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Papá, cómprame un helado

28/09/2012 08:44 CEST | Actualizado 27/11/2012 11:12 CET

Lo único que el pobre Mitt Romney hizó en su cena con donantes fue cumplir con una máxima de las campañas en EE UU: "A los que ponen la pasta, no les mientas". ¿Sinceridad total? Eso es imposible para cualquier político. Crecen estirando el concepto de verdad como si fuesen mujeres padaung. Mitt se dejó ir más de la cuenta. Por eso el desastre.

Antes de que el escupitajo republicano al 47% de americanos se convirtiese en un océano imposible de navegar, la campaña de Mitt apostó por otra máxima clásica para intentar el control de daños: "Si tienes un problema, saca a los niños a pasear". Dos días después del vídeo de la cena venenosa, el candidato nos enseñaba la desgracia que le esperaba a un tierno bebé blanco, rubio y posiblemente mormón, si tuviese que vivir en Obamalandia cuatro años más. A veces funciona. Hillary estuvo a punto de arruinar a Obama con aquel anuncio en el que el teléfono rojo sonaba a las tres de la mañana mientras los hijos de América dormían plácidamente. ¿Quieres que lo coja un inútil recién llegado o una mujer con el mundo en la cabeza?, venía a decir.

En todo este universo menudo están los infantes de catálogo, alquilados por sus padres a agencias de publicidad, y luego están los propios. Eso es ya sangre azul. Recuerdo una parada en medio de la nada de Oregón durante la campaña de 2008. La caravana de Obama llegó por un lado, la de Michelle y las niñas por otro. La pareja se vió, se besó y las niñas hablaron: "Papá, cómprame un helado". Antes de terminar la tarrina las pequeñas habían desaparecido dejando en todas las cámaras la dosis de ternura perfecta.

No hay normas fijas de uso y aprovechamiento de los niños en política. Como en otras tantas cosas, nuestros vecinos han ido creando costumbre a base de golpes. La que más recibió fue la inocente Amy Carter. Era la primera niña que vivía en la Casa Blanca en muchos años y las fieras se enseñaron con la pequeña de nueve años, llegando a criticar que se pusiese a leer un libro en medio de una aburrida cena de Estado. La prensa se pasó y a partir de ahí se firmó el pacto de silencio y respeto.

Sólo cuando los padres lo deciden, la prole sala a la palestra. Nadie quiere renunciar a ese tesoro publicitario. Para la historia queda la imagen de Chelsea Clinton amarrando a papá y mamá en medio del escándalo de Monica Lewisnky. Nada supera esa escena. Hace unos días Obama se dejaba ver con sus hijas mientras su madre hablaba en la Convención. De ese día quedó el discurso de Michelle, pero también el mensaje de que las niñas son ya unas mujercitas bien educadas por padres modélicos.

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Obama con Malia, a la izquierda, y Sasha, a la derecha. Foto: Pete Souza

Algunos dirán que toda esta exposición desvirtúa la política. Falso. Cualquier detalle del candidato ayuda a comprender cómo es y cómo actúa. Eso importa en un sistema de listas abiertas. No son tontos estos yankis. Nadie vota a un padre por el helado que le compra a su hija. No olvidemos que, en cuestiones de democracia, esta gente tan loca y defectuosa, nos lleva siglos de ventaja.