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Carlos Hernández Fernández Headshot

La fiesta más rara del mundo

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Aparentemente la Romería de Santa Marta de Ribarteme, del 29 de julio, es una fiesta de lo más normal, muy parecida a las miles que se celebran en Galicia en estas fechas en honor a sus santos patrones. Hay misa mayor, procesión y banda municipal, hay pulpo, churrasco y rosquillas, y por la noche, como no puede ser de otro modo, hay una buena orquesta, cuanto más grande mejor. Sin embargo, la Romería de Santa Marta es a mi modo de ver la fiesta más extraña del mundo, la más peculiar, o al menos la más simbólica.

No es extraño ver en las fiestas populares de origen religioso a gente que con agradecimiento hace ofrendas y sacrificios al patrón de turno, en Andalucía en Semana Santa algunos van descalzos, cargando una cruz o arrastrando cadenas, y en la otra punta del mundo, en Filipinas se fustigan o se clavan a un madero. En Santa Marta de Ribarteme el sacrificio más llamativo no genera tanto dolor, y sin embargo pocos estaríamos dispuestos a realizarlo. En esta pequeña aldea gallega los que han recibido una gracia de la patrona, casi siempre de salud, o los que esperan recibirla, acompañan la imagen de su santa en procesión metidos en un ataúd, a hombros de familiares y amigos.

La primera vez que visité la romería, para hacer un reportaje, me fascinó, y desde entonces procuro no faltar. Me fascinó esa mezcla de fe y superstición que hace que se confíe ciegamente en lo que no se ve, me fascinó cómo algo tan aparentemente macabro puede ser tan natural y tan festivo, pero sobre todo me fascinó esa forma de querer burlar a la muerte tonteando con ella, esa manera simbólica de celebrar la vida desafiando a lo que algún día será seguro nuestro destino final, un cajón de madera forrado de raso.

La vida y la muerte conviven en Santa Marta de Ribarteme, bailan juntas al son de la banda municipal de Rubiós, acompañan a los patrones, al párroco, al turista, al devoto, al curioso y al periodista en una procesión tan breve como intensa. La vida y la muerte participan juntas de la fiesta, aparecen juntas en las flores del cementerio que se llena en estos días de familiares y de visitantes, conviven juntas en las conversaciones que surgen alrededor de un vaso de albariño, y permanecen juntas en la mente de todos los que observamos con perplejidad, reflexión y un profundo respeto a esos hombres y mujeres que hacen el recorrido de menos de un kilómetro dentro de un féretro. Nunca he visto tanta celebración de la vida como en esos ataúdes, nunca he presenciado tanto agradecimiento como en esas letanías cantadas en tono de cántico mortuorio: "Virxen Santa Marta, estrela do Norte, traemos-che os que viron a morte".

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Y es que quizá en Santa Marta podemos entender como en ningún otro sitio esa simbiosis entre la vida y la muerte, podemos comprender cómo la una nunca existiría sin la otra, cómo ambas conviven a nuestro lado sin que nos demos cuenta y cómo se dan sentido de forma mutua entre ellas.

Nuestra sociedad se empeña en ocultar a una de las dos, se empeña en esconderla, en apartarla de nuestra cotidianeidad. De esta forma cuando alguien muere, queremos pasar pronto ese trance de la despedida, queremos evitarla, de esta forma desnaturalizamos el rito y apartamos los ojos a la realidad que nos duele. Y por más que nos empeñamos en no mirarla de frente, ella siempre aparece llevándose a un padre, a un amigo, a un hermano, por más que la neguemos está ahí para que podamos vivir, porque sin ella no viviríamos.

Por eso me gusta la romería de Santa Marta, porque es un canto a la vida sí, pero teniendo en cuenta a la muerte, porque es una de las fiestas menos lúgubres que conozco, porque es pura celebración y puro agradecimiento, y sobre todo, porque me gusta el pulpo, el albariño y una buena conversación en la que un gallego puede decirte todo sin decirte nada.

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