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12. El dolor físico (Novela)

21/03/2015 09:54 CET | Actualizado 20/05/2015 11:12 CEST

(Resumen de lo publicado: Por el tiempo en que mi matrimonio entró repentinamente en una fase difícil en la que vertíamos no pocas lágrimas, yo me interesaba de un modo profundo por el fenómeno humano del llanto. Día a día descubría en mis lecturas insólitos abordajes al mecanismo del llorar, los cuales me ofrecían nuevas vías de reflexión sobre un asunto que ni la ciencia ni la filosofía han explicado sino perentoriamente.)

Que la economía necesita del orden tanto como de la costumbre lo saben muy bien los alemanes, esos ahorradores. Orden y rutina son principios económicos básicos. Hacer siempre lo mismo y metódicamente: acotar el universo de casos, censarlos por afinidades, etiquetarlos con justeza, despreciar las rebeldes excepciones. No hay manera más eficaz y eficiente de alcanzar un objetivo: el mayor éxito con el menor gasto.

Eso mismo debía de sentir el profesor Helmuth Plessner al comienzo de sus estudios sobre el llanto. Hijo único de padre judío, en los años 1930 Plessner sufrió el acoso del nazismo, que le despojó de su puesto docente en la Universidad de Colonia y le empujó a refugiarse en Turquía y luego en Holanda. A ello contribuyó, sin duda, el implacable texto político que publicó por entonces, Macht und menschliche Natur [Poder y naturaleza humana, 1931], dirigido directamente contra Heidegger y el régimen hitleriano. Veinte años después regresó a su país sin haber perdido la bonhomía ni la alemanidad. Quienes lo rehabilitaron y gozaron de su magisterio en Gotinga reconocen que era un filósofo de nacimiento y no un funcionario de la filosofía. Su viuda Monika, nuestra vecina en la Linke Wienzeile, también.

Plessner eran tan filósofo que careció de lo que podríamos llamar "sentido de la intimidad". Todo en él era externo. Su antropología filosófica se remite al cuerpo: el hombre tiene un cuerpo [Körper, en alemán], pero también es cuerpo [Leib, en alemán]. Por lo que hace al llanto, el cuerpo expresa la manera en que las emociones habitan al ser humano y cómo estas emociones le desvelan también una verdad sobre sí mismo y sobre su destino. Es decir que, por un lado, llorar es corporal y, por otro, llorar explica el cuerpo; se trata de un comportamiento resultado de un tránsito del interior al exterior del hombre.

Plessner estudió lo que ocurría en ese movimiento en corto dentro de la esfera humana, en ese viaje fulminante de dentro afuera, en el que se produce la rendición de las lágrimas. Por ejemplo, cuando nos golpeamos o nos herimos o nos duele algo. "En el hecho del dolor físico son evidentes", afirmaba, "la prepotencia de su incisividad y la impotencia del estar-rendidos. El dolor físico es un indefenso ser-arrojado al propio cuerpo y de forma tal que no se encuentra ya ninguna relación verdadera con él. El área dolorida se extiende inmensamente, mientras que las demás áreas es como si se apelmazaran y se comprimieran. Nos parece que sólo tenemos muelas, frente o estómago. Quemando, perforando, cortando, punzando, percutiendo, rasgando, revolviendo, vibrando, el dolor físico actúa como una ruptura o destrucción o desorientación, como un poder que se precipita en remolinos hacia una profundidad sin hondón."

Cuando supe que la señora Plessner era la viuda del legendario filósofo, casi se me saltan las lágrimas. Me pareció increíble que el azar nos hiciera coincidir, en una misma escalera de un mismo edificio de la inmensa ciudad de Viena, a una viejecita como Monika y a nosotros. Ella se decía Moni a sí misma, y así la llamábamos. Igualmente sólo por casualidad reparé en su apellido, y un día le comenté que yo había leído algunos libros de un tal Helmuth Plessner. "Era mi marido", dijo sin aspavientos.

Moni Plessner sobrevivía como una heroína del dolor. Dicen que sufrimos en proporción a lo que exigimos. La exigencia a la vida de Moni Plessner debía de ser de escala gigantesca, puesto que una mecánica corporal, ciega y sorda a todo auxilio, descoyuntaba sañudamente y sin tregua, a manera de tormento medieval, todas las articulaciones de su cuerpo. Ella lo sufría como el guijarro que se deja lamer por el agua del mar en la orilla. Llorar era el heroísmo en el que el encadenamiento fatal, aquel que había descrito su marido, se detenía. No es que llorar le devolviera por entero la conciencia que el daño le trituraba en ínfimos cristales, pero por lo menos la impedía caer en el agujero de sombra de una muerte anticipada. Moni lloraba íntima, discretamente, para sí y por sí. De nuevo afirmaba lo que el profesor Plessner había dejado escrito: "Nos reímos de otros, pero lloramos sólo por nosotros mismos."

Aquí ya no hay cálculo de ahorro, como en la economía o el estudio. Aquí, en la herida, en la infección, en la tos, en la hinchazón, en la fiebre, en el escozor y en la asfixia convulsa, hasta que no se agota la fuente del alivio que son las lágrimas, no se para, y aun vaciados por la angustia de no ver remedio, pues que el cuerpo está desorganizado y confuso.

(Continuará.)

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