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Mayoría silenciosa

05/10/2017 07:27 CEST | Actualizado 05/10/2017 07:27 CEST
Tim Marshall. Unplash.

Acabo de hablar con un amigo de Madrid, me dice que le gustaría ir a Barcelona el sábado a la manifestación convocada por la Sociedad Civil Catalana, para apoyar a la mayoría silenciosa. Supongo que se refiere a esa mayoría silenciosa que estos días no ha salido a la calle, no ha ido a votar, aunque quizá tampoco les importa que otros voten, esa mayoría que no ha colgado banderas en su ventana, que no ha insultado a nadie ni ha echado a nadie de ningún hotel, esa mayoría que tampoco quiere ver porrazos en su pueblo o en su ciudad, esa mayoría silenciosa que, como cantaba Jarcha, sólo quiere "su pan su hembra y la fiesta en paz" y que no necesita ni quiere ir a ninguna manifestación.

Estoy a 500 kilómetros de Cataluña, aunque en estos momentos inevitablemente me siento más cerca, y me considero de esa mayoría silenciosa que pretende seguir siéndolo. No he colgado la bandera nacional en mi ventana, ni la he puesto en mi perfil de redes, no lo he necesitado, me siento igual de español que ayer y que mañana, con o sin bandera, con o sin manifestación, con o sin discurso del Rey. Me gusta el vino, la tortilla de patatas y las cañas, y aborrezco las corridas de toros y el futbol, soy y me siento español, pero no necesito alardear de ello, no necesito demostrárselo a nadie, y además no me apetece.

Quiero seguir manteniéndome en esa corriente silenciosa, y no por inconsciencia o por falta de interés, sino porque tengo cosas más importantes y más urgentes que hacer. Tengo que hacer que mis alumnos de universidad aprendan y se desarrollen profesionalmente en su último año de carrera, tengo que hacer que mis amigos se echen unas risas cuando me vean, tengo que hacer que la casa a la que me he mudado se convierta en un hogar, y tengo que preparar mi próximo viaje. Y además quiero seguir aprendiendo a ayudar a personas que sufren duelo complicado, a transmitir optimismo en mis conferencias y a buscar nuevos clientes para mis cursos. En definitiva, tengo que vivir mi vida normal, mi vida de mayoría silenciosa que hace y que deja hacer sin tener que pelearse con nadie.

El problema llega cuando esa gente normal se siente manipulada, ninguneada y vapuleada por unos y por otros, cuando se siente despreciada y sufre, sufre por su ciudad, por sus amigos y por su familia.

Tengo conocidos en la policía nacional, de hecho, todos los años doy un curso a los comisarios en la Plaza de Carabanchel, gente sana y divertida que el jueves pasado cuando les vi me dijeron que estaban preocupados. Y tengo un amigo Mosso D'Escuadra, un sevillano con el que quemé alguna noche de Londres hace más de veinte años y al que siempre he considerado amigo, a pesar de que no nos vemos. Un tipo que se siente impotente y triste por lo que está pasando, no en el cuerpo, sino en su barrio, en su panda, en su ciudad. Unos y otros son gente normal y sólo les diferencia de mí su profesión. Y a unos y a otros les están utilizando.

Creo que hay que cumplir la ley, pero creo también que la ley debería dejar elegir a sus ciudadanos su forma de gobierno. Creo en la democracia, pero creo también que en una democracia siempre hay perdedores, y es, quizá, inevitable, son las reglas del juego. No sé si es el mejor de los sistemas, pero quiero creer que sí. El problema llega cuando el juego no funciona, cuando alguien se salta las reglas o las tergiversa, y trata de aprovecharse de esa gente normal, de esa gente que no se mete en política, que no discute, que no se altera, de esa gente que, como yo, y quizá como tú, tiene cosas más importantes que hacer que presumir de patrias o de banderas y de seguirle el juego a una panda de políticos inconscientes. El problema llega cuando esa gente normal se siente manipulada, ninguneada y vapuleada por unos y por otros, cuando se siente despreciada y sufre, sufre por su ciudad, por sus amigos y por su familia.

Y creo que eso es lo que está pasando, que nos están manipulando, nos están enfrentando, nos están rompiendo y nos están haciendo llorar. Nos están lanzando a los unos contra los otros, nos están enseñando a odiar y están sacando lo peor de nosotros mismos. Y conmigo no lo van a conseguir, seré inconsciente, pasota o insensible, pero no voy a poner mi bandera en el balcón ni me voy a dejar de sentir español, no voy a odiar a nadie, ni le voy a decir a nadie que se quede conmigo o que se vaya, voy a disfrutar de mi pincho y de mi caña y voy a vivir, aunque algunos pretendan que no lo haga.

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