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El ejemplo

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Foto: Shutterstock.

Doy clase en la Universidad Carlos III, soy profesor. Este año tengo treinta alumnos, treinta proyectos de futuro, así es como a mí me gusta mirarles. Tengo distintos perfiles, como todos los años. Una madre que me pide conciliar, algún erasmus que hace esfuerzos por entendernos y por hacerse entender, y que se irá de España después de haber conocido a muchos erasmus y a pocos españoles, algún provocador que me reta con inteligencia, varios entusiastas que me confiesan sus altas expectativas con respecto a mi docencia, y alguno, también hay, que se ha cogido la asignatura como "maría" y espera que pase el curso cuanto antes.

Tengo treinta proyectos de futuro, todos ellos diferentes, con distintas inquietudes, personalidades y formas de ver la vida, pero todos ellos con un claro objetivo, según me dijeron en la primera clase, el de ser felices.

Muchos de ellos, la mayoría, quieren tener éxito profesional, llegar alto en el mundo empresarial, tener lo que habitualmente llamamos un "buen puesto" para eso estudian una carrera que les prepara para trabajar en el mundo de los Recursos Humanos. Y ahí se supone que tengo que poner mi granito de arena, mi asignatura es de habilidades directivas, y debo contribuir a enseñar a estos chicos (y chicas, claro) cuáles son las competencias, los comportamientos y las actitudes que un buen directivo debe tener.

Creo que es bueno que tengan modelos, que busquen referentes en el mundo político, social y empresarial, espejos en los que mirarse para aprender de ellos.

A veces, cuando vuelvo de la universidad, llego a casa y enciendo la tele, quizá buscando estos modelos de los que poder hablar a mis alumnos. Paso automáticamente de los Gran Hermano, HMYV, y Sálvames, sé que ahí no están sus referentes. Comienzo a buscar dónde creo que puedo encontrarlos, entonces llego a las noticias, y me encuentro la reunión de Ferraz, allí están muchos de los que nos representan, quizá allí encuentre el ejemplo que busco, veo fotos y videos de gritos, de marrullería, de gente insultándose y dándose puñaladas traperas, creo que no es esto lo que necesito para mi clase.

Me va a suponer un esfuerzo decir a mis alumnos que para triunfar hay que trabajar duro y hacer las cosas lo mejor posible, y es difícil porque a veces no encuentro ejemplos, no veo referentes a los que seguir.

Sigo buscando y me encuentro a un grupo de directivos, de líderes encorbatados, quizá estos sean el modelo que necesitamos, pero de pronto me doy cuenta de que están en la Audiencia Nacional, en el banquillo de los acusados, los hay de todo tipo: derechas, izquierdas, sindicatos, empresarios... Qué pena, aquí tampoco está mi ejemplo. Quizá esté en el congreso de los diputados, donde me han dicho que hay gente nueva, con ganas, con ilusiones, como mis chicos. Pero cuando les encuentro vuelvo a ver más de lo mismo, malas formas, faltas de respeto, gritos, abucheos y alguno cazando Pokemon.

Me va a ser difícil llegar a clase la próxima semana y decirles a mis alumnos que guarden silencio en el aula, que se respeten unos a otros, me va a costar pedirles que no se insulten, que se intercambien los apuntes, que se escuchen y dialoguen. Me va a suponer un esfuerzo decirles que para triunfar hay que trabajar duro y hacer las cosas lo mejor posible, y me va a ser difícil porque, a veces, no encuentro ejemplos, no veo referentes a los que seguir.

Me aterroriza pensar que alguno de los treinta proyectos de futuro a los que tengo que ayudar a crecer este año pueda mirarse en el espejo de nuestros representantes políticos, sociales, empresariales o sindicales, me aterroriza pensar que se equivoquen, que nos equivoquemos a la hora de encontrar modelos.

Doy clase en la Universidad Carlos III, soy profesor, pero creo que también soy educador, creo que todos lo debíamos ser, como creo que todos deberíamos ser ejemplo para una generación que confiesa abiertamente que tienen como principal objetivo ser felices.