BLOGS

9. Breve historia de un sollozo (Novela)

20/12/2014 09:51 CET | Actualizado 18/02/2015 11:12 CET

(Resumen de lo publicado: El mismo día en que mi padre moría en Madrid, mi mujer, Regina, me engañaba con un gitano bosnio en Viena. De regreso a la ciudad imperial, decidí separarme de ella. Pasamos la noche llorando, y antes de que amaneciera, salí de nuestra casa. Cuando volví por la mañana, la encontré en medio de un profundo sopor, exhalando olor a alcohol y junto a unas bandejas vacías de somníferos.)

Todos los hospitales parecen sucios. Aunque estén limpios, parecen sucios, tienen adherida una sombra que desluce su ambiente contra la voluntad de asepsia de sus gestores. Es la mancha de la enfermedad y de la miseria, de los quejidos sordos de los dolientes seres humanos, de la decrepitud. Un grito opaco que manosea las paredes de los pasillos y los cuartos, que rae el mobiliario e impregna de mugre la luz, un hollín que se deposita en el alma del visitante y se pega a su ropa de calle, a su piel y a su cabello.

En el plazo de una semana, volvía de nuevo a un hospital, volvía a exponerme a la atmósfera cargada de pesadumbre de sus corredores, a la radiante campechanía de los que allí trabajan y cuya salud ofende a los pacientes, aunque ninguno de ellos lo dirá nunca. Un hospital es una derrota de la humanidad, y yo me sentía también partícipe de esa derrota, con el cuerpo desmembrado por no dormir, por haber estado cavando una trinchera absurda en el campo de mi amor para salvarme in extremis de la muerte.

Desde hacía un par de horas, anhelaba alguna noticia sentado solo en una raída silla de plástico en una raída sala de espera a la que iluminaba una raída lámpara de luz raída. La Goldenes Kreuz a la que habían llevado a Regina es una clínica privada a espaldas del AKH, el gran hospital público de Viena. El cansado tono ámbar que ocupaba el espacio de su sección de ingresos no parecía afectar a la bata blanquísima del médico que ahora venía derecho hacia mí desde una puerta enfrente de donde yo estaba. El doctor Langer, como decía el bordado azul en su bata blanquísima, tenía un aire distraído, como de persona poco educada. Tal vez estuviera hambriento. Más vale no imaginar en lo que está pensando un hombre que tiene hambre. Me preguntó si tenía algo que ver con la ingresada, y nervioso, con desazón, me identifiqué como su marido.

-Le hemos hecho a su esposa un lavado de estómago y diversos análisis. El resultado en todos los casos es negativo.

-¿Negativo qué quiere decir? -mascullé temiéndome lo peor al poner todo el peso del término "negativo" sobre mi aturdido entendimiento.

-Negativo quiere decir que no tiene nada, ni en su estómago ni en su sangre, ni rastro de una sustancia que pueda poner en algún riesgo grave su salud.

Más vale no imaginar en lo que está pensando un hombre hambriento. Mejor dedicarse a observar esa especie de trastorno mecánico que produce gestos que no tienen sentido alguno. O mejor aún, hacer el esfuerzo de comprender tales gestos, que no son sino señales que hablan de un trastorno mecánico, gástrico. El doctor Langer no intentaba otra cosa que hacerme ver su propio estado, y que yo me creara mi propio pensamiento de médico.

-Pero ella mezcló alcohol con pastillas...

-Ya... -y, tras estrecharme la mano, se dio la vuelta y se encaminó por donde había venido. Lo seguí sin saber muy bien lo que hacía, pues también el cerebro comenzaba a desagregárseme, pero sintiendo ya una gran vergüenza, o el temor de sentir una gran vergüenza. Este escándalo en falso, este escándalo por nada, me iba diciendo.

Al abrirse la puerta apareció Regina apoyada en una enfermera. El médico le tomó la mano, y me la entregaron. Con los párpados caídos y la piel translúcida, era la imagen misma de la pena. Sólo pude abrazarme a ella.

-Vámonos, amor -me dijo sin fuerzas, mientras empezaba a sollozar.

(Continuará.)

OFRECIDO POR NISSAN