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Las cenizas, la culpa y la Iglesia

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Foto: ISTOCK

Cuando falleció mi hermano, sus familiares más cercanos decimos dividir sus cenizas; parte de ellas se encuentran junto a los restos de mi padre, en el Cementerio de la Almudena de Madrid, y otra parte fueron aventadas junto al mar, en Almuñécar, en el "sitio de su recreo". Así lo había querido él, y así lo hicimos sus hijos y hermanos. El momento en el que echamos sus cenizas al mar fue uno de los instantes más mágicos de mi vida. La luz, las nubes, las pequeñas olas, la música que él había elegido, todo parecía haberse sincronizado previamente para acompañar su último adiós.

Meses más tarde aprendí que realizar de forma correcta los ritos de despedida ayuda a elaborar un duelo sano, aprendí que los ritos dan paz a los que se quedan, y nos ayudan a despedirnos del que se va. Aprendí también que el no haberlo hecho nos hubiese dejado, probablemente, un sentimiento de culpa que hubiese dificultado nuestro duelo y podría habernos cronificado el dolor. La culpa es quizá el sentimiento que más complica los duelos.

Hoy, de haber seguido los nuevos dictados de la Iglesia católica no hubiésemos podido realizar los rituales de la forma en que lo hicimos. Hoy no hubiésemos podido separar sus cenizas, y hasta podríamos haber sido acusados de herejía por el hecho de devolver parte de sus restos a la naturaleza. Hoy, si hubiésemos querido seguir los dictados de esta Iglesia, a la que una vez pertenecí y a la que pertenece parte de mi familia, hubiésemos tenido que contravenir la voluntad de mi hermano, hubiésemos tenido que elegir otra forma de despedirle y quizá hubiésemos tenido que cargar con la dichosa culpa en la que tanto se recrea parte de la tradición católica.

En un momento en el que se empieza a abrir el debate de la muerte digna, me genera un tremendo rechazo pensar que ni siquiera las despedidas las podemos hacer con la dignidad que el fallecido hubiese querido por expresa prohibición de una iglesia anacrónica.

Desde 1963, cuando autorizaron las cremaciones, la Iglesia no se manifestaba sobre el destino de los restos de las personas fallecidas, y lo ha hecho ahora por medio de un documento elaborado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio, la antigua Inquisición que, curiosamente, incineró a tantos vivos bajo absurdas acusaciones de herejía o brujería. Y lo ha hecho por medio de un documento firmado por el papa Francisco, aquel en el que tantos católicos han confiado como en el papa revolucionario que traería aires nuevos a esta iglesia oxidada y renovaría la primavera que la curia robó.

El documento me parece injusto, doloroso y hasta insultante para las personas que hemos perdido un ser querido y hemos realizado actos de amor cumpliendo su voluntad. Me indigna, me cabrea y me revela leer que "con la sepultura de los cuerpos, se demuestra un mayor aprecio por los difuntos (que con la cremación)"Me revuelve y me duele que alguien sea capaz de juzgar mi aprecio por la persona que he perdido en función de lo que decido hacer con su cadáver. Me parece hasta grotesco leer que, si las cenizas reposan en un lugar sagrado en vez de en la naturaleza o en mi casa, "se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos". Podría contar a estos inquisidores cuantas tumbas olvidadas y maltratadas veo cada vez que voy a un cementerio, y, por el contrario, cuanto amor he visto en las flores que están junto a algunas urnas que reposan la habitación de un hogar.

En un momento en el que se empieza a abrir el debate de la muerte digna, me genera un tremendo rechazo pensar que ni siquiera las despedidas las podemos hacer con la dignidad que el fallecido hubiese querido por expresa prohibición de una iglesia anacrónica.

He ido a muchas despedidas, siempre pensaré que a demasiadas. En muchas de ellas he escuchado a sacerdotes maravillosos realizar rituales cargados de amor y de consuelo para los que sufren la perdida, en otras, no pocas, me ha tocado aguantar curas deshumanizados hablando del pecado, la culpa y la condena eterna, o simplemente realizando las exequias como si de un trámite administrativo se tratase, como si fuesen un funcionario más del cementerio o el tanatorio, convirtiendo el momento más triste y doloroso de la vida de muchas personas en un momento aún más hiriente, frío y descorazonador. Eso sí que es maltratar al que se va, y al que se queda, eso sí que es desprecio y humillación.

La iglesia debería de ocuparse más de humanizar la pastoral de las despedidas y el duelo y menos de prohibir, más del amor y menos de la culpa, más de acompañar y menos de adoctrinar, porque cuando alguien sufre el tremendo dolor de la perdida necesita humanidad, amor y acompañamiento, y no prohibiciones, sentimientos de culpabilidad, ni doctrinas.