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El profundo secreto de la alegría es la resistencia

25/10/2017 16:10 CEST | Actualizado 25/10/2017 16:10 CEST
EFE
Carmen Alborch, a su llegada al acto en el que recibió la medalla de la Universitat de València.

Voy a cumplir setenta años y quizás sea el momento de plantearme la edad como aventura, como nos propone Betty Friedan. En cualquier caso, siento que si hay algo que celebrar es la vida misma. Es un buen momento para rebobinar y mirar hacia atrás. Estar en paz con el pasado, tener nuevas metas y proyectos, combinar la humildad y la sabiduría, procurar estar en forma para aprovechar lo más hermoso de esta época.

Gracias también a todas las personas que me han mostrado su cariño y su apoyo, en momentos difíciles, momentos en los que me he sentido mas vulnerable. Aprovecho esta ocasión para agradeceros el cuidado, el buen trato. Me habéis ayudado a sonreír ante el dolor que es la forma de neutralizar su veneno. También aprendemos de quienes nos curan y de quienes nos acompañan. Aprender uno de los más importantes estímulos Vitales.

Al pensar en esta intervención, reiteradamente acudían a mi mente algunas palabras que responden a las claves o ejes vitales que han ido configurando mi experiencia. Recuerdo algunas imágenes potentes y nuestra vida cotidiana vinculada estrechamente a la universidad y la política.

Cover/Getty Images
Carmen Alborch (1993).

Me siento afortunada por pertenecer a una generación que tuvo la oportunidad de trabajar con entusiasmo, con un fuerte sentido de lo público. Luchamos contra la dictadura, por la democracia, para cambiar la universidad, cambiar el mundo.

Si resultaba extraño en aquella época que las chicas estudiaran derecho -éramos muy pocas-, ver a una mujer encima de una tarima era sorprendente.

Encontré a personas excelentes y de nuestras afinidades surgieron amistades. Muchas complicidades, vínculos que en muchos casos han permanecido, y que se fueron formando por cantidad de conversaciones, asambleas, aplecs, mítines, hablando horas y horas en diversos espacios. Sentíamos pasión por la libertad y la defendíamos frente a la represión, las amenazas, las sanciones, las depuraciones, en los encierros -muchos en la Universidad, esta laica casa-; la rebeldía, los pactos, la reivindicación de la nostra llengua.

Hace 40 años, inundamos las calles con el lema libertad, amnistía, Estatut de autonomía. Sentíamos indignación y miedo, pero también alegría por la conquista de los derechos que configuran un país democrático , por ir superando las profundas y escandalosas desigualdades. Cada día estoy más convencida de que el profundo secreto de la alegría es la resistencia. Aprendimos a trabajar en equipo, en los procesos participativos y el diálogo que practicábamos en diferentes grupos y ámbitos, conscientes de la importancia de la educación pública. Queríamos contribuir, en la medida de lo posible, a que el alumnado tuviera criterio, era y es nuestra finalidad y nuestra responsabilidad como profesorado.

Formamos parte de distintos movimientos, primero el movimiento de estudiantes, el sindicato democrático de estudiantes, luego el movimiento de PNN y por supuesto el movimiento de mujeres, y lo hacíamos compatible con nuestra carrera universitaria. Se concentraba todo; el estudio, el activismo, hasta los amores. Nuestra implicación continuó en una época muy importante para la Universidad. El momento de La ley de Reforma Universitaria que coincidió con el Decanato de la Facultad de Derecho. Todo nos concernía. Recuerdo cuando empezamos a impartir nuestras primeras clases en valenciano. Trabajábamos y disfrutábamos mucho. A pesar de las imperfecciones y errores en el momento de la transición, sentimos autoestima como país.

Archivo de Carmen Alborch

Nos parecía que estaba casi todo por hacer, por descubrir. Intercambiabamos Conocimientos y compartíamos ideales... No me dejo llevar por la nostalgia. Simplemente recuerdo momentos inolvidables, de plenitud. Es bueno recordar para seguir aprendiendo. Recordar es construir. Nos vinculaba también la pasión por la cultura. Había pocos espacios interesantes y muchos desiertos.

Y si hago un poco de historia tengo que referirme al feminismo ya que ocupaba y ocupa un lugar preferente en mi vida. Cuando una compañera de clase me prestó 'El segundo sexo' de Simone de Beauvoir se abrió una nueva perspectiva en mi vida, pocas mujeres han influido a tantas mujeres de generaciones posteriores.

Si resultaba extraño en aquella época que las chicas estudiaran derecho -éramos muy pocas-, ver a una mujer encima de una tarima era sorprendente. Afortunadamente, y como siempre con esfuerzo y convicción, disgustos y rabia, las aliadas logramos ser respetadas, tener autoridad, aunque no siempre fuimos bien interpretadas, ni escapamos a la misoginia . A pesar de las presiones no dejamos de ser rebeldes, transgresoras, y esto tenía mucho que ver con el feminismo en el que nos íbamos implicando. Y hasta ahora mismo, que seguimos involucradas en la reflexión, el activismo, el asociacionismo, la política. Sin duda el feminismo cambio nuestras vidas , nuestros entornos y las sociedades en las que vivimos, con repercusiones en un mundo globalizado sobre todo a partir de la Conferencia de Pekín 1995 a la que tuve la fortuna de asistir , cuando se declaró solemnemente que los derechos de las mujeres son derechos humanos. Por cierto, recordareis que la impulsora de la Declaración universal de los derechos humanos fue Eleonor Roosevelt.

Nos cuesta mucho admitir la sinrazón de la discriminación, de las desigualdades, obvias y difusas.

Me siento afortunada por haber vivido el nacimiento de las primeras asociaciones y grupos de mujeres a principios de los 70, de haber pertenecido a la Asociación de Mujeres Universitarias, a la Asamblea de Mujeres de Valencia. Celebramos ahora 40 años de Les primeres jornadas feministas al País Valenciá: reivindicábamos la despenalización del adulterio, del aborto, la independencia económica, la igualdad salarial, debatíamos sobre la doble militancia, una sexualidad diferente, el divorcio, la transformación de las familias, de los vínculos amorosos repitiendo que sin las mujeres no hay revolución. Vull caminar tranquila, mi cuerpo es mío!. Asistimos a las Jornadas de Barcelona y de Madrid. Ya éramos imaginativas y atrevidas. A nivel institucional fue importante el Servei de la Dona, que se transformó en el Institut de la Dona. Políticas públicas ejemplares que fueron interrumpidas por los cambios políticos. Me alegro de colaborar con la Asociación de Mujeres Progresistas, Clásicas y modernas, el Cercle feminista. Hemos vivido no solo el crecimiento de las asociaciones y la toma de conciencia de la discriminación, además hemos demostrado la fortaleza del movimiento en las manifestaciones frente a los intentos de retroceso y de restricción a la libertad de las mujeres.

Por otra parte me asombra el alto nivel de investigación feminista en todos los campos desde la salud, la economía, el urbanismo, la biología, la antropología, sociología, filosofía, historia, la tecnología, el derecho . A ello han contribuido el Institut Universitari d'Estudis de la Dona y la Unidad de Igualdad. Por supuesto no me olvido del trabajo realizado dentro de los partidos, las rosas reivindicativas. Hemos avanzado aunque todavía existen las brechas y los infiernos. Para acabar con ellos y partiendo de la Constitución hemos impulsado leyes, convencidas de su capacidad de transformar la realidad, leyes como la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres de 2007, la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de 2004. Fue la primera y creo que única vez que lloré en el Congreso.

Hemos ido elaborando conceptos, términos, priorizando principios y valores, resignificando el lenguaje -como diría Celia Amorós-, intentando ser coherentes. Somos conscientes de la importancia del lenguaje, la importancia de nombrar.

Aplaudimos los logros, los premios, que además del justo reconocimiento que suponen nos empoderan a todas y nos benefician a feministas y no feministas. Nos cuesta mucho admitir la sinrazón de la discriminación, de las desigualdades, obvias y difusas. Nos emocionamos, gritamos, nos concentramos y manifestamos nos sentimos impotentes ante la violencia y nos preguntamos cómo podemos convivir con ello.

JOSE LUIS ROCA/AFP/Getty Images
Carmen Alborch y Mª Teresa Fernandez de la Vega con Segolene Royal (2006).

Escribimos y hablamos desde lo que somos. No soy especialista, me mueve la pasión por el conocimiento y por la formación feminista. Me siento afortuna por haber podido dedicarme a lo que más me importa. Hace años, a finales del siglo 20, Françoise Giroud, Ministra de la igualdad francesa, dijo: "Es como si las mujeres hubieran decidido que tienen derecho a la felicidad y que esta es más importante que el sacrificio o el sufrimiento". Hemos escuchado a Alessandra Bochetti decir que la búsqueda de la felicidad por parte de las mujeres es revolucionaria.

A veces pensamos que somos demasiado pacientes. Nos desesperamos por la lentitud de los avances , cansadas, con cierto sentimiento de frustración que a menudo superamos cuando nos juntamos, porque el feminismo nos retroalimenta. El feminismo no se sufre, se disfruta. Carol Vance escribió:

No basta con alejar a las mujeres del peligro y la opresión, es necesario moverse hacia algo, hacia el placer, la acción, la autodefinición.

El feminismo debe aumentar el placer y la alegría de las mujeres, no solo disminuir nuestra desgracia. ​​​​​Seguimos viendo demasiadas imágenes en las que las mujeres estamos ausentes, especialmente en los espacios de poder, en los templos oficiales del saber. Y demasiadas imágenes que reflejan la trágica situación de las mujeres que sufren las violencias. Partidarias de la audacia. Sabemos que acertamos cuando somos valientes.

'El empuje y la capacidad movilizadora y crítica demostradas por el feminismo radica en que ha sabido pensar la situación de las mujeres en toda su riqueza y complejidad', escribí a principios de los noventa. Sigo pensando lo mismo.

Y a pesar de las tensiones que evidentemente existen, de las rivalidades, nos respetamos, vamos pactando y cada vez es mayor el reconocimiento de la diversidad y hablamos de feminismos. Se superaron diferencias entre distintas corrientes. Y en estos momento las mas mayores estamos felices por la participación de las mujeres jóvenes. Nos alegramos mucho, sin paternalismo, de que haya distintas generaciones implicadas, hay historia, hay presente y hay futuro. Al mismo tiempo estamos preocupadas por los ataques a veces virulentos, otras veces sofisticados, contra las feministas o el feminismo. (...)

Llevamos años discutiendo sobre el poder, la importancia del poder y de otra forma de ejercerlo. El poder político, económico, científico, académico, cultural y de los micropoderes. Se decía que a las mujeres no les gustaba el poder, y que al poder no le gustaba las mujeres. No estaba bien visto tener ambiciones y menos aún confesarlo: se nos transmitía que lo nuestro era lo privado, los sentimientos, la maternidad, ser madresposas exclusivamente. Se nos consideraba outsiders, el poder nos tentaba, pero nos resistíamos a entrar en un mundo tan competitivo. Además, habíamos recibido generalmente una educación que no nos preparaba para ello, educadas en la obediencia, la sumisión, no estaba bien visto hablar en público ni levantar la voz. Decía Kate Millet : "mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban". El sistema, el patriarcado se resistían y se resisten.

Había que superar muchos obstáculos algunos más evidentes que otros, resulta difícil renunciar a privilegios y compartir el poder y sobretodo cuando se pretende alterar las reglas, cuestionar actitudes, el funcionamiento de las instituciones, tener voz propia, cambiar valores centenariamente asentados.

Nos da fuerza descubrir a antepasadas y coetáneas gloriosas que lucharon y se comprometieron con unos ideales.

Fuimos conscientes de que era muy difícil conseguir la igualdad, cambiar los desequilibrios estructurales sin estar en los espacios de poder formales e informales (el viejo club de los muchachos), llegar a ellos fue arduo... y nos gustó. Porque vimos que podíamos avanzar si había muchas mujeres comprometidas con la causa. Sabiendo que el feminismo no es mujerismo, como decía Amelia Valcárcel, y que los varones también deben comprometerse porque la igualdad no es cuestión solo de mujeres.

También somos autocríticas. Nawal El Saadawi dice: "no me gustan las mujeres que cuando acceden al poder se vuelven patriarcales". Nos emocionamos cuando vamos descubriendo que detrás de un nombre hay vidas apasionantes, talento, creatividad, y también mujeres exhaustas. Y cuántos silencios. Convendría imaginar cómo sería nuestra vida, la vida de las mujeres si no se hubieran sucedido las distintas olas del feminismo. Y no olvidamos la potencia del patriarcado del machismo. Ha habido y hay políticas ciegas al género. Las políticas neoliberales del capitalismo están expropiando derechos a las mujeres. Tenemos que estar vigilantes ante la reacción, los retrocesos que sin duda existen, apuntados entre otros organismos por la CEDAW. A pesar de los avances se van incorporando a la agenda pendiente la agenda sobrevenida los debates sobre la prostitución, no me resisto a no citar a Rosa Cobo y los vientres de alquiler.

Sabemos también que la consecución de la igualdad no es una cuestión de tiempo. La igualdad de género implica un gran cambio cultural. Un trabajo incesante de reconstrucción del mundo. (...)

Estamos convencidas de que somos al menos la mitad del talento: las calificaciones académicas lo demuestran. Hemos hecho previsiones, que evidencian la insoportable lentitud de los progresos si no se plantean acciones positivas Y siempre tenemos que hablar del techo de cristal, que a veces es tan duro como el diamante. Una participación equilibrada de mujeres y hombres puede sin duda generar ideas, valores y comportamientos que vayan en la dirección de un mundo más justo y equilibrado. La cultura, la literatura no solo reflejan la realidad sino que la transforman.

El empoderamiento necesario se construye individual y colectivamente a través de distintos cauces y entre ellos incluimos la genealogía, insistir en el lenguaje, el canon, como se va formando el canon lo que muchos niños y niñas leerán en la escuela. En definitiva, el reconocimiento del talento y la autoridad de las mujeres. Laura Freixas plantea brillantemente este tema. Hay que hacer visible lo invisible, y no es magia: es investigación y pedagogía, incluyendo a las mujeres en los libros de texto, a través de exposiciones que las rescatan del olvido.

El empoderamiento es necesario para combatir los persistentes mensajes que propician la cosificación de las mujeres su consideración como un objeto que propician y bendicen la desigualdad, incluso la violencia. Lo visibiliza de manera impactante en su trabajo Yolanda Domínguez. Son muy interesantes las manifestaciones plásticas sobre el tratamiento del cuerpo, la mirada sobre nuestros cuerpos. Recuerdo algunas obras sobrecogedoras de Louise Bourgeois sobre la maternidad.

Hablábamos del techo de cristal pero no podemos olvidar el suelo pegajoso, la atención y la responsabilidad de las mujeres en torno a las tareas del cuidado

Y una pregunta recurrente: ¿por qué no ha habido grandes mujeres artistas? ¿Genias? Lo estudiamos con pasión, siempre lejos de la gran obra, de la genialidad. La explicación no hay que buscarla en las hormonas, decía Notklin, sino en las instituciones y en la educación recibida. La libertad, aunque sea limitada, el mito de la libre elección, como plantea Ana de Miguel, es necesaria para crear. La creación es el territorio de la libertad. Y la libertad se aprende ejerciéndola, en palabras de Clara Campoamor. La creación requiere, como decía Matilde Salvador, respecto a la composición musical gran concentración, dedicación casi absoluta, y entonces ¿quién cuida? Hablábamos del techo de cristal pero no podemos olvidar el suelo pegajoso, la atención y la responsabilidad de las mujeres en torno a las tareas del cuidado, tan bien estudiado por Soledad Murillo en 'El mito de la vida privada'.

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Alborch con Pedro Solbes y Josep Borrell, en el Congreso de los Diputados (1994).

No estamos obsesionadas ni nos inventamos una realidad, no voy a traer las cifras de la desigualdad ni los porcentajes de mujeres en las Reales academias, ni en los Rectorados. En el último informe global sobre la Brecha de Género 2016 se expresa que la igualdad económica entre sexos podría tardar unos 170 años. Dice Álvarez que es urgente acabar con las dinámicas de promoción que privilegian a los hombres. Tiene que haber más transparencia en los procesos de selección. Desde la batuta a la dirección cinematográfica. Y si miramos otros entornos como la magistratura... las magistradas rubrican mas de la mitad de las sentencias pero la cúpula, de nuevo la cúpula, es masculina. De 78 integrantes del Tribunal Supremo solo 11 son mujeres, y el Tribunal Constitucional solo ha tenido 6 mujeres. Es una anomalía democrática, dice la magistrada Gloria Poyatos.

Queda también pendiente que se considere la escasa presencia de mujeres en puestos directivos como un problema social y económico porque implica un desperdicio de capital y de talento, la mitad del talento y afecta a los contenidos de sectores tan importantes como el audiovisual. Cuando mujeres y hombres compartamos el poder, las obras dramáticas narraran la vida y los sueños de los hombres pero también de las mujeres.

En una reciente exposición sobre las 48 mujeres galardonadas por el premio nobel, se declaraba como propósito dar a conocer a mujeres que han luchado por un ideal y se han convertido en referentes mundiales en distintas disciplinas así como destacar los frutos del estudio, el esfuerzo, el trabajo, el trabajo en equipo, la generosidad, el compromiso social y la solidaridad. Afortunadamente hay muchos espejos en los que mirarnos, inspirarnos. Tenemos que aprender y desaprender trabajar el cómo y seguramente ser mas eficaces. He insistido en la relación de las mujeres y la cultura , como ejes vitales, donde se centran buena parte de mis pasiones y responsabilidades.(...)

Nunca en los anales de la historia ha existido tal cantidad de mujeres con tanta capacidad, experiencia, independencia y recursos que han aprendido a confiar en sí mismas y en las demás. Cuando veo envejecer a mis coetáneas me doy cuenta de que entre ellas hay mujeres maravillosas, especiales, únicas, pero a todas les unen ciertos rasgos comunes: han alcanzado un nivel de aceptación del yo que les permite mostrarse como son.... Poseen espontaneidad y muestran una enorme generosidad. Se sienten más libres. Creo que hemos detectado el origen de muchos de nuestros malestares y algunos los hemos superado procurando transformar la culpabilidad en responsabilidad. Hemos dedicado tiempo y energía en nuestra formación feminista y procuramos poner en práctica lo que debatimos, estudiamos... Tejemos a través de las redes y accedemos a hermosos escritos sobre la amistad entre las mujeres, y sobre la tribu a la que podemos pertenecer mujeres de distintos lugares del mundo. (...)

Busquemos la felicidad privada y la publica. Y que nadie olvide que amamos a los hombres -bueno, no a todos- y no tratamos de competir con ellos sino de configurar un Planeta 50/50 más equitativo y más feliz. Y procuremos no perder el buen humor y la ironía.

Tengo presente a Virginia Wolf cuando afirma que la belleza del mundo tiene dos filos: unos nos harán reír, otros llorar. Ambos nos parten el corazón. Pero como dijo María Cambrils, ante las adversidades que constriñen nuestra acción serena, razonable y legítima, no debemos desmayar jamás.

Moltes gràcies

Que tinguem sort

Este texto es una adaptación del discurso que pronunció Carmen Alborch el lunes 23 de octubre de 2017 al recibir la Medalla de la Universitat de València por su trayectoria académica en esta universidad, por ser precursora de la participación de la mujer en la gestión universitaria y por su labor como gestora pública. Puedes leer su discurso íntegro aquí.

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