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La magia para los niños de ciudad

24/02/2017 07:22 CET | Actualizado 24/02/2017 07:22 CET

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Foto: ISTOCK

Los niños tienen la ventaja de que no son burbujas sino esponjas. Cuando se sorprenden del universo, lo miran con ojos de encantamiento, no desde una nave espacial, sino desde lo más cercano y sensorial que tienen, desde la alegría y la capacidad de asombro, que luego van perdiendo con los años. Como astronautas ingrávidos, sin traje, los niños aprenden la gravedad de su atracción por la tierra a base de trompicones, caídas, despistes, golpazos y revolcones. Los adultos se creen que lo saben todo, porque caen en los mismos tropiezos, aunque les pillen desprevenidos. Las fábulas de niños siempre empiezan por descubrimientos inesperados y fortuitos. "Volver a ser un niño", cantaban nostálgicos Los Secretos. "Mirar con ojos de niño", - decía mi director de tesis- es la única manera de llegar a la verdad íntima de la teoría de la arquitectura.

Antes, la magia de las ciudades para los niños se encontraba en el laberinto de sitios secretos, misteriosos, prohibidos, acechantes, arriesgados, legendarios o, simplemente anónimos, en los que perderse. Hoy perderse se ha vuelto complicado: estamos geo-localizados, perseguidos por millones de rastros, nos espían satélites y redes de todos los estilos. Los niños son los más controlados, porque la ciudad se les ha vuelto un territorio inaccesible, opaco, difícil de transitar a pie, imposible de recorrer solos, o en compañía de amigos, siquiera para ir o volver del cole. La ciudad pareció llegar a ser el mayor espacio de aprendizaje, sólo hasta que las redes sociales e internet simularon inventar el aprendizaje mismo. Todo lo que había de ser conocido, usado, compartido o competido se creía encerrado en la metrópoli. Cuando se pensaba que los niños de pueblo eran más fuertes y listos, pareció que los de ciudad, educados en las selvas urbanitas, estaban mejor preparados para sobrevivir a la jungla. En eso, llegó el pedagogo Francesco Tonucci y, desde 1963, puso en el foco la ciudad de los niños y la misión de la escuela, advirtiendo de peligros que luego se confirmaron.

A pesar de estar hiperprotegidos los niños por los padres y los abuelos, los abuelos y los padres siempre estamos asustados por peligros y asechanzas reales y mediáticas, crecientes en impacto e inquietud.

La apuesta de Tonucci por la libertad y el poder de aprender de los niños urbanos encontró tendencias muy contradictorias con las suyas. No sólo la motorización, la ciudad neoliberal, la vigente "sociedad del riesgo", que proclamó Ulrich Beck (Beck, 1992), y el miedo inscrito en la "modernidad líquida" (Zygmunt Bauman 2002), son factores que multiplicaron una fluida ansiedad atemorizada, produciendo individuos asustados y temerosos. De la incertidumbre nuclear (de Chernobyl a Fukushima) pasamos a la terrorista (de las Twin Towers N.Y. a los mercados navideños), sanitaria (de la gripe aviar a los gases tóxicos, etc.). Las generaciones educadas a partir de la Guerra fría edificaron sus fortalezas contra el miedo, dejando a los niños dentro. Si antes podíamos ir a bañarnos a los ríos, ir al colegio en grupos, o marchar al cine o las tiendas sin escolta, ahora esa aventuras se antojan imposibles. Eso, pese a los circuitos cerrados, las pantallas de vigilancia y los sistemas de seguridad. Ya no sirven ni las "carabinas" asignadas a parejas adolescentes y jóvenes. Ahora, los niños llevan guardaespaldas para todos sus recorridos andados; la mayoría de la infancia se recorre sobre ruedas y la experiencia de la ciudad es más corta, localizada, y vigilada que nunca. Cruceros y 'ciudades de vacaciones' matan la experiencia de la ciudad.

A pesar de estar hiperprotegidos los niños por los padres y los abuelos, los abuelos y los padres siempre estamos asustados por peligros y asechanzas reales y mediáticas, crecientes en impacto e inquietud. La ciudad se ha vuelto hostil a la libertad de los niños que se educan en recintos controlados, en escuelas ásperas y cerradas y en ámbitos poco proclives a la vegetación, el intercambio, la construcción de imaginarios simbólicos. Por eso, las sendas mágicas se quedaron en los pueblos, donde los niños se mueven, igual de acompañados, pero en fines de semana.

No se sabe qué saldrá de esta educación hiperprotectora. Los sociólogos apuntan a que la gente está mal preparada para fortalecerse en las duras competitividades de la ciudad contemporánea, en el auto-aprendizaje de la desenvoltura urbana: la capacidad de adaptación a medios desconocidos queda limitada a lo más cercano, el barrio, el bloque. Los ciudadanos hiperprotegidos se quejan mucho, pero se entrenan poco. La vinculación del deporte y el ocio a recintos especializados y excluyentes deja la aventura, programada por los mayores, a los parques temáticos o los sucedáneos de estos, las ciudades temáticas. La adversidad que antes enseñaba la ciudad sin querer, ahora se tiene que aprender dentro de burbujas telemáticas, saturadas de estímulos de sofá y de cama; o por libre...

En la película La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), que explora los terrores infantiles con sobria destreza, el personaje de la anciana que los acoge (Lillian Gish) dice,"El viento sopla, la noche es fría. Los niños son firmes". No he visto una descripción más sucinta. Niñas y niños son fuertes para hacerse mayores y superarán estas ciudades hipertrofiadas por hiper-protección. Las niñas -especialmente las niñas-, más aún; buscan ya otros modelos de uso de la ciudad, sin miedos a sus propios papeles protagonistas como seres urbanos. No existe duda alguna de que la civilización "de la ligereza" (Gilles Lippovetsky, 2015) creará nuevos sujetos libres a partir de estas niñas fuertes, que tendrán que buscar la magia que los mayores les han proscrito, defendiéndose de los riesgos que los adultos hemos provocado. No hay libertad sin riesgo, no hay magia sin peligro, no hay conocimiento sin aventura. La tentación de la desenvoltura se abrirá paso frente a todas las vallas y enfermizas protecciones patriarcales. Los mayores tendremos que vivir la ciudad, sin transmitir temores irresponsables, añadidos a los miedos propios, pese a los riesgos reales y virtuales de los niños que los afrontarán.

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