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El corralito de la ciencia española

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En el muy comentado post con el que abría este blog concluía que seguir haciendo investigación científica en España iba a costar sangre, sudor y lágrimas y, en otro posterior, que la templanza es un valor fundamental para afrontar la crisis, también en ciencia. Nadie es profeta en su tierra, quizás yo me escape por mi origen portugués, pero lo cierto es que hasta aquí hemos llegado.

Las agencias de rating no evalúan la ciencia española, pero yo creo que si lo hiciesen habríamos llegado a AA hace un par de años, para empezar a caer en la valoración, en la que ahora estaríamos amenazados de caer al bono basura con perspectiva negativa. Algunos indicadores de respuesta lenta, como la aportación de la ciencia a la imagen de España, empiezan a evidenciar el cambio de tendencia.

Y no es que, sin querer pasar por encima de las muchas deficiencias de la ciencia española, estemos faltos de ideas o talento, lo que se nos agota es la capacidad de desarrollarlos. Y es que la ciencia está siendo el sujeto de un experimento de Corralito.

Los medios de comunicación se hacían eco hace unas semanas de que el CSIC, el organismo con mayor peso en la I+D española, había comunicado a sus centros la necesidad de restringir el gasto para asegurar, con los muy escasos remanentes disponibles en su tesorería, el pago de los salarios. No es que el CSIC haya consumido ya, en el mes de julio, su presupuesto, es que no ha recibido los pagos correspondientes de las arcas públicas.

Los investigadores que gestionamos proyectos de investigación nos encontramos con cuentas que indican disponibilidad de fondos para seguir desarrollando estos proyectos pero sin que esos saldos estén substanciados por fondos disponibles. Acabamos de inaugurar el Corralito en ciencia.

El uso de fondos de proyectos de investigación está sujetos a controles muy estrictos, en cuanto al cumplimiento de los objetivos y la entrega -en el caso de proyectos europeos- de materiales y resultados a lo largo del proyecto, que suponen obligaciones contractuales. Este corralito, que se nos dice, supongo que con la mejor voluntad del mundo, durará dos o tres meses, hace peligrar el cumplimiento de nuestros compromisos en los proyectos, además de detener el avance de la ciencia. Arriesgamos no solo no poder continuar la investigación sino tener que devolver los fondos de investigación al Ministerio de Economía y Competitividad o a la Unión Europea por no haber podido gastarlos antes de la fecha de conclusión de los proyectos.

A todos nos ha pillado con el pie cambiado, con importantes hitos para el desarrollo de proyectos en peligro, como era el caso de una reunión de integración de resultados de la Expedición Malaspina 2010 que coordino y que hemos tenido que suspender. Al mal tiempo, buena cara, intentaremos alcanzar este objetivo a través de un Webminar utilizando un foro electrónico. El margen de maniobra es muy escaso en algunas otras situaciones, como experimento clave para tesis de doctorado, presentaciones de resultados a congresos internacionales, o expediciones a lugares remotos que se tendrán que suspender.

Los centros de investigación llevan tiempo aplicando medidas de austeridad. En el mío las luces de los pasillos se apagan a las 6 pm y hay que transitar por los sótanos con linterna. Hace un par de meses los compañeros del servicio de mantenimiento entraron a mi despacho y desconectaron la mitad de los fluorescentes que lo iluminan. Me cuento entre los afortunados, porque mis compañeros me dicen que otros centros se cierran desde las 3 de la tarde, y algunos pocos han cerrado definitivamente.

El corralito no se limita al CSIC. Parece que el propio Plan Nacional de I+D, que depende de la Secretaría de Estado de Investigación, está también encerrado en su propio corralito. Hace meses que se resolvieron convocatorias de proyectos de investigación y acciones complementarias, sin que estas hayan sido publicadas. Parece que estas resoluciones, que se tramitaron diligentemente por la Secretaría de Estado, están detenidas en la Intervención del Ministerio de Economía y Competitividad en el que reside esta Secretaría de Estado. De nuevo, no es que el Plan Nacional haya ya agotado su presupuesto para 2012, es que o bien no existe capacidad de gestión suficiente en el Ministerio de Economía y Competitividad o que este está también encerrado en su propio corralito. En cualquier caso, en el no exista un ministerio propio de I+D+i hace que esta pequeña Secretaría de Estado, pequeña para el tamaño del Ministerio en que se encuentra, no cuente con un servicio de intervención económica plenamente dedicado a esta tarea.

A los investigadores científicos, como el resto de funcionarios, nos dejaron sin nuestra paga extra de Navidad, que no es un regalo sino un derecho y parte de nuestro contrato, y nos recortaron los días de vacaciones. Pero si además no podemos hacer investigación porque todos los fondos, existentes y futuros están encerrados en corralitos, quizás lo más honesto sea que nos echen a todos y cierren los laboratorios de investigación. El Estado se ahorraría una buena cantidad de dinero (suficiente para construir unos pocos kilómetros de vía de AVE al año), para poder regalárselo a los bancos mal gestionados.

Los directores de investigación tenemos que utilizar nuestra capacidad creativa al máximo para sortear con flexibilidad y creatividad estos contratiempos sin que se detenga la investigación. Los gerentes de nuestros centros tienen también una responsabilidad fundamental en gestionar su escasísima capacidad de pago, los márgenes entre gasto y pago y en infundir tranquilidad. De hecho, he descubierto que la gerente de mi instituto, Pilar Martín Bardón, también pertenece a la bendita categoría de personas templadas que tanto necesitamos.

Mi intuición me dice que esta situación tiene que ver con las declaraciones de un personaje que, con un papel clave en la coyuntura actual de España, ha resultado estar al polo opuesto de la templanza. El Sr. Cristóbal Montoro afirmó hace unos días que "No hay dinero en las arcas para pagar los servicios públicos", haciendo subir la prima de riesgo hasta un nuevo techo, como cada vez que abre la boca. La responsabilidad del Sr. Montoro no es anunciar que no hay dinero, sino gestionar los recursos públicos a los que todos contribuimos con nuestros impuestos para que precisamente estos servicios públicos, entre los que se encuentra la investigación, estén al nivel de lo esperable. Y si la situación es difícil, infundir calma y tranquilidad.

Algún dirigente del PP; creo que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, dijo que la prima de riesgo en España se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Esto me recuerda un poco el mundo marinero, pues cuando las cosas van mal se busca siempre un gafe. La cosa parece de broma hasta que la tripulación se convence de que un compañero es el gafe, entonces la persona señalada empieza a sentirse incómoda entre la tripulación.

El Sr. Zapatero hace tiempo que está desaparecido y nuestra prima de riesgo se ha duplicado; así que hipótesis rechazada. Como hipótesis alternativa propongo una cercana correlación entre las palabras y expresiones (rostro desencajado, expresión de pánico, etc.) del Sr. Montoro y la evolución de nuestra prima de riesgo. Esta correlación precede a su papel en el Gobierno, pues como señaló en el Congreso de los Diputados la diputada de Coalición Canaria Ana Oramas, el Sr. Montoro la intentó convencer de que votase en contra de los ajustes de mayo de 2010 del Gobierno Zapatero aún a costa de que la prima de riesgo escalase hasta niveles de rescate: "Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros", le dijo.

El experimento para comprobar esta hipótesis consistiría en retirar al Sr. Montoro de la escena pública para comprobar así si era él realmente el gafe y sustituirlo por una persona a poder ser competente, pero sobre todo templada.