia y de la miseria y mirarán al norte. La búsqueda de una vida mejor constituye un idéntico reflejo natural al que tuvieron en otros tiempos los millones de europeos que marcharon sobre todo a América. Como resume Gideon Rachman, comentarista-jefe de internacional del Financial Times, "en los siglos XVIII y XIX, los europeos poblaron el mundo, ahora el mundo está poblando Europa".

Las dificultades políticas de Angela Merkel para ser comprendida por sus conciudadanos y partidos políticos (incluido el suyo propio) no dejan de multiplicarse. Merkel concluyó el 2015 con un importante discurso en el Congreso de su partido. El 14 de diciembre, entre miradas de escépticos delegados que hasta hace poco seguían sin rechistar el liderazgo de una imbatible canciller -no en vano ha sido calificada por la revista Forbes como la mujer más poderosa del mundo- Merkel compartió la visión que tiene sobre cómo debe ser Alemania: "Un país abierto, curioso, tolerante, apasionante... Un país que mira también al mundo con los ojos de los otros, que ayuda a las personas en situación de dificultad". También admitió que integrar a un millón de refugiados será una "tarea de titanes".

El reto no será nada fácil porque una importante parte de la sociedad alemana no está nada contenta con la política de acogida de refugiados. La última maniobra política contra la canciller la han llevado a cabo desde un pueblo al sur de Alemania, Landshut. El jueves pasado, el responsable del distrito, Pete Dreier, tras múltiples quejas ciudadanas, fletó un autobús con 31 refugiados sirios hasta las puertas de la oficina de la canciller en Berlín. Calificando la medida como "acto desesperado", Dreier afirmó: "Es hora de fijar un límite".

Tras los ataques de Colonia el Gobierno alemán estudia medidas para responder al creciente descontento de muchos alemanes. Se estudian planes para que los solicitantes de asilo que cometan delitos vean truncados sus deseos de quedarse en el país. También el Gobierno dotará a los refugiados de un carné de identidad a su llegada para evitar que no puedan ser identificados. Pero, más allá de poner en marcha estas medidas defensivas, los líderes alemanes saben que la única forma en que se podría reducir el número de refugiados que llegan a Alemania sería mediante un plan europeo que reparta de manera proporcional a los refugiados.

Hay dos buenas noticias y una mala. El plan europeo de reparto de refugiados ya existe y una envejecida Europa necesita nutrirse de jóvenes para engrasar su economía y mantener sus pensiones. En otras palabras, Europa podría hacer de la necesidad virtud al integrar a miles de refugiados e inmigrantes económicos que llegan a sus fronteras. La mala noticia es que el plan europeo no está funcionando -tan sólo se han distribuido 272 de los 160.000 refugiados programados desde el mes de octubre- y hay en Europa unas fuerzas políticas que están mostrando una extraordinaria resistencia a tender la mano a los huidos de la guerra.

En un discurso para anunciar las prioridades de la Comisión Europea para este año, su presidente Jean Claude Juncker ha denunciado hoy que los Estados Miembros han "fracasado en el reparto de refugiados". En un mensaje que da idea de la desesperación que tiene la Comisión por lograr la cooperación de los Estados miembros en esta materia, Juncker ha llegado a afirmar que si se terminase con el espacio Schengen - son varios los países que están realizando controles en las fronteras continuamente - se acabaría también con el mercado común, algo que tendría unas nefastas consecuencias para el mercado de trabajo en Europa. ¿Le habrán escuchado los líderes nacionales?

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