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Una higuera y una historia

24/05/2013 08:31 CEST | Actualizado 23/07/2013 11:12 CEST

Hace tiempo, unos cuantos años ya, planté una higuera en una azotea de la calle Ponciano de Madrid. La rama fue creciendo con los veranos, hasta que cambié las noches durmiendo en la colchoneta de la terraza por los paseos entre los cerezos japoneses de Washington. Mi vecina ya no era Ana, sino un vaquero mucho menos simpático y sofisticado apellidado Bush. Hice el intento de conocerle, pero regresó pronto al polvo del Lejano Oeste, cediendo su vivienda a un negro de Chicago. Por alguna razón, sentía mucha curiosidad por mis vecinos, la ciudad que compartíamos y el edificio que habitaban, así que comencé a recopilar historias de todo ese universo. Algunas de ellas ahora han tomado la forma de un libro. Se alquila Casa Blanca es el título de esta colección de gestos, cuya publicación ha sido posible gracias a un concepto que apareció por el camino durante todos estos años, el de economía compartida, traducción del termino inglés sharing economy.

Los defensores del trueque dirán que ha existido siempre, los más agoreros hablarán de que solo es una moda pasajera, a los economistas de birrete les puede hacer reír la idea, pero el caso es que desde hace unos cuantos meses escucho hablar de sharing economy en los sitios más dispares. Las estrellas del World Economic Forum que se celebró hace unas semanas en Lima fueron los "emprendedores sociales". Uno de ellos fue Jordan Kassalow, fundador de VisionSpring, una empresa cuya meta es proporcionar gafas a más de 700 millones de personas que las necesitan en países donde no tienen acceso a este bien básico. Entre los inversores de VisionSpring están también miles de pequeños mecenas. La feria tecnológica CeBIT, que se celebró en marzo en Hannover, proclamó a la economía compartida como el horizonte de éxito al que se deben dirigir las empresas tecnológicas que quieran descubrir oportunidades de negocio.

Más allá de las teorías, en el pequeño horizonte urbano de Berlín en el que ahora vivo, los ejemplos de esta forma de pensar la economía crecen como champiñones. Aparecen restaurantes en los que uno define el precio del menú conforme a sus posibilidades y abren supermercados donde los productos tienen dos etiquetas. El cliente decide si puede pagar más para que otros paguen menos. Hay casos extremos, como el de mi amigo Raphael Fellmer, que lleva dos años en huelga de dinero, viviendo bien con lo que otros tiran. Ahora impulsa con éxito Foodsharing, una red para compartir los alimentos que nos sobran en la nevera. En esta ciudad de pisos grandes y techos altos casi todo el mundo ofrece sus habitaciones vacias a través de Airbnb. Berlín está consiguiendo con la sharing economy algo insólito, acabar de una vez por todas con el dios de las cuatro ruedas. Frente al poderoso lobby del automóvil, que enseña a los alemanes desde pequeños que la velocidad importa tanto como el tamaño, Berlín ha dicho basta. Primero fueron las bicis, ahora son centenares de Smarts azules que se alquilan por minutos en Car2go con un coste menor al de un taxi. Tu smartphone localiza el coche más cercano. Cuando quieras dejarlo lo aparcas en cualquier sitio.

De todas las crisis salen buenas ideas y quiero pensar que la de la economía compartida es una de las mejores maneras de hacer compatibles dos palabras que parecen enemigas. Con este concepto llegó un día Roberto Pérez, uno de los fundadores de libros.com, hasta el bar en el que habíamos quedado. La propuesta fue escribir Se alquila Casa Blanca usando la plataforma de crowfunding de su empresa para financiar parte del coste de la edición del libro. Desde un universo completamente virtual íbamos a crear un objeto físico tan venerable como un libro. Salió bien y pasó algo más. Todos los mecenas que participaron en la campaña se convirtieron en autores de la obra desde el inicio de este proyecto. Es una aventura compartida fantástica que hoy continúa a través de la página de libros.com. Allí no solo se puede adquirir el libro, también es la puerta de acceso para entrar en una comunidad de más de 35.000 lectores.

Por cierto, a la higuera de Ponciano no la abandoné. Crece aún en la finca de mis primos en San Feliz de Torio. Planté un árbol, he escrito un libro... ya queda menos.

Puedes cargarte en PDF el capítulo La vecina de enfrente, de Se alquila Casa Blanca, de Carlos de Vega.

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