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Cuando lo sano es insano

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Foto: Flickr/Sonny Abesamis

Últimamente he leído algún artículo que hablaba de la "ortorexia", un trastorno alimenticio que yo desconocía y que parece ser que empieza a preocupar a algunos profesionales de la salud en países desarrollados. La ortorexia no es nada más y nada menos que la obsesión por una dieta saludable, esa preocupación excesiva por no alimentar al cuerpo con grasas, aditivos, conservantes, etc. que al final se convierte, o se puede convertir en una enfermedad en sí misma. Una obsesión que acaba esclavizando a quien la padece, y a su entorno, y sometiéndole a un régimen no ya de comidas sino de vida, un régimen que puede comenzar a las 8 de la mañana con la ingesta pausada del zumo de medio pomelo, un cuarto de zanahoria y medio boniato, y que, si no se controla, puede acabar a las 10 de la noche con el sacrificio de un brócoli crudo en honor de la luna llena para comerse sus entrañas.

Y pensaréis que exagero, pero en el fondo creo que, a veces, exageramos todos como sociedad, que cuando nos da por hacer algo sano lo llevamos al extremo hasta convertirlo en insano, o al menos en preocupantemente obsesivo. Y somos capaces de empezar con un poco de ejercicio, para después descubrir el running y vestirnos de fosforito, y acabar corriendo 24 horas desde Madrid hasta Segovia cruzando toda la sierra de Guadarrama. El otro día una amiga me contaba que desde que su marido está entrenándose para una carrera de ese tipo apenas le ve en casa, y mientras el cuerpo del corredor se fortalece, su vida familiar languidece...

Ojo, y no digo que estas prácticas no sean sanas, lo insano es llevarlas al extremo y convertirlas en la única razón de vivir. Como decía Aristóteles, en el término medio está la virtud.

Pero volviendo a los trastornos alimenticios, detrás de estas excesivas preocupaciones por la salud quizá debiéramos de buscar alguna causa más insalubre de lo que creemos, yo, al menos he encontrado dos.

La salud supone disfrutar de todo aquello que la vida nos da, aunque seamos unos eternos fofisanos.

En primer lugar, muchos de estos hábitos cercanos al trastorno psicológico no vienen de una preocupación real por prevenir la enfermedad, sino que muchas veces son fruto del deseo de tener un cuerpo bello que la sociedad acepte como tal. La dictadura de la belleza, la necesidad de gustar y de cumplir los estándares destrozan la vida de muchas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes. Y ahora que llega el verano, llega también el tiempo de la operación bikini, de las dietas, de poder vestir sin complejos la ropa que soñamos, y con esto llega también la necesidad de machacar nuestro cuerpo hasta convertirlo no en lo que yo espero, sino en lo que los demás esperan o desean ver en él.

El segundo motivo me preocupa más. Hemos reducido el concepto de salud a algo físico, consideramos que estamos sanos si nuestros análisis están en los valores correctos, si nuestro cuerpo está en forma y si prevenimos la enfermedad según los últimos consejos leídos en internet respecto a lo que debo y no debo comer o beber. Y nos olvidamos que la salud no es sólo física, que la salud se encuentra también en el bienestar social, en el psicológico y en el espiritual. ¿De qué me sirve tener un cuerpo 10 en verano si no me puedo tomar unas cañas o ir de cena con mis amigos? ¿De qué me sirve tener una salud de hierro si no puedo ir a la barbacoa del domingo? ¿De qué me sirve ser el mejor cuerpo de la urbanización si no puedo bajar a la piscina con mis hijos porque estoy en el gimnasio?

Tenemos que concienciarnos de que tenemos que tener hábitos sociales saludables, hábitos psicológicos enriquecedores y cultivar nuestra vida espiritual, sin olvidarnos del físico, pero sobre todo, sin dejar que ninguno de ellos se convierta en una obsesión, porque si no, estaremos enfermando sin darnos cuenta, estaremos enfermando de salud, y estaremos muriendo en vida respecto a unos placeres que no debemos dejar de disfrutar, porque fueron creados para ello.

La salud no es solo un IMC o unos análisis. La salud supone disfrutar de todo aquello que la vida nos da, aunque seamos unos eternos fofisanos. Aprovecha, pues, el verano y disfruta de estos placeres, grandes o pequeños.