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Sesenta y cinco litros de lágrimas (Novela)

06/04/2014 09:56 CEST | Actualizado 05/06/2014 11:12 CEST

Las lágrimas son un fenómeno asociado a diversas emociones y a determinados sentimientos. Cualquiera podría enumerarlos. Pero ¿se sabe realmente qué son? Y llorar, ¿cómo se produce? Saludamos a la vida llorando y despedimos llorando a los demás, pero ¿por qué? Me acordaba de una idea de Simone Weil que me había llamado la atención al comienzo de mis estudios sobre su obra. Tan interesada siempre por la desgracia de los hombres y por la gracia que los hace ingrávidos por un momento al peso de sus cuerpos y de sus vidas mortales, escribió lo siguiente en el extraño libro de Echar raíces, su último trabajo, elaborado en Londres en los días postreros de su existencia como se elabora una Constitución para un país nuevo: "A cada manera de ser del alma humana le corresponde algo físico. A la tristeza le corresponde el agua salada en los ojos (...). El vínculo entre el éxtasis místico y los fenómenos [que lo acompañan, es decir las levitaciones, los milagros] está constituido por un mecanismo análogo al que une la tristeza y las lágrimas. Nada sabemos de aquel mecanismo. Pero es que tampoco sabemos nada de este otro".

En tiempos de Simone Weil, en la década de 1940, nada se sabía de la neurobiología de las lágrimas, pero todavía hoy, ya entrado el siglo XXI, las investigaciones son deficientes, y no despejan esa incógnita. Lo que se conoce de la arquitectura neuronal humana no da todavía para discernir en qué espacios cerebrales y de qué manera se excita el llanto, ni por qué, si es posible generarlo a voluntad, como hacen los actores en las películas o los tramposos en la vida real (el caso de las plañideras que acuden a llorar al muerto todavía en muchos pueblos de Oriente y Occidente), por qué, digo, es igualmente manifestación espontánea de tantas emociones distintas, incluso a veces opuestas, ni de qué manera el arte desencadena en nosotros emociones que acaban en lágrimas.

Veintiocho gotas, veintiocho lágrimas son las que vertemos cuando lloramos, bien sea de pena o de alegría. Alguien hizo una vez el cálculo de todas las lágrimas derramadas por un ser humano a lo largo de su vida: ochocientas cincuenta mil, o sea sesenta y cinco litros.

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